De vuelta al ruedo, la integrante de Piel de Lava, uno de los grupos de creación más interesantes que surgieron a comienzos del milenio, se prepara para el reestreno por streaming de Petróleo, el suceso artístico que deslumbró al público y fue aplaudido por más de 50 mil espectadores.


Una película que viaja desde Berlín hasta Mar del Plata, una obra atesorada que revive en el streaming más esperado del año y un 2020 que la sorprende inventando un bigote con rímel. Elisa Carricajo es la “el” de Piel de Lava. Por estos días, junto a sus compañeras Pilar Gamboa, Laura Paredes y Valeria Correa (sí, se llaman así por las iniciales de sus nombres, casi un chiste de Midachi feminista y maravilloso), prepara la vuelta de Petróleo, la obra que batió todos los récords del universo y aledaños, con dos funciones vía streaming el 12 y el 19 de diciembre.

También protagoniza Un crimen común, la película de Francisco Márquez que a principio de año causó sensación en el Festival de Berlín y hace apenas unos días compitió en el de Mar del Plata. “Fue un proceso muy intenso, hermoso y largo. Dialogamos sobre todo, fuimos entendiendo que es un filme de género, una película de terror que se mete con un tema tan terrible como el gatillo fácil. Es una película dura pero abre debates y habilita el pensamiento”, dice con un entusiasmo tan grande que dan ganas de verla ya. Como a Petróleo. El Palla, Carli, Formo y Montoyita ya están preparados en la boca del pozo para retomar sus peripecias de trabajadores dragueados.

“Entre todas las cosas que podemos agradecerles a los feminismos está la ganancia del paso del tiempo en la mujer; antes sólo era pérdida.”

–Cuando anunciaron la vuelta de Petróleo fue como “al fin un poco de fiesta para sobrevivir este año”. ¿Cómo imaginás que será hacerlo por streaming?

–Va a ser una experiencia distinta porque se hace la obra de corrido, como si fuera una función, y se graba para evitar inconvenientes. Tampoco invitamos público, para garantizar la calidad del sonido y… ¡vamos a la aventura! Las únicas obras que pueden hacerse con público son las que tienen protocolo, y nosotras no tenemos manera de modificarla. Son cuatro tipos en un tráiler chiquito, muy cerca uno del otro, y todo lo que pasa se genera por la proximidad de los cuerpos. También es un modo de que nos vean en todo el país; teníamos programada una gira que no pudo ser por la pandemia.

–Uno de los motores de Petróleo es el humor. ¿Cómo pensás que va a ser este retorno sin el ida y vuelta de la risa en el público?

–Tengo la intuición de que les puede venir bien a ciertas zonas más sutiles de la obra que estaban desde el principio y que tienen que ver con una actuación más ligada con los detalles. Cuando estás en una sala tenés que hacerlo para que te vean en la última fila, y acá podés trabajar más el gesto. Va a estar bueno poder explorar otras zonas de la obra gracias a la cámara, porque en el fondo son tipos callados, que están entre ellos y viven su cotidianeidad en el desierto, hay algo ahí del silencio y de la escucha.

–Pensaba en esos cuatro muchachos que encarnan ustedes y en lo que se ríen los tipos que van a verlas. Dicen que a grandes chistes, grandes verdades. ¿Qué verdad anida en la obra?

–Creo que tiene que ver con cierta masculinidad que avanza, no pregunta y que se burla de los otros; son tipos que perforan la tierra. Después hay algo concreto: el trabajo en boca de pozo es muy duro y está esa idea de que cuanto menos blandito, más hombre sos. Y eso es una trampa, porque hay derechos laborales que deberían tener pero que no terminan de ser reclamados porque es de blanditos reclamar. Eso está dando vueltas en la obra, como si para esos sujetos feminizarse fuera una posibilidad de hablar con el capitalismo desde otro lugar.

–La falta de miedo en el Palla, tu personaje, lo lleva a lugares inesperados. Es una maldad que sea con este calor, pero hablemos de su relación con las pieles. ¿De dónde viene la afición por ese peluche que usa?

