En plena pandemia, Taylor Swift aprovechó el confinamiento para grabar Folklore, el mejor álbum de su carrera. Lejos del pop, la joven estrella sorprendió con un vuelco hacia el folk, un camino contrario a lo que todo el mundo esperaba de ella. Y demostró que está lista para seguir creciendo.


Taylor Swift había terminado 2019 con otro álbum exitoso, Lover, y estaba dispuesta a presentarlo en vivo con una gran gira mundial durante 2020. Sin embargo, la pandemia de covid-19 la llevó a cancelar todos sus planes y a recluirse en su casa, como hizo el resto de la humanidad. Así fue que se dejó llevar por sus fantasías y en tan sólo cuatro meses grabó su octavo disco de estudio, Folklore, que va a contramano de todo lo que había hecho hasta ahora.

Sin haberlo planeado, permitió que su imaginación “fluyera como una oleada de conciencia”, como ella misma contó en sus redes sociales. “Las imágenes aparecían en mi mente y despertaban mi curiosidad”, declaró. Por primera vez, sus canciones dejan a un lado el carácter autorreferencial de sus letras para dar paso a relatos ficcionales. “Rápidamente, esas imágenes adoptaron caras o nombres y se convirtieron en personajes. Me encontré escribiendo no sólo mis propias historias sino también desde la perspectiva de personas a las que nunca vi, pero también desde el punto de vista de gente que conozco o que desearía no haber encontrado nunca.”

Así, “The Last Great American Dynasty” habla de la controvertida Rebekah West Harkness, fundadora de la compañía de ballet de Nueva York que lleva su nombre, quien llegó a ser una de las mujeres más ricas de los Estados Unidos luego de heredar la fortuna de su marido, William Harkness, dueño de la petrolera Standard Oil. De hecho, Taylor vive en la casa de Rhode Island que el matrimonio habitó en la primera mitad del siglo XX. “Epiphany”, por su parte, es un homenaje a los médicos que combaten día tras día el coronavirus: la cantante asocia su incansable lucha con las vivencias de su abuelo Dean en el campo de batalla durante la Segunda Guerra Mundial. Pero su punto más alto como compositora llega con “Cardigan”, “August” y “Betty”, trilogía de canciones que describe un triángulo amoroso desde la perspectiva de cada uno de los protagonistas.

Folklore es un álbum introspectivo, nostálgico y etéreo. Las dieciséis canciones (más un bonus track de la versión deluxe) se suceden sin sobresaltos mientras Swift describe paisajes oníricos en blanco y negro, que es la paleta de colores imperante en los 67 minutos que lleva escuchar este nuevo trabajo, grabado en su totalidad a distancia y en aislamiento. La portada, una fotografía de la cantante tomada a lo lejos en un bosque desolado, representa a la perfección el espíritu de estas nuevas composiciones.

Por primera vez, sus canciones dejan a un lado el carácter autorreferencial de sus letras para dar paso a relatos ficcionales.

El resultado de este cambio de enfoque también se vio reflejado en la música. Las melodías pop que tanto rédito le dieron a lo largo de los años quedaron relegadas en favor de la incursión en nuevos territorios, principalmente en el folk, un género al que Taylor le había sido esquiva. Es cierto que había coqueteado con esta música en “Safe & Sound”, la canción que escribió para la banda de sonido de Los juegos del hambre (2012), pero hasta ahora nunca se había animado a hacerlo en uno de sus álbumes.

Este folk que la creadora de “Shake It Off” descubrió para plasmar sus nuevas ideas no es el tradicional, el que tocaba Bob Dylan en sus inicios (aunque la armónica en “Betty” parece un guiño al gran trovador), sino el llamado indie folk, una variante más moderna que combina elementos acústicos con una mayor instrumentación eléctrica. De hecho, uno de los invitados es Justin Vernon, líder del grupo Bon Iver, máximo exponente de este estilo. Vernon coescribió y puso su voz en “Exile”, una balada de piano en la que una pareja analiza por qué su relación no funcionó.

Vernon es uno de los “héroes musicales” de Taylor (palabra de la cantante) que participan en este disco. Los otros son Jack Antonoff, su colaborador desde el álbum 1989 y que aquí aparece en seis canciones, y Aaron Dessner, miembro de The National, una banda de rock alternativo que tiene un estilo oscuro y melancólico, en sintonía con el sonido que desarrolló Swift en este disco. De hecho, la cantante lo eligió como principal compañero en la producción y composición de diez temas, justamente para lograr esa atmósfera tan gélida. El resultado fue un contundente giro de 180 grados en su carrera: la estrella pop más exitosa del siglo XXI ahora brilla como una fresca y temeraria cantautora indie, mucho más cerca de Lana Del Rey que de Miley Cyrus, y lo mejor es que suena con la naturalidad de alguien que hizo esta música toda su vida. El cuarto colaborador, que aparece en los créditos de dos canciones, es un tal William Bowery, cuya identidad todavía es un misterio. Todos están desesperados por saber quién es y muchos especulan con que se trata de un seudónimo del actor Joe Alwyn, actual novio de Swift.

Si este álbum lo hubiese grabado cualquier artista, habría sido considerado un traspié, de esos que provocan la ira de los fanáticos. Pero a la intérprete de “Blank Space” la jugada –de altísimo riesgo– le salió perfecta. No sólo sus seguidores amaron sus nuevas canciones, sino que se dedicaron a criticar a los medios que no le pusieron la calificación máxima. Para ellos, a pesar del cambio rotundo que hizo su cantante favorita, Folklore merece cinco estrellas. Los números lo demuestran. El día de su lanzamiento vendió 1,3 millón de copias en todo el mundo, y en una semana se convirtió en el más vendido de 2020. En Spotify tuvo 80,6 millones de reproducciones, un récord mundial para el álbum de una artista femenina en la plataforma de streaming. Además, las diecisiete canciones entraron en el ranking de Billboard, tres de ellas en el top 10, y “Cardigan” en el primer puesto.

El otro golpe de efecto que hizo a Folklore uno de los discos más exitosos es que Taylor lo anunció tan sólo quince horas antes de su publicación. Nadie sabía que mientras todo el mundo permanecía encerrado en su casa ella preparaba un nuevo material. El proceso se mantuvo en secreto, y hasta Aaron Dessner admitió que le tuvo que ocultar a su hija de ocho años que estaba trabajando con su artista preferida. Tanto él como Jack Antonoff le mandaban ideas o maquetas de canciones y ella las devolvía terminadas. Todo fue hecho a través de e-mails, llamados y audios de WhatsApp.

Folklore es un álbum introspectivo, nostálgico y etéreo. Las diecisiete canciones se suceden sin sobresaltos mientras Swift describe paisajes oníricos en blanco y negro.

El éxito de Taylor Swift parece no conocer límites. Sólo dos artistas lograron superar el millón de copias vendidas este año, The Beatles y el grupo de K-pop BTS. En una semana, ella los superó y alcanzó a Janet Jackson en el historial de artistas femeninas con más álbumes en el primer puesto de los rankings, tan sólo por debajo de Madonna y Barbra Streisand.

Folklore es una muestra sorprendente de la madurez musical de una artista que, pudiendo ir a lo seguro –eso que de hecho la convirtió en la más grande del pop mundial–, se animó a saltar al vacío. En definitiva, el encierro le abrió un mundo de posibilidades que supo aprovechar al máximo y el resultado fue su mejor trabajo hasta el momento, uno que quedará entre lo más reconfortante que haya sucedido durante esta histórica pandemia.