La nueva película de Rupert Goold pone el foco en el último año de vida de la actriz Judy Garland, cuando viaja a Londres para dar una serie de conciertos. Una historia repleta de elogios, inseguridades y adicciones. Una radiografía del mundo del espectáculo.


Cuenta la leyenda que el final del arcoíris fue aquella noche de 1969 cuando la comunidad LGTBQ+ lloró su muerte en el bar Stonewall Inn y estalló en rebelión, orgullo, cultura pop, bandera multicolor y Pride Parade. Por aquel entonces, en los Estados Unidos a los gays se los llamaba despectivamente “amigos de Dorothy”, y esa niña de Kansas encontró su camino a Ciudad Esmeralda entre los distintos, esos que habitan la belleza de los márgenes captándola como el brillo en esos zapatos de glitter rojo especialmente diseñados por Salvatore Ferragamo para el filme.

Judy Garland supo de senderos difíciles, brujas y leones cobardes. Hoy, mientras miro a Renée Zellweger interpretándola en Judy, la película dirigida por Rupert Goold que se estrenará el 6 de febrero, tres días antes de los premios Oscar, donde es la favorita para consagrarse como Mejor Actriz, pienso en cuántos de sus propios demonios alimentaron semejante transformación.

Como en esa película de Cronenberg sobre gemelos irreconocibles, Renée es Judy, y el pacto de amor se firma con los espectadores sobre su cuerpo frágil, minúsculo, pleno de gestos imperceptibles. El hombro que se inclina hacia adentro encorvando su silueta adornada por una armadura de ropa rígida y metalizada.Y la voz desgarrada, rota, tan grandiosa que parece salir naturalmente de quién sabe dónde. Renée resucitó y Judy también, o quizás es al revés, poco importa.

El filme sigue el derrotero de Garland, una madre a punto de perder la custodia de sus hijos más pequeños por falta de recursos tanto económicos como emocionales. El salvavidas será aceptar una serie de conciertos en Londres, el único lugar donde sigue siendo una figura convocante. La idea es ir, facturar y recuperar tanto el fulgor perdido como la vida familiar. Pero ya lo sabemos desde John Lennon: la vida es eso que pasa mientras estamos haciendo otros planes.

Retomar ese último año de Judy Garland permite comprender su presente, pero, sobre todo, leer el ocaso a partir de un pasado como estrella infantil. Desde los siete años, Judy vivió en un set de filmación, tomando pastillas suministradas por sus empleadores. Anfetaminas para adelgazar, ansiolíticos para dormir, energizantes para despertarse. Amigos de cartón, novios pintados con marcadores, cumpleaños de mentiritas. Un mundo ficcional donde lo único real fue el dolor.

La Judy adulta que no puede dormir ni comer sabe que esta es su última oportunidad. Nosotros, los que estamos abrazados a la butaca, también. Y aunque sepamos cómo terminó la historia y la muerte sea siempre el final más spoileado, por un instante nos permitimos fantasear con su felicidad.

El cine tiene esas cosas, y el teatro, donde el actor se desprende de su personaje en el saludo final a cara lavada, más. No es casualidad que Judy esté basada en la obra Más allá del arcoíris y que su director sea una figura destacada de la escena británica. Si bien la película logra escapar muy hábilmente a la tentación del teatro filmado, Goold retrata con astuta precisión una vida entre camarines que se prende frente al público y se extingue entre vasos de whisky cuando cae el telón. Como en una sesión de terapia, no es relevante cuánto de realidad o de ficción hay en el mecanismo, la verdad está en la interpretación. Y Zellweger no sabe mentir.

Desde los siete años, Judy vivió en un set de filmación, tomando pastillas suministradas por sus empleadores. Anfetaminas para adelgazar, ansiolíticos para dormir, energizantes para despertarse. Amigos de cartón, novios pintados con marcadores, cumpleaños de mentiritas. Un mundo ficcional donde lo único real fue el dolor.

Dulce madre soltera que supo completar a Jerry Maguire cuando el amor romántico no era mala palabra; ingenua y letal Roxy en el musical Chicago; cowgirl intrépida por la que ganó un Oscar a la Mejor Actriz de Reparto en Cold Mountain, y, por supuesto, Bridget Jones, el personaje que dinamitó prejuicios. La primera gorda cinematográfica sexuada que levantó tipazos como nadie, usó bombacha grande para una noche de goce y paseó su figura de conejita XL con el escote en alto.

Después vino la vida amorosa agitada, su breve matrimonio con un cantante evidentemente gay (algo que también le pasó con dos de sus cinco maridos a Garland. El padre de Judy también fue gay y el primer esposo de su hija Liza Minnelli… ¡sí, acertaron!) y la viralización de unas imágenes por las que sufrió un body shaming cruel. En su mirada de pajarito herido, en esa voz de león enjaulado (canta todas las canciones de la película) y en el andar taciturno hay una verdad cristalina. Yo te creo, hermana.

Las claves de la esencia también se dibujan en el trabajo que la vestuarista de Harry Potter, Jany Temime, hizo para el filme. Las prendas cuentan su propia historia, donde los colores estridentes del show pueden transformarse en atuendos sencillos de “esposa y madre”, estallar en un vestido de novia celeste con aires de Pierrot, mutar en flores multicolores después de una noche ardua o atreverse a minifaldas locas que descubren las rodillas de esa mujer aferrada a su última oportunidad de felicidad con un pibe más joven. A medida que llega el final, la paleta estridente se irá diluyendo hasta fundirse a negro en la pantalla.

Y si Judy se olvida la letra, nosotros la cantamos en un coro improvisado, porque cuando pide que nunca la olvidemos asentimos con la cabeza y chocamos los taquitos de luces. No hay nada como volver a casa.