Luego de un 2020 con intenso movimiento planetario, astrólogos y canalizadores nos invitan a abrir nuestra conciencia con la llegada de la Era de Acuario, un período que convoca al hermanamiento universal.


La culminación de un ciclo, generalmente, nos encuentra transitando diferentes emociones de acuerdo con lo acontecido a lo largo del camino. Puntualmente, el fin del año trajo aparejados sentimientos de nostalgia y melancolía.

En los últimos meses, el mundo entero ha pasado por un período peculiar como producto de la pandemia que aún no refleja tener un desenlace certero, y además de la mochila del cierre de 2020, el cansancio y las emociones disparadas por doquier, diciembre se presentó con la posibilidad de contemplar los cielos. El 14 tuvimos un eclipse de Sol, y el 21, la conjunción de Júpiter y Saturno, también conocida como “la estrella de Belén”, fenómeno que no se veía tan claramente desde la Edad Media. Si bien uno podría creer que todo esto ocurre y queda ahí, únicamente en el cosmos, algunos astrólogos y canalizadores nos invitan a aperturar nuestra conciencia con la llegada de la Era de Acuario y aluden a que así como es arriba, es abajo, y que todo aquello que ocurre en el firmamento tiene repercusiones en la Tierra y, por ende, en cada uno de nosotros. Pero, ¿cómo es esto posible y de qué va esta nueva era acuariana de la que pocos hablan pero ya se siente?

El ojo en el cielo

Las antiguas civilizaciones que forman parte de nuestra historia encontraban guía en los cielos. Mayas, egipcios o griegos, todos focalizaban su atención en los astros cósmicos y a partir de sus movimientos interpretaban acontecimientos terrenales. Pese a las desavenencias de cada pueblo, todos concluían en que aquello que los llevaba a tener la cabeza en alto y mirar el cielo era la brújula para poder comprender lo que acontecía en el suelo.

Los babilonios registraban la salida y la puesta del Sol desde sus zigurats, que eran templos o construcciones sagradas de la antigua Mesopotamia con diferentes formas de pirámide escalonada. También, agruparon las estrellas en diversas constelaciones y, de este modo, comenzaron a comprender los ciclos que traía aparejado el firmamento entendiendo que tanto el Sol, la Luna y los planetas viajaban por una misma franja a la que denominaron zodíaco.

Por su parte, unos 3.000 años a. C., los egipcios crearon el calendario que utilizamos en la actualidad y se conectaron puntualmente con una de las estrellas de la constelación Can Mayor, que anunciaba la crecida del Nilo y aseguraba la cosecha: la estrella de Sirio. Este cuerpo celeste, que es unas veinte veces más brillante que el Sol, tiene el doble de su masa y siempre se le rindió culto. Incluso, el grupo inglés The Alan Parsons Project sacó un disco en 1982, quizás el más popular de su trayectoria, al que llamó El ojo en el cielo. Este álbum no sólo inicia con una pieza instrumental en homenaje a esta estrella sino que en su portada está el Ojo de Horus, antiguo dios egipcio, para anticiparnos el espíritu de referencias ancestrales en las que estos rockeros progresivos nos iban a sumergir con cada melodía.

Luego llegaron los griegos, afirmando que la Luna brillaba a causa de la luz solar que reflejaba y, a partir de las sombras proyectadas con el Sol del mediodía en diferentes zonas de África y Alejandría, pudieron demostrar que la Tierra era esférica y establecer la longitud de su circunferencia total. Además estudiaron la danza de los planetas, y tanto en la Ilíada como en la Odisea, Homero hace referencia a las estrellas que coronan el cielo y funcionan como guía y representaciones de arquetipos.

Los mayas, por su parte, reverenciaban a las Pléyades, un cúmulo estelar localizado en la constelación de Tauro. Con ellas se regían para saber de la llegada de lluvias y actividades agrícolas. Incluso, muchas de sus construcciones y templos fueron creados adrede en función de la alineación de estas “siete hermanas”. En el Popol Vuh, una recopilación de narraciones míticas e históricas, las mencionan como el refugio concedido por Kukulcán para las almas de los guerreros. Además, con sus estudios, pudieron predecir los eclipses.

En la antigüedad se focalizaba la atención en los astros, y pese a las desavenencias de cada pueblo, todos concluían en que el cielo era la brújula para poder comprender lo que acontecía en el suelo.

