Claudio Villarruel: “Tardé 45 años en hacer esta obra, pero valió la pena”
Después de una vida detrás de cámaras, el referente de la televisión argentina vuelve al escenario para contar su historia. Aire marca su regreso al teatro con una pieza íntima donde lo autobiográfico se convierte en arte.
Claudio Villarruel es un nombre ineludible de la televisión argentina. Director de programación, productor y realizador, tiene una carrera extensa y reconocida en los medios. Pero hay algo que pocos saben: antes de la TV, hubo teatro. Y ahora, después de décadas, vuelve a ese primer amor con "Aire", una obra profundamente personal, donde no solo escribe, sino que actúa a corazón abierto para contar su propia historia familiar. Se trata de una propuesta de teatro independiente que encuentra su espacio en El Galpón de Guevara, reafirmando la búsqueda de un lenguaje íntimo. Con la dirección sensible y precisa de Juan Andrés Romanazzi, la pieza se vuelve un ámbito de revelación.
En esta charla, Villarruel se abre como pocas veces: habla de su madre y sus problemas de salud mental, de un padre famoso presente en la ausencia, de crecer en la delgada línea entre ficción y realidad, y de cómo todo eso lo llevó a subirse a un escenario para comprender y abrir nuevos caminos: “Tardé 45 años en hacer esta obra, pero valió la pena; es lo más importante que me pasó a nivel artístico en la vida”.

–¿Qué te llevó a decidir transformar tu historia familiar en materia teatral?
–Siempre quise hacerlo. Es una deuda pendiente desde que estudiaba teatro. De hecho, revisando mis cosas, encontré una obra que había escrito a los 23 años: era exactamente esta, solo que en ese momento era un estudiante agrandado que se creía un genio. Después la vida me pasó por encima y ahora siento que el material tiene otra madurez, más humildad. Decidí hacerlo porque estoy en un momento en el que cerré varios capítulos importantes, pero este lo tenía abierto hace mucho.
–¿Por qué el teatro es tan importante para vos?
–Me emociona hasta las lágrimas. Es y fue mi refugio. Siempre que necesito conectar con lo abstracto que nos rodea, con lo que hace bien, voy al teatro. Mi papá (N de la R: el periodista Sergio Villarruel) me llevaba a ver obras heavy, profundas, del independiente. Me emocionaba mucho cuando los actores salían a saludar, pero era una alegría: esos tipos que estaban siendo otros, de repente eran como yo. El clásico, particularmente, no me atrae, pero todo lo que tiene que ver con el surrealismo, el absurdo, Beckett, Ionesco, me movilizaba mucho. Tal vez porque en mi casa vivíamos en una línea muy delgada entre la realidad y la ficción, por la enfermedad de mi mamá. Era como ver en escena la locura. El surrealismo tiene eso: ves personajes y decís: “Ah, yo a estos los veo en casa”. El teatro me salvó.

–Hablaste de una línea delgada entre ficción y realidad por la enfermedad de tu madre. ¿Podemos ahondar ahí?
–Cuando nací, mi mamá tuvo un brote. En esa época, 1965, no se sabía bien qué era, pero perdió la memoria, se puso muy nerviosa y estuvo internada dos años. La estabilizaron un poco, pero fuimos criados por alguien con un problema de salud mental. Fue terrible, pero también maravilloso en cierto punto. Las personas con trastornos mentales están en otro plano. Criarme con alguien que hablaba de los fantasmas que tenía en la cabeza, de gente que la perseguía, creó un universo en mi imaginario.
También muchos miedos. Nosotros huíamos de casa, pero como yo era el más chico, era el que más se quedaba. Algo de resiliencia me permitió conectar con esa locura y vivir los dos mundos: la ficción y la realidad. Al principio era un juego; después, cuando tomé conciencia, tuve mi primer ataque de pánico –antes no se llamaba así–: sentía que me iba a volver loco. Lo que me salvó fue lo creativo: la música, el teatro, la escritura, las filmaciones. Creo que, por mirar tanto a mi mamá, terminé dedicándome a ser un observador profesional.
–Y ahora cambiaste el rol: de observador detrás de escena a observador en primer plano; actor.
–Una experiencia que no pensé que iba a vivir. Siempre estuve del otro lado, dirigiendo y produciendo. Ahora hago de mí, pero soy un actor. Fue un trabajo muy fuerte poder delegar decisiones, tanto en la producción con Daniela Sitnisky como en Juan Romanazzi, mi director. Me costó muchísimo, pero cuando vi el talento, la responsabilidad y la disciplina con la que laburan los chicos, hice “click” y solté. Vi en Juan una sensibilidad enorme para ver más allá de lo evidente. Su entrega y su mirada amorosa permitieron que la obra encontrara su forma.

