Una de las industrias globales más afectadas por la pandemia busca la manera de reinventarse. Anna Wintour, la reina madre de este juego de ajedrez, está dispuesta a todo para volver a ganar. 


Editoriales, cartas abiertas solidarias, sororas y soporíferas. El mundo de la moda se replantea todos los caminos de un derrumbe anunciado al que eligió ignorar durante años. Y en el impensado cruce donde se bifurcan los senderos está ella: gafas enormes, carré inalterable y esa mirada de hielo que inspiró el emblemático personaje de Miranda Priestly en El Diablo viste a la moda. Anna Wintour es el imaginario pop de la moda. 

Maestra de ceremonias, última mohicana de un mundillo gobernado por editorxs de revistas, mito viviente, Wintour es la encarnación de aquel orden fashionista mundial donde Vogue ejercía su inobjetable matriarcado. La última movida de Anna fue arengar a sus tropas por YouTube en la Gala Virtual del Met, mientras en las redes el hashtag #AMomentWithTheMet se viralizaba acompañado de innumerables fotos que recuerdan looks icónicos. Esta extraña ceremonia fue vivida casi como un velorio, pero también es una astuta movida para perpetuar la memoria e instalar una nueva nostalgia. Donde hay peones o reinas, Anna es la Kaspárov (el gran maestro de ajedrez) de la industria. En apenas dos semanas, la directora artística de Condé Nast apareció en cuatro ocasiones y aprovechó para usar diferentes suéteres rayados. El ojo no entrenado podría creer que están en los placares de todxs, pero no: son prendas exclusivas de La Ligne, etiqueta fundada en 2016 por Meredith Melling y Valerie Boster, ex editoras web de Vogue, quienes han visto potenciado exponencialmente su emprendimiento gracias a la mano amiga de Wintour. La reconversión empezó hace rato. Jaque mate.Viralizar, zoomear, livear, instagramear, ganar. Anna conoce todos los nuevos verbos y los viene manejando como una campeona desde su primera tapa con Kim Kardashian y Kanye West. Siempre supo que el cambio no llegó recién ahora, con los anuncios de las realizaciones virtuales de las semanas de la moda de Milán, Londres y París, sino que la coyuntura actual simplemente visibilizó algo que era un hecho: las semanas de la moda fueron enterradas junto con la colita y las gafas de Karl Lagerfeld. 

Lo ratifica Maximiliano Iriart Crespo, consultor en Desarrollo Estratégico de Empresas de Moda. “Si alguien se está preguntando cómo serían las primeras fashion weeks afectadas por la covid-19, la respuesta está en YouTube desde hace dos meses”, dice Max, y dispara: “El dato estaba en el escaso número de asistentes debido a la ausencia de buyers, periodistas e influencers del mayor motor de crecimiento en el mercado del lujo. Por supuesto, estamos hablando de China. La pandemia ya se había desatado hacía meses, y nosotros, en nuestro pensamiento etnocéntrico, nunca notamos que las primeras Covid Weeks ya pasaron delante de nuestros ojos”.

Si creemos que Europa y los Estados Unidos son los engranajes maestros de la industria, estamos más atrasados de noticias que la revista For You. Dice Iriart: “Que Occidente no sea pionero es toda una ventaja. Tenemos el diario del lunes, pero está en chino y codificado como el I Ching. Cada uno tiene que interpretarlo y adaptarlo a sus circunstancias. El que lo tome literal está leyendo una fábula”.

Y si piden datos en vez de frases inspiradoras, acá están: en el primer mes tras levantar la cuarentena, China recuperó el ritmo de consumo de moda incluso con un crecimiento contra el mismo período del año anterior. El grupo internacional LVMH reportó un crecimiento por encima del 50 por ciento, un mensaje optimista que muchos esperan se replique en todos los mercados. Pero ya sabemos que cada película tiene su guionista y que las remakes habitualmente carecen del encanto original.

El mundo de la moda no sobrevivirá confeccionando exclusivamente indumentaria sanitaria, barbijos y alcohol en gel. Recuperar el consumo interno será fundamental.

