Alejandra Flechner: "La vitalidad está en el deseo de hacer las cosas"
Entre los rodajes en la altura de Jujuy y el desafío de llevar una novela a la pantalla, la protagonista de la serie Las maldiciones habla de su personaje como figura del poder en las sombras y reflexiona sobre una etapa en la que, después de los 50, vive su profesión con más libertad y entusiasmo que nunca.
Curiosa, intensa y con la certeza de que en cada proyecto vuelve a empezar, Alejandra Flechner disfruta de su carrera. Todo lo recorrido le permite hoy recoger el fruto de un camino artístico repleto de semillas convertidas en entrañables personajes que marcaron la cultura argentina. En su último trabajo, Las maldiciones, la adaptación de la novela de Claudia Piñeiro convertida en un thriller político con tintes de estilo western, encarna a Irene, una mujer que, entre secretos y manipulaciones, mueve los hilos del poder de una familia del norte del país y que confirma que los personajes más complejos suelen ser también los más fascinantes.
Con la vitalidad intacta y la libertad que le dio el tiempo, la actriz habla del entusiasmo que la mantiene siempre en movimiento y que ya la tiene trabajando en su próxima adaptación literaria: Mis muertos tristes, de Mariana Enriquez, junto a Mercedes Morán y Dolores Fonzi.
–¿Cómo fue el desafío de adaptar a la pantalla "Las maldiciones"? ¿Habías leído el libro antes de trabajar en la serie?
–Sí, lo había leído y me había gustado mucho. Siempre hay tensiones en trasladar la literatura a la pantalla. Cuando trabajás en el audiovisual, lo que importa es el guion, y todo lo otro son cosas que pueden quedar en tu cantar, en tu imaginación. Para una actriz, siempre es importante contar la historia que se quiere contar. Pensá que este libro está comprimido en tres capítulos, entonces es una reinterpretación de los materiales, como en las traducciones, que un poco volvés a reescribir un libro. Es otro mundo.

–¿Cómo fue la experiencia de grabar en esos lugares desérticos de Jujuy?
–Bravísimo (se ríe). A mí me tocó solo en La Quiaca, que está casi a 4.000 metros sobre el nivel del mar, en el límite con Bolivia. Pero otra parte del rodaje fue en Susques, a más altura aún, y fue difícil porque hay poco oxígeno: hay que bajar el ritmo, comer liviano…
–¿Cómo fue tu adaptación?
–Horrorosa (se ríe). Tuvimos unos líos de logística y viajé solo un día antes. Entonces me fueron a buscar a mi casa, no sé, a las 4 de la mañana, me subí al avión, llegué a San Salvador y de ahí me subieron a un auto. Unos mareos… pasé de Villa Crespo a La Quiaca sin parar. Llegué y dije: “Sí, estoy fenomenal”. Almorcé, me fui a dormir una siesta, y al rato se me empezó a dar vuelta todo, se me partía la cabeza. Por suerte estaba todo preparado, teníamos un equipo de médicos con oxígeno constantemente.
Hay escenas, como la de Gustavo [Bassani] que corre por el medio del desierto, ¡eso no es montaje! El tipo corrió por ahí, pero con una ayudita de oxígeno previa porque, si no, te quedás duro. Fue muy alucinante todo, un rodaje siempre es una vida nueva, y la historia que estás contando empieza a ser la vida de todos los días.

–Con la tonada hubo también otro trabajo.
–Hubo ahí también una decisión de que fuera un neutro con algo, una “S” aspirada, una patinadita de “R” pero sin imitar, porque si bien no está definido el lugar en la serie, también hubiese sido raro que no hubiera nada. Junto a Leo (Sbaraglia) nos entrenamos con una coach espectacular, para que al trabajar con lo técnico previamente, luego ya lo incorporás y no tenés que pensarlo, vas directo.
–¿Irene es el verdadero poder detrás del poder?
–Irene es poderosa, yo diría que sí, es la tradición del poder real y económico de un lugar. Está digitando los destinos del país. Ella tiene este plus de tener un hijo al que entrenó y manipuló para que fuera todo lo que ella quisiera en su estrategia. En esta trama de poder, la madre es la villana. Y es un papel divino de hacer (se ríe).
–¿Creés que se intenta mostrar un cambio en la representación de los roles femeninos? Tal vez en la ficción antes la madre era la protectora, el respaldo de la familia, la buena. Y ahora, por ejemplo, es la manipuladora, lastimera… la mala.
–Es que esta mujer es muy tradicional de familia conservadora. Y, en realidad, en esas familias ellas operan tras las sombras, en secreto. En ese mundo supermegapatriarcal, la mujer termina tomando ese mismo rol, no viene a romper con nada. Es una mujer con poder y lo ejerce, y eso tal vez es lo que es llamativo ver. Para Irene, el fin justifica los medios, ella tiene un objetivo para su hijo y lo va a cumplir.

