Si algo le faltaba al 2020 era la partida del dios más humano de todos. A los 60 años, Diego Armando Maradona abandona este mundo para eternizarse y agigantar su leyenda. Texto impulsivo, descargo inconsciente de un editor desolado que imaginó la última jugada del diez.


Y allá va, otra vez, el diez con su zurda. En su viaje más largo, gambeteando hasta lo imaginable. Detrás, un sinfín de recuerdos, personas, periodistas, defensores, hijos, hijas, amores y amantes. Nadie lo llega a barrer, engancha para acá y luego para allá y retoma su ruta. No hay sonido, no hay cancha, las tribunas se desvanecen. Ni Víctor Hugo se anima a este relato, ahora sí, su gran obra maestra. Sesenta años de vivir como pudo, porque desde que nació pensamos pero nunca esperamos este día. Cortita, ahí nomás del pie, el diez sigue. Fiorito, La Paternal, La Boca, Barcelona, Nápoles, Sevilla, Rosario, La Plata: el mundo está de luto. Porque Maradona es la Argentina y la Argentina es Maradona. Con todo su talento, su genio, su potencial; con toda su mierda, sus contradicciones e injusticias.

¿Y ahora? ¿Qué vamos a hacer? ¿Lo vamos a seguir criticando? ¿A juzgar su vida? ¿Los reyes moralistas? ¿Los amigos del campeón? ¿La prensa falopera? Que la sigan chupando. Allá va, barrilete cósmico, su mejor definición. Vuela, libre, sin más nadie que lo sujete. No hay más marcas, no hay más jeques, no hay más tronos, no hay más merca, no hay más alcohol. Va, desprendiéndose de todo, sin foul, porque en este viaje ya no hay reglas, ni dopings, ni Codesal, ni FIFA.

Otra vez, Diego y su pelota, solos, a toda velocidad, llegando a un área grande cada vez más grande, con un arco inmenso, dorado, que espera a su dueño para llorarlo, agradecerle y dejarlo en paz. Eso, paz, la que Maradona encontraba únicamente cada vez que pisaba una cancha de fútbol.