La industria textil es una gran generadora de empleo y será una de las más afectadas por la pandemia. El panorama en los Estados Unidos, con la mayor crisis laboral de su historia, pinta difícil. Así las cosas, ¿hay oportunidades para la Argentina? La marginalidad tiene sus beneficios. Si logramos fortalecer el consumo nacional, sumado a la imposibilidad de viajar, quizás podamos redestinar el dinero reservado para excursiones a otro tipo de placeres, entre ellos el vestir. O sea, salen hoteles pagados en 24 cuotas y entran prendas compradas como podamos.
¿Serán básicas y minimalistas? ¿Austeras y solidarias? No estoy tan segura; los tapabocas que se agotaron primero en todas las marcas fueron los que portaban brillos y materiales suntuosos, piezas únicas, hipercustomizadas. Al respecto opina Max Iriart: “El vestir está en stand by. Es muy inocente pensar que cuando la ‘nueva normalidad’ nos afloje la cadena, todos vamos a ir a trabajar en joggineta y pantuflas, o que nuestra vida social va a pasar al terreno de lo virtual”.

La crisis llama a la reinvención. Ya limpiamos y ordenamos la casa, placar incluido. Lo vintage estaba en auge y esto no hizo más que potenciarlo. Rouse Lasserre es una firma de nueva sastrería que, debido a la impecable hechura de sus trajes, es elegida por figuras como Leo Sbaraglia. En estos días inauguró un servicio: propone reformar un antiguo abrigo, modernizarlo y devolverlo a la vida. Coordina el retiro de la prenda por personal autorizado, intercambia ideas de manera remota y devuelve la prenda remozada a domicilio. También están craneando una nueva colección basada en antiguas piezas de indumentaria, rescatando sus textiles para fundar un mix entre tradición, tecnología y trabajo artesanal.

Si bien son contados los diseñadores que pudieron ir más allá del Tapabocas Statement, hay casos tan palpables como ese budín inspirado por Paulina Cocina que estás a punto de comerte. Christopher Kane lanzó una línea de homewear que abarca desde los mejores piyamas hasta todos los objetos imaginables. T. M. Lewin removió los pantalones de sus redes sociales y promocionó conjuntos de boxers, camisas y sacos. Nada más acorde a la nueva Zoom office.

En el mercado local, Jessica Kessel “se baja de los tacos” y lanza su primera línea de zapatillas (las “Shantas”) acompañada de una serie de mocasines chatos en colores que levantan cualquier cuarentena. También colabora con una artesana en una línea de mantas tejidas en telar. Al fin una prenda/objeto que tiene sentido. 

La siguiente etapa traerá un nuevo desafío. ¿El público se animará a probar ropa? Un enigma que le quita el sueño tanto a Zara (que ya promete sanitización antiviral, cuarentena de percheros probados por 48 horas, circulación regulada, cajas similares a las bancarias y uso de barbijo y de guantes por todo su personal) como a las marcas palermitanas. En ese sentido, Kostüme salió al ruedo con una iniciativa interesante: la venta remota asistida por videollamada. Previo whatsapp, sus creadores Camila Milessi y Emiliano Blanco atienden junto con un vendedor y te asesoran personalmente en una compra que recibís casi al instante, por delivery. Dice Milessi: “Detrás de un producto hay alguien que lo soñó, lo fabricó, y está bueno para el cliente conocer cómo pensábamos las prendas. Lo mismo para los vendedores, que ya tienen construida una relación de años con los clientes y extrañan el comunicarse con el otro. Es una manera de mantener el contacto y el vínculo vivo”.

El futuro será del contenido, y Anna lo entiende como nadie. En su charla con Naomi Campbell (“No Filter with Naomi”, búsquenla en YouTube) afirma que apoyar a los nuevos creadores es prioridad. Sabe que la crisis opera en todos los frentes y que necesitaremos creatividad y coordinación para este retorno.Anna acomoda sus gafas mientras mira las nuevas olas. Ensaya su master class virtual, dice que es fundamental confiar en el equipo y rodearse de gente que no tema contradecirte. Anna es incansable, se recicla como nadie, se guarda en su nido y prepara el próximo zarpazo. Anna vuelve, siempre vuelve. The bitch is back.