Lleva la sed de exploración dentro de él y la sacia en Facón, su espacio mágico en pleno Palermo, en donde conviven historias, objetos e imágenes de los lugares más remotos del norte argentino.


Durante mucho tiempo Martín Bustamante se dedicó a la dirección de arte en publicidad, hasta que se apasionó con viajar y ser, de algún modo, el puente entre los artesanos de la Puna y la gente de todo el mundo ávida de conocer sus vidas y creaciones. Esta charla se dio en pleno viaje, desde su camioneta cargada de aventuras.

–¿Qué estás haciendo ahora en La Rioja?

–El objetivo fue ir al carnaval de Jujuy, que fue increíble. Después a la Vendimia y ahora estamos manejando por La Rioja para llegar a San Juan, hacer noche ahí e ir a Mendoza. Siempre en los viajes se conocen nuevos artesanos y se consolidan encuentros. Me pasó en Salta con uno que hace telar, nos conectábamos sólo por WhatsApp, y arreglé para ir a verlo. Me apasiona entender su cultura, qué toman, qué desayunan, su lenguaje, su tónica, cómo viven; el contraste entre la gente de la ciudad y ellos. La comunidad diaguita de Catamarca está a cuatro mil metros de altura, los chicos se van caminando a la escuela el lunes y vuelven el viernes, caminan ocho horas por la Puna, comen lo que tienen ahí: llama, cabrito, raíces.

–¿Por qué te apasiona lo artesanal?

–Es algo que siempre estuvo dentro de mí, yo hago alfarería y orfebrería. Es apreciar el oficio, que es el trabajo que nos va a diferenciar el día de mañana si lo transmitimos a las familias que siguen. Yo entiendo la energía, la dedicación, el tiempo y la emoción que lleva realizar una pieza. Me gustaba lo que hacía antes, pero estaba trabajando para otro y enriqueciendo marcas y no tenía idea de quién estaba detrás realmente. Me fascina recibir un llamado de un artesano, o que un extranjero me mande una foto desde Texas mostrándome cómo quedó la sillita de cardón en su casa, o invitarlos a probar la muña muña y observar sus caras.

–¿Tenés alguna historia de los artesanos que conociste que te haya sorprendido?

–Hay una que no es de una artesana, pero es alguien que levantamos en una ruta en la Puna, en un camino de ripio, a cuatro mil metros de altura. Estaba esperando desde hacía tres horas para ver si conseguía a alguien que la llevara al pueblo más cercano, San Antonio de los Cobres, a sesenta kilómetros; si no, se iba caminando, nueve horas de caminata. Otra, la de Francisco de Barranca Larga, Catamarca. A él le compro muebles, sillas y mesitas de cardón. Vive con un burro adentro de la casa, con el que va al cerro para buscar los pedazos de cardón que se trae para hacer los muebles. El burro es como un perro, tiene nombre y todo, me sorprendió ese vínculo.

–¿Qué puente se genera entre el artesano y la persona que compra el objeto en Buenos Aires?

–A veces son artesanos que veo una vez en el medio de la Puna y nunca más vuelvo a verlos. Al local entran muchos extranjeros, entonces intento contarles la historia del producto, tengo mapas para que perciban las distancias, y si el artesano se deja, le saco fotos. Las piezas tienen nombre, yo trato de hacer que sientan como si hubiesen viajado también. Ahora abrimos un pop-up en la parte de abajo de Las Patriotas, un restaurante inspirado en el folklore argentino. Tengo una selección de cosas que hicimos con Tato Giovannoni. La idea también es poder llevar Facón afuera, a España, por ejemplo; el extranjero se fascina, hay una energía que se aprecia mucho.

–¿Cuáles son tus objetos fetiche de Facón que no querés vender?

–Las máscaras chané hechas en Salta me gustan mucho, ¡pero las vendo igual! Hay un puma tallado en madera de Formosa que hasta que no aparezca otro prefiero no venderlo, te enganchás enérgicamente. Acabamos de salir de Belén, Catamarca, donde conocí a Paco, que hace muebles de retama, una madera nativa, esos tampoco los vendo. Él es el padre de Úrsula Díaz, la segunda argentina en escalar el Everest.

–¿Cómo surgió el nombre Facón?

–En una fiesta me disfracé de gaucho, caí en patas, mis amigos me empezaron a decir «el Facón Bustamante» y quedó. No le di muchas vueltas.

–¿Y ahora? ¿Cómo sigue el viaje?

–Ahora estamos en Cuesta del Miranda, en La Rioja, y se nos ocurrió algo divertido con Ernesto Catena: una búsqueda del tesoro, enterramos unas botellas de Siesta en el Tunuyán en diferentes puntos. Recién enterramos una acá mismo, y la idea es compartir la ubicación por GPS y que otras personas lo encuentren, tal vez hoy, o en diez años.