Greta Thunberg lo hizo de nuevo. Cuando la activista sueca de 16 años decidió ir en barco desde Europa hasta los Estados Unidos para evitar los vuelos y sus efectos contaminantes, su viaje en un carbón-neutral racing yacht puso en agenda un tema del que pocos hablan: ¿cuánto dañan los aviones nuestro medioambiente?


Las cifras son contundentes: un vuelo desde Nueva York hasta San Francisco emite por pasajero un quinto de los gases de efecto invernadero que produce un auto promedio en todo un año. (¿Preocupado por no usar un auto eléctrico y muy tranquilo viajando en avión?) La industria del transporte en general –incluyendo aviones, autos, trenes y barcos– es el sector que genera la mayor cantidad de gases de efecto invernadero en los Estados Unidos, donde el departamento de estudios ecológicos de la prestigiosa Universidad de Yale, el Yale Environment 360, reveló que es mejor estarse quieto un rato a seguir viajando compulsivamente y llenar nuestro Instagram de selfies en aviones o escapadas relámpago, que no hacen más que alimentar nuestro ego y contaminar el aire.

La publicación Business Insider es determinante en su revelador artículo “The flight shame movement”. Allí señala que incluso los vuelos muy cortos son salvajes en su emisión de carbono, poniendo el siguiente ejemplo: un vuelo de retorno desde Londres hacia Roma genera 234 kilos de dióxido de carbono por pasajero, siendo esta cifra superior al promedio de emisiones que producen en conjunto y al año 17 ciudadanos de países en vías de desarrollo. Un dato más grave: estas emisiones se generan a diez mil metros de altura, donde el impacto ambiental es mucho mayor debido a una serie de reacciones químicas que desconocemos pero, según afirman los expertos, son reales.

¿Es posible volar menos y viajar más por agua o por tierra?

En Europa, claro que sí. En los Estados Unidos, difícil. En la Argentina, casi imposible. Si viajar a Punta del Este para año nuevo cuesta lo mismo en una low cost con una distancia temporal de 55 minutos que tomar un barco a Colonia y de ahí completar por tierra en una travesía que nos puede demorar hasta nueve horas, ¿cuán comprometido con el medioambiente hay que estar para elegir la segunda opción antes que la primera?

En los Estados Unidos pasa algo similar, pues su sistema ferroviario es deficiente en relación al europeo. Allí la gente prefiere vivir cerca de los aeropuertos, y tomar un vuelo de dos horas sin equipaje puede costar lo mismo que una comida para una persona en un restaurante promedio. Nadie, así dadas las condiciones, preferirá tomarse un tren de dos días antes que un avión de tres horas. Ante esta situación, la activista y política estadounidense Alexandria Ocasio-Cortez propuso construir trenes de alta velocidad –como los que abundan en China, por ejemplo– para que los usuarios sólo tomen vuelos cuando sea estrictamente necesario.

Fiel a su estilo, el presidente Trump le contestó con este hermoso tuit: “Creo que es muy importante para los demócratas que hagan presión por su Nuevo Acuerdo Verde. Sería fantástico para la llamada ‘huella de carbono’ eliminar permanentemente todos los aviones, autos, vacas, petróleo, gasolina y el Ejército, incluso aunque ningún otro país haga lo mismo. ¡Brillante!”, escribió irónico.

Un vuelo de retorno desde Londres hacia Roma genera 234 kilos de dióxido de carbono por pasajero, siendo esta cifra superior al promedio de emisiones que producen en conjunto y al año 17 ciudadanos de países en vías de desarrollo.

Volviendo a Europa, el efecto Greta caló hondo en su Suecia natal. Allí, el tráfico aéreo bajó un 3,8% en la primera mitad de 2019, contrarrestando la suba del 4,4% de vuelos registrada en el mismo período a lo largo de toda Europa. Greta impulsó el movimiento “The flight shame”, o la vergüenza a volar, que hoy mismo se extiende en los países más desarrollados de Europa al punto de encontrar miles de jóvenes de 15 o 16 años que, además de ser veganos para cuidar el ecosistema, evitar el uso de plásticos y reciclar todo lo que puedan, ahora eligen no volar (o hacerlo sólo en casos de absoluta necesidad) para ciudar la emisión de gases tóxicos y reducir las huellas de carbón. Con 225 mil vuelos diarios en todo el mundo planeando triplicarse en los próximos años debido a la proliferación de las low cost, vale la pena detenerse a pensar si continuar volando en distancias cortas por muy poca plata es tan maravilloso como creíamos.

En Alemania, el Partido Verde plantea dejar directamente obsoletos los vuelos de cabotaje para 2035. Este partido, el segundo más poderoso del país, tiene un objetivo medioambiental claro, y para alcanzarlo propone aumentar las inversiones en el sistema ferroviario e implementar impuestos al querosén en vuelos domésticos. Frente a este panorama, las compañías aeronáuticas están comenzando a tomar medidas eco friendly. KLM, por ejemplo, lanzó recientemente su campaña “Vuela de manera responsable”, donde alienta a sus clientes a volar menos (suena increíble, pero es real) y asumir un compromiso con la sustentabilidad. La alemana Lufthansa, por su parte, presentó en el mercado su primer avión “reducido en impacto ambiental” y promete replicar este modelo en la mayor cantidad posible de unidades.

Aunque todo suene alentador en el Viejo Continente, la pregunta inicial sigue rondando: ¿qué pasará con los países que no estén en la sintonía ambiental de las nuevas generaciones europeas?