–Es un misterio, ni siquiera nosotras sabemos si ese abrigo es de su mujer o no, si es suyo y le gusta… Yo creo que funciona muy bien con algo simple: las mujeres tenemos vedado el acceso a un montón de cosas, pero tenemos habilitada una relación con el placer para lo más pequeño, con lo táctil, lo agradable, eso no es cuestionado. Ves a una mujer que acabás de conocer, te gusta su pulóver, lo tocás y le preguntás dónde se lo compró. Para nosotras es lo más normal del mundo. Eso que en un grupo de mujeres llevaría un segundo, para ellos es toda una escena. Pero, bueno, al final el Formo ya se pone crema… y esos tipos están laburando en el desierto, ¡ponerte crema es un básico! Eso no implica nada con respecto a su masculinidad o su feminidad.

–¿Cómo hicieron para zafar del didactismo y la bajada de línea más obvia?

–No hubo una intención de trabajar sobre grandes temas sino un procedimiento lúdico de empezar a vestirnos de varones, y ahí aparecieron cosas poniéndoles el cuerpo. Te clavás el bigote, improvisás y un día le decís a alguno, por ejemplo, “vos no tenés novia” (lo dice con voz de un tipo que gasta a otro).

–Piel de Lava es la esperanza del socialismo. Hace más de 17 años que trabajan juntas y el poder circula como el goce. Todas dirigen, escriben, actúan, las nominan a todas, ganan juntas, pierden juntas. ¿Cómo viven eso?

–Fue un trabajo de construcción de muchos años llegar hasta acá. Recién te escuchaba lo del socialismo, y siempre decimos que es más cercano al anarquismo, porque no es democrático el mecanismo, las cosas no se deciden por votación, hay una especie de voluntad de consenso. Fuimos encontrando en el hacer, opinamos todas al mismo tiempo, construimos un pensamiento colectivo desde el caos. Y va funcionando. Me parece que hay un modelo en la autoría, cuando uno inventa algo estamos en un grupo, aunque a vos se te ocurra una idea es la decantación de un proceso grupal.

“Piel de Lava está más cercano al anarquismo que al socialismo, porque no es democrático el mecanismo, las cosas no se deciden por votación, hay una especie de voluntad de consenso.”

–El grupo es casi un ensayo sobre el tiempo: desde los diez años que tardó en construirse La flor hasta las maternidades de todas durante el trayecto. Y a las mujeres tradicionalmente no se nos ha permitido el paso del tiempo.

–Eso es interesante porque creo que está cambiando. Entre todas las cosas que podemos agradecerles a los feminismos está la ganancia del paso del tiempo en la mujer; antes sólo era pérdida, ¿viste? Ahora empezás a escuchar “esta mina tiene 50, hizo todo esto, ¡está en el pico de su vida!”. Hace unos años tenías que quemar todos los cartuchos de chica porque esa era tu edad para brillar. Creo que en ese sentido siempre decimos que el hecho de que un grupo de mujeres sostenido en el tiempo sea visto como algo que tiene un valor está relacionado también con los movimientos feministas. Y de paso sacamos del medio la pregunta que tanto nos han hecho y que ya no hacen más: “¿Cómo hacen cuatro mujeres para seguir trabajando juntas?” (se ríe).

–Valerita Correa recomendó mucho draguearse con amigas. ¿Estás de acuerdo? ¿Tenés alguna recomendación para agregar a nuestros distinguidos lectores?

–¡Muy de acuerdo! De hecho, ahora en pandemia tengo un personaje patético que hago para mi hija llamado Sr. Mamá: me pongo la camisa de mi compañero, me suelto el pelo como el Palla, me pinto los bigotes con rímel y sale… ¡porque extrañamos a los chongos! Cuando estás con las amigas vestida de chongo no es lo mismo que cuando no estás dragueada, hay algo que se vuelve más sencillo, hablás cortito, con monosílabos, es lindo hacer el ejercicio de jugar a eso y distribuir esa energía con tus mismas amigas. Con las chicas siempre decimos que ojalá se empiece a extender como práctica y movida habilitada, sobre todo para la tercera edad. Esa sería la libertad total para mujeres más grandes. Draguearse no es más que vestirte de varón, pintarte bigotes, ponerte algo que haga de bulto y ya está. Te sentás cómodo, bajás la mirada, no estás atento a lo que dicen de vos y listo. No veo la hora de armar un curso para señoras.