Distintas iniciativas se focalizan en el posible menú gastronómico para afrontar un vuelo (de casi nueve meses) a otros planetas. El desafío no es sólo la nutrición, también es cuidar nuestra salud mental. Si a los astronautas les lleva un gran entrenamiento, ¿vos podrías aguantar meses sin tu plato favorito?


¿Sabías que la Space Exploration Initiative está investigando qué podríamos comer en un viaje a Marte (algo que, por cierto, tomaría nueve meses encerrados en un espacio reducido)? Si bien puede parecer una preocupación frívola, no lo es. La comida es cultura no solo acá en la Tierra; en el espacio es la manera de socializar, romper la monotonía y evitar el aburrimiento. El desafío entonces no es sólo la nutrición, también es cuidar nuestra salud mental.

El experimento

“Take your protein pills and put your helmet on”, cantaba Bowie, y si bien algunas de las pruebas que se están haciendo trascienden los alimentos en formato píldora (hoy en día los astronautas ya comen cosas como verduras deshidratas y preparaciones como puré de papa), los experimentos que se están haciendo incluyen cosas tan raras como mandar placas con pasta de miso a la ISS a ver cómo reacciona, burbujas inyectables, huesos de silicona saborizados para chupar, cascos con samplers de distintas preparaciones y otras técnicas de la cocina molecular.

La encargada de dirigir estas investigaciones en el MIT Media Lab’s Space Exploration Initiative es Maggie Coblentz, diseñadora industrial con estudios en Física, Matemática y Filosofía, pero sobre todo con un gran optimismo por el futuro y fanática de Star Trek, como cuentan en un perfil que realizó la revista Wired. Coblentz no está sola; invitó a los astronautas Cady Coleman y Paolo Nespoli, con experiencia en viajes espaciales, y a otros colegas y especialistas del MIT para que se unan a su misión en el Media Lab.

La gravedad cero tiene que ser uno de los ambientes más difíciles para estudiar la comida, sin embargo, en tanto nos acercamos a la posibilidad de viajes interplanetarios, desarrollar insumos, recetas y técnicas apto-espacio será crucial. Coblentz no es ajena a estudiar la comida en ambientes extremos: antes de llegar al MIT se dedicó a estudiar el rol de la comida en prisiones y zonas de guerra. Si las decisiones que tomamos todos los días sobre lo que elegimos para alimentarnos, cómo lo preparamos y consumimos definen tanto nuestras identidades como relaciones, deberíamos considerar la comida como cultura. ¿Cuál será, entonces, la cultura interplanetaria que habrá que crear desde cero? Y a un nivel más técnico, ¿qué sucede con la preparación de la comida en el espacio? ¿Qué tipo de transformaciones son posibles? ¿Se puede sacar provecho de la microagricultura? Estas son algunas de las preguntas.

Los experimentos que se están haciendo incluyen cosas tan raras como mandar placas con pasta de miso a la ISS a ver cómo reacciona, burbujas inyectables, huesos de silicona saborizados para chupar, cascos con samplers de distintas preparaciones y otras técnicas de la cocina molecular.

La necesidad

Uno de los principales objetivos de la misión de la Space Exploration Initiative (SEI), que no sólo convocó a ingenieros y científicos sino también a artistas en un equipo que tiene más de cincuenta colaboradores de distintas especialidades, es imaginar toda una “cultura microgravitacional” para cuando el hombre sea una civilización nativa (y activa) del espacio. Algunos de estos especialistas también se están preguntando por cómo será la música, el arte y el entretenimiento en general fuera de la Tierra.

Pero sin irnos tan lejos y pensando en el desafío de proveer de alimento y nutrir a los pasajeros de un viaje espacial a Marte, algunas cuestiones tienen que ver también con el papel que la comida cumple y cumpliría en un paseo de estas características. “La comida es importante bajo situaciones de aislamiento y confinamiento, ya que es una fuente normal de gratificación que se suele ver recortada o negada”, explica Coblentz. Si además pensamos que esa fuente de gratificación a la que estamos tan habituados es algo que no sólo nos alimenta, sino que también nos estimula, nos saca de la monotonía y hasta marca la rutina diaria y la noción de tiempo, es entendible la importancia que tiene desarrollar un menú acorde.

De hecho, los psicólogos todavía no están del todo seguros de cómo el llamado efecto break-off, una sensación de desapego y desarraigo que los astronautas pueden experimentar cuando ya no vean la Tierra, impactará en su futura salud mental.

Por otro lado, la comida tiene un rol social. “La comida es una parte importante de la vida cotidiana en el espacio, es cómo te volvés un equipo”, relatan aquellos astronautas que han ido y vuelto del espacio. En la nota de Wired también se menciona la mesa que mandaron a hacer especialmente para que los astronautas de la ISS comieran juntos, que no era muy práctica ya que todos los miembros de la estación llevaban moretones a la altura de la cadera, pero que sí tenía una función muy clara. La tripulación necesitaba un lugar para socializar y hacer la más humana de las preguntas: “¿Cómo estuvo tu día?”.

En cuanto a algunos de los obstáculos técnicos que el equipo de Coblentz enfrenta, dos cuestiones básicas en las que en la Tierra jamás repararíamos son las migas y los olores.

Los obstáculos

Históricamente, en los vuelos espaciales los científicos han tratado la comida de forma más bien pragmática, sobre todo teniendo en cuenta variables de peso (ya que por cada kilo extra que lleva una nave se pagan millones de dólares) antes que temas de aspecto, sabor o experiencia culinaria individual. Pero esta idea de la comida como desafío práctico es algo de lo cual habrá que deshacerse, ya que un astronauta entrenado quizás pueda soportar un viaje de nueve meses comiendo sopa de una lata que lleva el rótulo de “space food” sin volverse loco, pero, ¿y un civil?

El funcionamiento de nuestro aparato digestivo en el espacio exterior es otro gran misterio. ¿Cómo se adaptará nuestro cuerpo a estar tanto tiempo viajando y con hábitos sedentarios? ¿Cómo reaccionará a la falta de exposición solar y alimentos frescos? ¿Cuál puede ser el impacto de una dieta espacial en nuestro organismo, por más refinada que sea? Un dato para tener en cuenta es que el síndrome de adaptación al espacio en astronautas profesionales, disparado por la repentina falta de información por parte de los otolitos en nuestros oídos (fundamentales para mantener el equilibrio), genera vómitos, mareos y dolor de cabeza, entre otros síntomas.

En cuanto a algunos de los obstáculos técnicos que el equipo de Coblentz enfrenta, dos cuestiones básicas en las que en la Tierra jamás repararíamos son las migas y los olores. Pues resulta que en el espacio estas cosas son un problema, ya que en gravedad cero los aromas impregnan los ambientes reducidos que los astronautas habitan, y no es posible ventilarlos de forma rápida y efectiva. Por este motivo la cocción de alimentos o preparaciones con aromas muy fuertes o invasivos (quesos, por ejemplo) están fuera de toda posibilidad. De igual modo, los alimentos que desprenden partículas en forma de migas son otro potencial peligro, no sólo porque pueden quedar flotando y contribuir con la falta de higiene o hasta generar algún desperfecto técnico en el equipo de la nave, sino también porque podrían ser ingeridos accidentalmente. Así que si pensabas comerte un buen plato de pastas con salsa y pancito, olvidate.

Por ahora podemos conformarnos con que los expertos están estudiando subir las dosis de azúcar y enfatizar los sabores, ya que según reportes, arriba se pierde bastante el sentido del gusto. Algo es algo.