Damon Albarn llamó a colaboradores de primera línea para dar vida al séptimo álbum de la banda animada más exitosa de la historia. De la mano de Elton John, Beck y Robert Smith, Song Machine, Season One: Strange Timez es el mejor trabajo de la década de los británicos, una montaña rusa donde el rock, el pop, la electrónica, el hip-hop y la música africana conviven en armonía.


Algo bien debe de estar haciendo Damon Albarn para que Elton John lo haya calificado como el músico británico “más interesante”. La respuesta está en Song Machine, Season One: Strange Timez, el séptimo álbum de Gorillaz, la banda virtual que creó hace veinte años con el dibujante Jamie Hewlett y que todavía hoy sigue estando a años luz de la música popular más moderna.

Tras convertirse en el máximo exponente del britpop de los 90 junto a Blur –disputándole encarnizadamente el podio a Oasis–, Albarn inauguró el siglo XXI con Gorillaz, un proyecto que le permitió romper sus lazos con el rock y abrirse paso por prácticamente cualquier género musical que le resultara interesante. En esencia, fue su manera de hacer hip-hop sin tener que rapear él mismo. El entorno multimedia le permite encargarse de las partes melódicas y cederles el micrófono a diferentes raperos que ponen las rimas y el flow. Lo que en 2000 parecía un experimento sin mayor proyección que la de otros productos musicales animados, como The Archies, llegó a ser, según el libro Guinness de los récords, el grupo virtual más exitoso de la historia, superando incluso a los pioneros Alvin y las Ardillas.

La clave de la longevidad de Gorillaz está en su sofisticada fusión de ritmos. Hay más que nada hip-hop en todas sus variantes, pero Albarn se codea con un ejército cada vez mayor de colaboradores que se ponen al servicio de cada canción y aportan su propia paleta sonora. Song Machine, Season One: Strange Timez profundiza el concepto de Humanz, el álbum que sacaron en 2017 luego de seis años de silencio, con una seguidilla de invitados disímiles que lo convierten en una montaña rusa musical. Sin embargo, mientras que en ese trabajo exploraba un hip-hop más crudo, este séptimo LP sigue la línea de su antecesor, The Now Now (2018), y pone un mayor énfasis en las melodías y los arreglos.

Song Machine… fue pensado como una serie online en la que todos los meses, desde enero, se estrenaba el videoclip de una de las canciones nuevas, como si fuera un capítulo. Al final, el músico inglés reunió material suficiente para editar un álbum completo (o una primera temporada, como él dice), compuesto por once “episodios” (canciones) en su versión estándar y diecisiete en la edición de lujo. La pandemia de coronavirus hizo que parte de esos temas fueran grabados a la distancia.

Como es costumbre en el rap, cada pista tiene un featuring estelar, pero los que se llevan todos los laureles son Elton John y Robert Smith, el líder de The Cure. El gran Elton expresó su admiración porque Albarn logró sacarlos con éxito de su zona de confort. Smith abre el disco con “Strange Timez”, una canción acid house que recuerda a lo más bailable de Blur, como “Girls and Boys” y “Music Is My Radar”, y que se anticipó a los tiempos difíciles que vive el mundo: “Tiempos extraños para ver la luz, […] Tiempos extraños para estar vivo”, canta el fundador de The Cure. Por su parte, Elton John pone su voz y toca el piano en “The Pink Phantom” que, acompañado por los versos del rapero 6LACK, es lo más cerca del trap que el autor de “Your Song” estuvo hasta ahora.

La novedad en este séptimo álbum de Gorillaz pasa por el eclecticismo. En “The Valley of the Pagans”, Beck los lleva a coquetear con el electroclash, mientras que la cantante St. Vincent, una de las figuras más importantes de la música alternativa actual, aporta su voz en “Chalk Tablet Towers”, un synth pop ideal para la radio. “Momentary Bliss” cierra la edición estándar con el flow cáustico del inglés Slowthai apoyado sobre una base punk cortesía de la banda de rock Slaves. “Aries” es un homenaje al post-punk y la new wave de fines de los 70 y principios de los 80, nada menos que con Peter Hook, ex bajista de New Order y Joy Division, haciendo sus inconfundibles líneas de bajo.

Gorillaz también experimenta con ritmos de todo el mundo. Para “Dead Butterflies” llamó a la latina Roxani Arias, que lleva un poco de reggaetón a Song Machine…, mientras que Fatoumata Diawara, cantante de Mali, grabó “Desolé”, una inclasificable canción con aires cariocas que le hace un guiño al highlife, un género tradicional de África occidental. Tony Allen, uno de los creadores del afrobeat, toca su característica batería en “How Far?”, lo último que grabó antes de su fallecimiento el pasado 30 de abril y su primer lanzamiento póstumo. El conocimiento musical de Albarn llega hasta el extremo oriente, y en “MLS” participan las Chai, un grupo femenino de rock electrónico proveniente de Japón.

La búsqueda artística de Damon parece no tener límites y por eso la elección de los invitados no es caprichosa. Song Machine… está lejos de ser transgresor, pero está lleno de ideas innovadoras, de esas que pueden llegar a marcar una nueva tendencia en el mainstream. Mientras Humanz parecía un compilado de colaboraciones entre raperos consagrados y emergentes, este nuevo álbum saca el máximo provecho de los artistas convocados. En ese sentido, este séptimo trabajo recuerda a Plastic Beach, la obra maestra que sacaron en 2010 en la que participaron Lou Reed, Snoop Dogg, Bobby Womack y los ex The Clash Mick Jones y Paul Simonon. Song Machine… no es tan ambicioso, pero vuelve a darnos esperanzas después de una década de discos flojos.

Es indudable que Gorillaz es uno de los grupos más importantes del siglo XXI y su éxito hizo inevitable que hoy sea el principal proyecto musical del ex líder de Blur, que colgó el título de rock star y se volvió un referente para las nuevas generaciones que están llevando al pop por caminos inexplorados. Se negó a convertirse en un dinosaurio y optó por construir el futuro él mismo, abrazando sonidos de todo tipo, combinándolos a su gusto y apadrinando a los artistas más innovadores de todo el planeta. La virtualidad y el hecho de tratarse de un proyecto eminentemente solista (Jamie Hewlett se ocupa de la parte visual) le dan la libertad para hacer cualquier música sin estar atado a estilos o fórmulas determinados.

El compositor ya adelantó que Song Machine… tendrá una segunda temporada y anunció que firmó un acuerdo con Netflix para hacer una película de la banda influenciada por las animaciones de Ghibli, el estudio japonés fundado por el director Hayao Miyazaki. Por si fuera poco, el 12 y 13 de diciembre van a dar tres shows por streaming que se podrán ver en todos lados.

Damon Albarn es un músico inquieto. Durante los seis años en los que desactivó Gorillaz sacó un álbum solista; formó un supergrupo de afrobeat llamado Rocket Juice & the Moon con Tony Allen y Flea, bajista de los Red Hot Chili Peppers; reunió a Blur, y produjo y grabó dos discos de música africana. Lejos de repetirse, cuando volvió a darles vida a sus criaturas animadas, las hizo madurar de golpe. En lugar de partir del mismo lugar donde las había dejado, las llevó al presente, en donde el hip-hop ya había desbarrancado del trono al rock, pero con un pie en el futuro. En ese lugar está Song Machine…, en un mundo en el que la música se mezcla para dar vida a canciones impresionantes.