Emiliano Ezcurra trabajó por más de 20 años en Greenpeace International y hoy es el fundador y director ejecutivo de una fundación que no sólo se dedica a salvar ecosistemas nativos en peligro sino que además cuenta con un programa de mitigación de huella de carbono.


Desde hace años circula una declaración atribuida al Dr. Martin Luther King Jr. que dice que nuestras vidas comienzan a terminar el día en que guardamos silencio sobre las cosas que importan. ¿Cuántas veces hemos mirado para otro lado cuando no encontramos respuesta? ¿Cuántas veces nos hemos convertido en cómplices por defecto ante situaciones con las que no estamos de acuerdo? Emiliano Ezcurra pertenece al equipo de los que alzan la voz, de los que accionan, de los que están en permanente movimiento con el fin de dejar el mundo mejor de lo que lo encontró, de ser un buen ancestro. Creció en la ciudad pero pasó varios veranos en el campo en Lincoln donde su tío trabajaba. El contacto con la naturaleza era algo tan corriente y habitual que la simbiosis fue ineludible.

Pactamos realizar esta entrevista en el Jardín Botánico Carlos Thays. No podía haber un escenario más deslumbrante en plena Ciudad de Buenos Aires que nos abrazara tan armoniosamente para conversar. Nuestro techo era un cielo despejado, el agua saliente de una fuente era la melodía que nos acompañaba y los árboles se convirtieron en los testigos presenciales del encuentro.

“Desde los 12 años que soy un militante ambiental. Recuerdo que, en ese entonces, me enteré por la televisión de que un vivo fue al zoológico y le tiró una lata al hipopótamo, que murió horriblemente. Eso me indignó tanto que me tomé el 160 de Adrogué a Palermo y me planté en la oficina del director. Nadie entendía nada, me preguntaban qué era lo que quería y yo les explicaba que tenía que proteger al otro hipopótamo que quedaba porque, si nadie hacía nada, le podía pasar lo mismo. Me ofrecí a montar guardia y me pasé sábados y domingos vigilando que la gente no les tirara nada a los animales. Eso me llevó a preocuparme por los problemas y tomar acción.”

«A través de las donaciones georreferenciadas convocamos a la gente, que con doscientos pesos por mes se asegura que en determinado metro cuadrado una topadora no entra nunca más.»

–Siempre hubo una característica de preservación en vos.

–Sí, y de entrar en acción, de ser testigo activo. Me pegó muy fuerte la película de Gandhi, su no violencia y el poner el cuerpo pacíficamente pero activamente, porque la no violencia también es acción. Me enteré de que existía Greenpeace, que era precisamente un grupo que hacía acciones directas no violentas. Habían sufrido un atentado al barco Rainbow Warrior (Guerrero del Arcoíris) y esto para mí fue como otro hipopótamo. Lo hundieron en puerto con bombas, y justo había quedado un fotógrafo a bordo al que asesinaron con la explosión. El barco iba a oponerse a las pruebas nucleares de Francia en la Polinesia.

Emiliano formó parte de la época dorada de Greenpeace International y fue entrenado como un lobista-ecologista completamente filoso y tenaz, lo que se conoce en la jerga interna de la organización como campaigner: una persona entrenada para dirigir misiones de alto impacto que buscan lograr torcer el rumbo de una amenaza, que una ley se fije o que un tratado internacional se establezca. Se recibió con medalla dorada al conseguir, en tiempo récord, la reforma y posterior aprobación del Protocolo de Montreal junto con su equipo. “Fue rápidamente aprobado porque la amenaza de todo lo que se estaba botando a la capa de ozono era muy evidente, muy grave, a tal punto que hubo un consenso entre Europa, los Estados Unidos, Rusia y China. La capa de ozono nos protege de los rayos ultravioletas, que son los rayos malos y que no solamente nos afectan a nosotros sino a todas las formas de vida. Las industrias se pusieron a reconvertir rápidamente sus procesos. Tuve mucha suerte porque tuve muy buenos mentores, sobre todo Tracy Heslop, la jefa de la delegación a la que le debo gran parte de mi carrera.”

–Tu trabajo era sembrar un cambio de conciencia.

–De conciencia pero también jurídico. Era golpear en las conciencias de los líderes políticos para que aprobaran nuevas leyes, en este caso, un nuevo tratado. Además, ese tipo de acuerdos están por encima de la Constitución nacional. Con Greenpeace me formé como un activista profesional, y de vuelta en el país empecé a trabajar en el norte argentino. Tuvimos campañas muy exitosas, como la Ley 26.331 de Presupuestos Mínimos de Bosques Nativos. Yo en esa época vivía entre Salta, Chaco y Santiago del Estero, con las comunidades wichis, y empecé a querer dedicarme sólo a los bosques. Me daba cuenta de que al activismo, que seguía siendo necesario, le faltaba evolucionar hacia la economía sustentable. Hicimos un invento muy creativo que es la donación georreferenciada. En Banco de Bosques vos donás doscientos pesos o un millón y sabés exactamente adónde va tu plata. En los clasificados de los diarios, cada fin de semana están publicados los bosques que van a parar a la silla eléctrica, porque el que los compra lo hace para meterles topadora y monocultivo. Entonces, los identificamos y a través de las donaciones georreferenciadas convocamos a la gente, que con doscientos pesos por mes se asegura que en determinado metro cuadrado una topadora no entra nunca más. Punto, no se discute. Los donantes sienten que pueden hacer algo concreto, pueden ver, caminar y recostarse sobre los metros cuadrados que salvaron. Ese bosque que vos ves desde Google Earth, desde el espacio, lo salvaste vos, no es verso, podés ir y tocarlo.

