Lionel Messi, la rutina de lo extraordinario
La Selección argentina ya está en cuartos de final. Después de dejar el alma en la cancha, el próximo sábado 11 de julio enfrentará a Suiza, pero la clasificación dejó mucho más que un pase de ronda; nos dejó una proeza histórica. El destino del partido parecía torcerse en un escenario caótico frente a Egipto, pero el deseo inquebrantable de nuestro Capitán cambió el desenlace: en un acto de apropiación desenfrenada, Messi le quitó la suerte al azar y la hizo suya cumpliendo la profecía que cantaban Los Redondos: “Cuando la noche es más oscura, se viene el día en tu corazón”.
Íbamos perdiendo 2 a 0; muchos podían creer que estábamos muertos, pero eso es porque no saben lo que es ser argentinos. A pesar de que al crack rosarino le habían atajado un penal, nunca bajó los brazos, no se escondió, pidió la pelota con hambre, demostrando que el mejor no es el que nunca falla, sino el que jamás se rinde. Tras el descuento del Cuti Romero que puso el marcador 1 a 2, la esperanza resplandeció. Minutos después, llegó el empate de Messi, un hombre que ya lo ganó todo y, sin embargo, sigue estando ahí, deseando, soñando: vivo. Leandro Paredes, nuestro salvador, quedó como último hombre y le robó la pelota al delantero egipcio demostrando una jerarquía absoluta. Su quite impidió lo que seguro iba a desembocar en el tercer gol de Los Faraones. Pero el milagro definitivo llegó cuando el partido moría y Enzo, en una remontada heroica, marcó el tercero de cabeza. El grito de gol retumbó en el estadio de Atlanta y en toda la República Argentina.

El final agónico contra Egipto nos sumergió en una auténtica resaca emocional a millones. Tras noventa minutos con nuestro cerebro en modo supervivencia, el estímulo frenó de golpe con el silbato final: el triunfo se concretó y dio paso a un estado transitorio de shock, un vacío donde el cuerpo quedó procesando lo vivido, sin poder reaccionar. Y es que los argentinos tenemos asociado el sabor de la adrenalina con el sufrimiento; y el sufrimiento es, para nosotros, la antesala de la gloria.
SERVIDOR DEL ARTE DEL FÚTBOL
Existe una teoría no comprobada que dice que Lionel Andrés Messi Cuccittini llegó de otro lado. Que alguien lo mandó acá para mostrarnos algo que, de otra manera, nunca hubiéramos podido ver. La teoría no tiene sustento científico, pero eso no es excusa, porque sus goles tampoco lo tienen. Con una facilidad insultante, una osadía y un desparpajo que desafían cualquier lógica, Leo vino con una misión clara: mover el límite de lo posible.
No es que rompa las leyes de la física, directamente crea unas distintas hasta que lo imposible se vuelva inevitable y no lo quede más remedio que existir. A través de los años fue nutriendo nuestras vidas con un fútbol impensado. Lo más desconcertante no es que haga cosas inasequibles, sino que las haga como si fueran naturales, sin pausa dramática, con una alevosía que no da tiempo a pensar qué es lo que está ocurriendo, porque nuestro Capitán no encuentra los espacios: los inventa. El campo de juego se rinde ante él y se reorganiza a su alrededor, dejando a los rivales atónitos corriendo hacia lugares que ya dejaron de existir.

Esta capacidad de crear posibilidades donde no existe la nada se traduce en estadísticas demenciales que ya forman parte de nuestro ADN futbolero. Sólo por mencionar la última, ayer el Diez se convirtió en el máximo goleador en la historia de los Mundiales con 21 tantos y, con la humildad que lo caracteriza, relativizó el asunto diciendo: “Es un honor, obviamente, por lo que significa estar al lado de Klose, Ronaldo, Mbappé. Al final es estadística y nada más, si bien es un orgullo poder competir con todos ellos, no significa nada. Ronaldo, de lo que yo vi, fue uno de los más grandes y no está primero, o sea que queda sólo en una estadística”. Con Messi hemos naturalizado la rutina de lo extraordinario. El día que se vaya no va a dejar un piso alto en el fútbol, dejará una vara imposible.
LA MEMORIA QUE RECUPERAMOS
La conexión de este plantel con la gente radica en su verdad: lo que cantan, lo sostienen. Nunca antes una Selección había representado de forma tan literal la estrofa final de nuestro Himno. Contra Egipto, los jugadores pasaron de la palabra a la acción y llevaron el “¡Juremos con gloria morir!” grabado en el alma y en los tapones, disputando cada jugada como si se les fuera la vida. Ese compromiso no sólo conmueve a las tribunas, sino que desarma a quienes conducen el barco.

Ayer, Lionel Scaloni no pudo contener el llanto. Frente a los micrófonos, el técnico campeón del mundo se limitó a reflejar el sentir de todo un país: “Estoy muy emocionado, no puedo decir nada… Qué grupo de jugadores, hermano”. Más tarde confesó entre risas que: “Me dicen 'La llorona' en el vestuario, pero a mí no me importa”. Y está bien que no le importe. Sus lágrimas son el reflejo de saber que este equipo representa magníficamente a una nación entera.

Al final del día, esta experiencia colectiva es intransferible. Ojalá cada país del mundo tenga alguna vez la posibilidad de que su Selección les regale algo de eso, porque hay emociones que son inefables. Esta Selección lleva años haciendo lo que nadie más pudo hacer. Ante tanta belleza desplegada en el campo de juego –y fuera de él– las palabras sobran. No intentemos explicar la magia, disfrutémosla.