El eje de la nueva era

“Los grandes sabios de la antigüedad determinaron que existían doce eras que comprendían los doce signos del zodíaco”, cuenta Iván Donalson, músico y terapeuta Gestalt. “El planeta tiene triple giro: uno, que es la rotación; otro, que es la translación, y el último, que es el movimiento de precesión de equinoccio, es decir, el bamboleo que tiene la Tierra sobre si misma cuando gira. Este último giro se divide en doce para saber cada cuánto cambia una era, que es, aproximadamente, cada 2.160 años. Si la Era de Piscis comenzó en el año 1, aún falta para llegar exactamente a la de Acuario, pero, si lo vemos desde el punto de vista del tiempo que dura una era completa, realmente ya estamos muy pero muy cerca de ese nacimiento.” Y agrega: “Será una era como nunca antes vista en la historia de la humanidad, de mucha luz, de mucha sabiduría, de mucho conocimiento, de mucho amor, de mucha compasión y, sobre todo, de mucha libertad. Lo que nos corresponde es preparar el terreno para las generaciones venideras. Nosotros seríamos como los impulsores, los motores o los canales a través de los cuales se va a manifestar. Lo que ocurrió el 21 de diciembre es una alineación muy importante. Los planetas y las estrellan cumplen con una danza sagrada que tiene que ver con estudios astronómicos y astrológicos, y cada movimiento en el espacio genera energías y frecuencias que afectan a nuestro mundo de manera individual y colectiva. En ese sentido, esta alineación son pequeños portales de vibración energética que sirven como grandes potenciadores para entrar en la nueva era. Conforme nos vamos acercando a la fecha, a pesar de que falten años, vamos a poder percibir, sentir y conectarnos con esta frecuencia”.

Mercedes Arnús, astróloga, instructora de meditación y coach espiritual, explica el fenómeno ocurrido el pasado 21 de diciembre. “La unión de Júpiter y Saturno fue en el grado 0° 0° de Acuario, y cuando dos planetas se unen de este modo, hace alusión a un gran comienzo. Esta conjunción no ocurría desde 1405 y es la energía que trajo el Renacimiento. Estos próximos cuatro años son clave para ser buenos ancestros.”

Por su parte, Matías de Stefano, recordador y educador de la Red Planetaria de Conciencia, comentó desde su cuenta oficial que “el pasado 21 de diciembre salimos de 200 años en que Júpiter y Saturno estuvieron relacionados a signos de tierra y empiezan, a partir de ahora, 200 años que se relacionan a signos de aire, y así es como comienza oficialmente el umbral de la nueva era. Astronómicamente, aún falta, pero es como si asomásemos la nariz afuera de la puerta y podemos sentir el aire fresco”.

La corriente de esta nueva era es el fundamento de diferentes tendencias espirituales y se espera que traiga aparejada una época de hermanamiento universal; lo que muchos llaman “la vuelta de la conciencia de Cristo”, con mucho trabajo interno en relación con la intuición, paz, abundancia y prosperidad.

“Cada movimiento en el espacio genera energías y frecuencias que afectan a nuestro mundo de manera individual y colectiva.” (Iván Donalson)

La medida del tiempo

A los seres humanos nos gusta medir el tiempo. Es una manera de encontrarnos, de no perdernos, de comprender dónde estamos, lo que fue y lo que vendrá. Es una forma de entender racionalmente lo que transcurre, de situarnos en momentos, de centrarnos. Y el tiempo, dividido en horas, días o meses, trae consigo la polaridad de que así como algo se termina, otra cosa vuelve a empezar, porque un final no es más que un nuevo comienzo.

Porque con cada culminación tenemos la oportunidad de volver a empezar, de volver a originarnos, de volver a tomar fuerzas, de germinar, de emanar, de emerger, de brotar. De volver al mundo de una manera diferente de la que lo dejamos. De dar un nuevo paso, elegir un nuevo camino. Donde renacer, reconstruir, reactivar. “Re”, un prefijo que unido a un verbo denota repetición, “volver a”.

¿Y no es que siempre estamos volviendo? Somos una construcción de recuerdos de los que vivieron e hicieron historia en nosotros para convertirlos en nuestro eterno presente. Nuestros ancestros, nuestra familia, nuestros amigos, nuestros vínculos. Ahí, donde somos felices, donde encontramos refugio, donde sonreímos. Siempre estamos volviendo a esa mirada que se encontró entre tanta gente, a la comida de la abuela que alimenta más el alma que el cuerpo, al perfume de las flores de nuestro primer hogar, a una canción que nos conecta con nuestros deseos más profundos esclareciendo lo que el miedo calla, a un abrazo que borra cicatrices, a un beso que nos vulnera y desnuda. Ahí es donde está nuestro origen, nuestro yo más puro, donde florece el amor, donde somos guiados únicamente por nuestra intuición, donde la duda no se asoma, porque es donde somos, todos juntos, y a donde volvemos para poder seguir yendo.

Bienvenidos a la posibilidad de abrir una nueva puerta, con la cabeza en alto mirando el cielo. Bienvenidos al enigma que acontece una nueva era, con la adrenalina de lo que está por venir. Bienvenido, 2021, te estábamos esperando.

“La unión de Júpiter y Saturno del 21 de diciembre fue en el grado 0° 0° de Acuario, y cuando dos planetas se unen de este modo, hace alusión a un gran comienzo. Esta conjunción no ocurría desde 1405.” (Mercedes Arnús)