Reivindicar la caminata en un nuevo contexto local y global parece ser un imperativo en tiempos de pandemia y aislamiento. La receta es simple: seguir el impulso vital y primitivo de andar a pie como forma de reactivar cuerpo y mente, conectarse con el mundo y habitar la ciudad. Una manera de enfrentar el sedentarismo y gestionar el futuro sin desatender las cuestiones de espacio que impone el aquí y ahora.


En 1975, una australiana llamada Robyn Davidson decidió abandonar la ciudad en la que vivía para emprender un viaje que la llevaría desde Alice Springs hasta el océano Índico a través del gran desierto australiano. Emprendió el viaje sola, caminó junto a cuatro camellos y su perro en una aventura que no sólo cambiaría su vida sino que sería retratada por la National Geographic e inspiraría el libro Tracks (1980). La travesía llevó nueve meses y unos 2.700 kilómetros. Pareciera que odiseas como estas sólo pueden pertenecer a otros tiempos. No a los de ciudades congestionadas con gente que usa el auto para recorridos ínfimos o que simplemente considera que caminar es algo aburrido.

Y, sin embargo, desde tendencias que nos llegan del futuro respecto de cómo serán las ciudades que vienen (las “ciudades de 15 minutos” tan en boga hoy) hasta la emergencia climática que pide por nuevas formas de planificación urbana y de viviendas, la suerte parece estar del lado del peatón. Si se le suma una pandemia de proporciones impensadas, tenemos el sustrato ideal para una reivindicación de la caminata y el caminante. En un contexto pandémico de movilidad reducida y autonomía personal limitada, y ahora además con una progresiva vuelta a una nueva normalidad, caminar se ha vuelto imprescindible como forma de conexión con el mundo, actividad necesaria para el cuerpo y la mente y nuevo medio para moverse y habitar la ciudad.

“El valor concreto y simbólico de la caminata ha cambiado en formas insospechadas. Existe un nuevo significado de la caminata en la ciudad, una revalorización. La caminata vuelve a ser un destino en sí misma, sin encontrar una necesidad para llegar a un lugar o como medio de desplazamiento. Entonces vemos las intervenciones urbanas rápidas que se están haciendo para acoger esta vuelta a la normalidad, y todas apuntan a mejorar esos desplazamientos con distancia física”, cuentan Karen Seaman Cuevas y Nicole Pumarino Orbeta, creadoras de la ONG chilena La Reconquista Peatonal (lareconquistapeatonal.org), proyecto que surge de la pasión compartida de estas dos arquitectas por caminar. No sólo idearon recorridos y talleres sino que crearon un método de registro para caminantes en formato de cuadernos que luego sirven para la investigación y creación de políticas públicas. Ya llevan más de 600 cuadernos recolectados con experiencias de caminantes en distintas ciudades a lo largo de casi tres años de proyecto.

En la caminata se cruzan cuestiones que trascienden el mero placer y que tienen que ver con la salud (física y mental), políticas públicas, planeamiento urbano, género y clase, y hoy, además, seguridad en torno a prevención de contagios.

La caminata, ¿un animal en extinción?

La caminata parece ser una intersección donde se cruzan cuestiones que trascienden el mero placer y que tienen que ver con la salud (física y mental), políticas públicas, planeamiento urbano, género y clase, y hoy, además, seguridad en torno de la prevención de contagios. ¿Pero qué pasa cuando uno tiene una caminata como destino en sí mismo? Podemos pensar en la caminata más allá de la idea del traslado pragmático, como forma de ser y estar, aparte de nueva manera de habitar el espacio público. ¿Qué nos puede aportar en este escenario?

Ya sólo en términos de salud, como explican en un excelente dossier sobre el tema en la revista Aeon, es “nuestro acceso a la salud pública más básico”. ¿Por qué? Pues porque caminar tan sólo por 30 minutos cinco días a la semana ha demostrado tener un impacto significativo en cuestiones que van desde la obesidad y la depresión hasta el cáncer de colon. Una caminata normal diaria para ir a hacer las compras cubre fácilmente esta porción de ejercicio. Por otro lado, los beneficios psicológicos y emocionales de las caminatas han sido documentados desde hace décadas y es por eso que se emplean como complemento en tratamientos o con fines terapéuticos. Caminar es una compleja combinación de procesos cognitivos y estímulos externos, y recién ahora desde la neurociencia se está comenzando a entender el link bidireccional entre cerebro y funciones motoras y el rol que la salud cardiovascular juega en nuestra salud mental y bienestar.

Pero entonces, ¿por qué dejamos de caminar? Los motivos son muchos, e incluyen tendencias de sedentarismo globales, distancias salvadas por el transporte público, falta de tiempo, un parque automotor siempre en crecimiento y hasta una valoración aspiracional del auto como símbolo de estatus, independencia y lujo (que pesa todavía en sociedades como la estadounidense).

Los beneficios psicológicos y emocionales de las caminatas han sido documentados desde hace décadas y es por eso que se emplean como complemento en tratamientos o con fines terapéuticos.

De dónde venimos y hacia dónde vamos

Pero la falta de espacios y planeamiento urbano, o como las chicas de La Reconquista Peatonal explican, “la invisibilización del peatón y la experiencia de la caminata”, también juega su parte. La extinción de este hábito saludable, gratuito y ecológico se da en toda la región. “En las ciudades latinoamericanas están invisibilizados los caminantes, por nosotros mismos y por las políticas públicas. Las encuestas que empiezan a tirar números arrojan que, por ejemplo, en Santiago de Chile el caminar es la forma primordial de moverse (es decir que hay más gente caminando para trasladarse que por cualquier otro medio), pero igual lo abordan como un caminar que siempre tiene un propósito de conexión más que un destino en sí mismo.”

Además, en plena pandemia surge la pregunta inevitable: ¿cómo reivindicar este hábito responsablemente en tanto manera de habitar y moverse en la ciudad? Hoy la caminata se vuelve más urgente como experiencia colectiva y compartida. “Surgen nuevas estrategias para salir a caminar, los objetos que tienes que llevar y que se están utilizando, los recursos que hacen los caminantes para armar sus rutas, no pasar por lugares con mucha gente para poder mantener la distancia social, etcétera.”

En Buenos Aires, distintas iniciativas impulsadas por entidades oficiales y agrupaciones civiles parecen apuntar a repensar el espacio compartido en la ciudad. Desde Bicivilizados.org lanzaron la iniciativa de redes #abrancalles para pedir que los fines de semana se habiliten más calles para los peatones y bicicletas y menos para los autos. “Se necesita mucho pero mucho más espacio para que las personas puedan disfrutar de manera más segura la ciudad y no todxs amontonadxs en los poquitos espacios verdes que tenemos”, comenta Leo Spinetto, uno de los fundadores del sitio web.

Desde el placemaking, un enfoque multifacético para la planificación, diseño y gestión de los espacios públicos, mirar y escuchar a las personas que viven (o, en este caso, caminan) las ciudades es fundamental. Si para 2050 se estima que el 70 por ciento de la humanidad vivirá en ciudades, con los costos ambientales y de salud a nivel global –muchas veces no planificados– en continuo ascenso, es hora de empezar a cambiar nuestra idea sobre cómo disfrutar y movernos en las ciudades. Y la caminata es una parte imprescindible de esto. ¿Qué nos depara el futuro? ¿Nos volveremos ciudadanos incapaces de caminar, sin deseo, espacio o habilidad, como en el filme WALL•E? ¿O, como Robyn Davidson, reivindicaremos el placer de caminar sólo porque podemos?