–Contame sobre el proceso de escritura.
–Primero fue una novela. Fue un proceso hermoso, porque yo no soy escritor: escribía poesías, ideas. Me metí en un curso con Julián López; al principio fue duro: sentía que mis compañeros, todos escritores, me miraban como “el de la televisión”, mientras yo los admiraba profundamente. De a poco, en tres o cuatro años, la novela fue tomando forma, hasta que un día me bajó convertirla en obra. Ahí empecé a entrevistar a gente de mi familia para verificar si lo que había literaturizado realmente había sucedido.
–¿Y era verdad?
–Sí. Cuando fui a Córdoba a ver a mis tías y primas, llegaba con muy poca información sobre mi infancia, mis hermanos, el tema de mi mamá y mi papá hiperfamoso. Y confirmé que lo que intuía era cierto. La memoria, a veces, te mete recuerdos tramposos, si querés, pero que te ayudan a seguir viviendo cuando hay mucho dolor. Me hizo bien tomar conciencia no desde el relato de mi papá —que lo tamizaba para cuidarnos—, sino desde las tías. Volví, edité los videos y de ahí empezó a salir la obra.
–¿Fue un proceso de sanación?
–No quiero sonar como un libro de autoayuda, pero te diría que escribir fue un proceso de perdón: a mí y a los otros. No lo buscaba, pero había personajes de la familia que odiaba cuando empecé a escribir y terminé adorándolos en la obra. Estuve cuatro años metido tratando de hacer un hecho artístico sin caer en el psicodrama. Cuando te ponés en el lugar del otro, entendés que todos hacemos lo que podemos. Tenía muchos prejuicios, cosas que no me habían quedado claras.
En un momento, la obra empezó a hablarme. Ya no era yo el que decidía: ella misma me soplaba “esto no va, esto sí, contá esto otro”. Y tenía razón la obra. Hacerla me dio mucha paz. Pude prender la luz en esos agujeros existenciales, esos huecos del alma que antes eran solo una sensación.

–Tenías un papá muy famoso, con una imagen grandilocuente hacia afuera y diferente hacia adentro. ¿Cómo convivías con esa contradicción?
–Yo me compraba más al de afuera, el que veía el público. Estaba pegado a esa imagen. Mi vida íntima era lo público. Tenía una necesidad terrible de salir de casa: me iba al canal, a la radio, me metía en sus reuniones, me colaba en sus almuerzos. A veces se enojaba, pero no sabía que me rateaba del colegio para ir a verlo. Estaba en otra, no calculaba la hora ni nada. Siempre digo que llegué a la televisión buscando un padre.
–¿Lo encontraste?
–No, nunca lo encontré. Creo que recién ahora, con la obra, y muy amorosamente. Él era un trabado emocional, como muchos padres de esa generación, pero yo estaba obnubilado: lo admiraba mucho. Por lo que hacía y por lo poco que nos hablaba a mis hermanos y a mí, que siempre eran cuestiones éticas: cómo moverse en la vida, respetar a los otros, ser solidarios. Mi viejo, siendo quien fue, murió sin un peso porque ayudó a muchísima gente, y eso para mí es un orgullo. También aproveché mucho que él era famoso. El pro era que todo se conseguía fácil; el contra, que la pasabas mal por ser “el hijo de”. Pelear contra eso fue un hermoso desafío. Empecé comprando café al asistente de producción, cigarrillos al productor, sin cobrar nada porque para él era nepotismo. Estuve cuatro años así, hasta que llegué con Juan Alberto Badía y me quedé con él.

–¿Qué es lo próximo?
–Dirigir cine, es una deuda que tengo.
–¿Te ves actuando ahí también?
–No, yo no actúo más. Sigo con esto; capaz hago alguna gira, pero ahora quiero dirigir, algo chiquito. Sé que lo que venga lo voy a hacer con mi teléfono y en menos tiempo. Tardé 45 años en hacer esta obra. Me enteré de mi historia a los catorce, quince. Y te puedo decir que lo más importante que me pasó artísticamente en la vida es hacer "Aire". Hoy estoy en calma. Como si, después de tanto ruido, finalmente hubiera encontrado el espacio para escucharme y respirar distinto.
Foto: Carlos Furman