–Además, esta preservación trae aparejado otro programa que crearon.

–Claro, porque no solamente salvamos a los árboles. Dentro de ese tronco hay carbono; si yo le meto una topadora, ese carbono se libera y esa es la conexión que hay entre las dos grandes crisis ambientales globales: el cambio climático y la pérdida de biodiversidad. El Grupo Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático (IPCC), que ganó el Premio Nobel de la Paz cuando se lo dieron a Al Gore, hizo un informe y hay un capítulo que menciona que la forma más rápida y más barata de frenar la emisión de dióxido de carbono es frenando la deforestación. Vos tenés la quema de combustibles fósiles y la deforestación, ambas cosas inyectan dióxido de carbono en la atmósfera, que es lo que hace el efecto invernáculo, mal llamado efecto invernadero (este último es un término rural donde las vacas van en invierno a comer); el vidrio hace exactamente lo mismo que el dióxido de carbono, deja que el calor entre pero no lo deja salir. Vos fijate todo lo bueno y lo malo que una misma cosa puede ser: este planeta no es ni Marte, ni Venus, ni Saturno, gracias a que tiene dióxido de carbón, a que permite que una capita genere cierto calor y eso hace posible la vida en la Tierra. Ahora, esa capita vos la agrandás, y al entrar el sol, rebota sobre la Tierra, sale para la atmósfera pero todo este calor se queda y se empiezan a derretir los glaciares. Tenés un descalabro climático o una nevada totalmente atípica en Madrid, como ahora.

«Lo más urgente es neutralizar la huella de carbono. Paremos la chimenea que estamos inyectándole a la atmósfera con la deforestación, eso es clave.»

–¿Hubo cambios puntuales en la flora y la fauna en función de la pandemia? Por ejemplo, los videos que se mostraron en redes de los animales circulando en espacios que no suelen frecuentar.

–No tanto. Fijate que hubo una suerte de asombro en las personas que no están muy metidas en el tema, lo cual es normal porque nadie tiene por qué saberlo todo. Cuando el humano se retrae, la fauna aparece, pero siempre estuvo ahí, aún si no la vemos. Una vez que todo esto vuelva a acomodarse, el escenario va a volver a ser el mismo que antes de la pandemia pero, ¿la enseñanza cuál es? Que la naturaleza, si vos le das una oportunidad, responde. ¿Y la otra enseñanza cuál es? Que si bien tenemos el conocimiento del impacto negativo en la naturaleza a partir de nuestras acciones, somos un simio de muy corto plazo, diseñados para mirarnos a nosotros mismos y a nuestra próxima generación, no mucho más. Gracias a que el perito Moreno pensó en el prójimo y en las generaciones futuras, hoy tenemos un bosque hermoso en el lago Nahuel Huapi. Yo no defiendo el medioambiente con cara de solemne, la paso fenómeno, porque la entrega a los demás es casi un acto de egoísmo; te sentís tan bien y es tan reconfortante dar que hasta de verdad se parece a un acto de egoísmo. El perito Moreno la debe de haber pasado fenómeno cuando firmó el acta de donación de sus propias tierras, un animal, nos dio más kilómetros cuadrados que San Martín y no disparó un solo tiro.

–¿Qué es lo más urgente que podemos hacer nosotros?

–Neutralizar la huella de carbono. Paremos la chimenea que estamos inyectándole a la atmosfera con la deforestación, eso es clave. Hay que ganarle la carrera al cambio climático y es importante que se sepa que con muy poco podés bloquear un pedazo de territorio para siempre porque las propiedades que se compran con las donaciones se transforman en áreas naturales protegidas. Por estatuto, Banco de Bosques tiene prohibida la venta de las tierras compradas con el dinero de los donantes y, por consiguiente, se transforman en un área protegida. Nunca te acostumbrás a ver una topadora llevándose puestos cientos de hectáreas de bosques en semanas, y creo que porque no me acostumbré, mi energía está intacta como cuando defendía al hipopótamo a los 12 años. Este es mi compromiso, es mi trabajo y mi vida, y no hay por asomo voluntad de acostumbrarme. No sabés lo que es para nosotros salir del Congreso con un Parque Nacional debajo del brazo. Y si bien pasan cosas como los desmontes o los incendios, también tenés todo lo otro, y una sola cosa de eso otro, una sola, te da la energía suficiente para bancarte lo que sea.

–Lo importante es dónde ponemos nuestra atención.

–Exacto.


Banco de Bosques

En 2014 se creó el Parque Nacional El Impenetrable, el parque nacional más grande de todo el norte argentino, en la provincia de Chaco.

A fines de 2014 se salvó el primer bosque con donaciones georreferenciadas en la Argentina, el Caá Porá, en Misiones.

En 2019 se salvaron más de cinco mil hectáreas de bosque andino patagónico con la gestión de la donación para la compra y donación a parques nacionales de Ricanor, en El Calafate.

Entre 2016, con un fallo a favor de BdB de la Corte Suprema de Justicia, y la actualidad, se demoró y entorpeció la construcción de las represas del río Santa Cruz para proteger el Parque Nacional Los Glaciares.

Cómo donar

  1. Ingresá en bancodebosques.org/participa-donando/.
  2. Entrá en el mapa del bosque que están salvando.
  3. Elegí la hectárea a salvar.
  4. Seleccioná el modo de pago.
  5. ¡Podrás ver un rincón del mundo que se salvó para siempre gracias a vos!