–Para Irene, el fin justifica los medios. ¿Y para Alejandra?
–(Se ríe) No, para nada. No podría.
–En la última entrevista con EPU nos dijiste que trabajar era lo que más te gusta hacer porque ahí tenías experiencia, no vejez. Justamente, de eso hablás en "Ellas saben", el ciclo de entrevistas que tuviste, donde charlabas con mujeres +50. E incluso Claudia Piñeiro, autora de "Las maldiciones", retomó la temática y dijo que, a esa edad, las mujeres están más ávidas para vivir, viajar y disfrutar del presente. ¿Desde qué lugar se para una mujer pos-50?
–Creo que hay algo de las edades que está totalmente corrido respecto del siglo pasado, que no pasó hace tanto. Yo tengo más de 50 y pico (se ríe) y a partir de esa edad hay un superflorecimiento, hay recorrido, madurez. En el caso de las que tienen familias, los hijos están grandes, entonces hay un recupero de tu propio cerebro, te das cuenta de que la crianza te subsume el cuerpo y la cabeza. Recuperás autonomía y libertad.

–¿Qué de esa libertad trasladaste a tu profesión?
–Me siento una persona privilegiada porque trabajo de lo que amo hacer, pero para mí esta edad es extraordinaria. Ya sabés lo que no te gusta, hay algo del disfrute que es pleno, podés ser vos.
–Todas coinciden en ese concepto: el disfrute.
–Es que la edad te enseña que podés empezar a disfrutar, porque cuando sos más joven, todos son mandatos. No importa si el mandato es bueno o malo, no deja de serlo: trabajar más o menos bien, vivir de tu trabajo o lograr alguna cosa que te haga vivir más o menos bien. Si sos mamá, ser buena mamá. Si sos hija, ser buena hija… Todas esas cosas en un momento son angustiantes, porque si no te salieron bien, ¿qué hacés? Por eso, en mi caso, los años terminaron siendo un activo, un privilegio. Pero qué sé yo, no es lindo verse la papada, que los brazos se te aflojan y todo eso.
–¿Cómo es tu vínculo con el cuerpo y el paso del tiempo?
–Me ubico en esa pelea, realmente hay un momento donde decís “físicamente, la guerra está perdida”. La vitalidad está en el deseo de hacer las cosas, ese es el motor real y así lo vivo. Cada vez que encaro un proyecto, lo siento como si fuera la primera vez. Eso para mí es la juventud. El pánico, pero no neurótico, sino el propio del entusiasmo: no saber cómo va a salir el proyecto, el deseo de dar el millón por ciento de lo que yo tengo, el buen humor al llegar a un rodaje. Eso, a mi edad, me sigue pasando. Entonces, mi instancia de mujer joven, porque así me reconozco, tiene que ver con la nueva manera de volver a vivir cada cosa. No estoy pensando en la numerología de mi edad.

–Además, la profesión misma te invita a reinventarte con papeles en distintas instancias de la vida de un personaje.
–Claro, y encima con este trabajo todo el tiempo conocés a otras personas, viajás, te vas a filmar no sé qué, vas al festival de no sé qué, entonces reinventás momentos permanentemente. Si vas todos los días al mismo lugar con las mismas personas, probablemente sea distinto. Acá, en este oficio, hay una juventud que no se agota y por eso me encanta. El día que yo sienta que no tengo nada por hacer, probablemente me empiece a morir (se ríe).
–Retomando la serie, te lo tengo que preguntar: ¿creés en las maldiciones?
–(Suspira y piensa unos instantes) Creo en algo, como en el 50 por ciento de las maldiciones, porque luego hay un humano que tiene las posibilidades de reconfigurar y reconvertir aquello que se supone que es su destino en alguna otra cosa. Como una cuestión alquímica, no sé si anularla absolutamente, pero sí modificarla.

–¿Y en la capacidad humana de hacer esa maldición?
–Sí, más que en la maldición, creo que la maldad existe en los humanos, porque no está en la naturaleza ni en el universo. El humano es víctima y victimario de su maldad. La maldición es como un destino, es direccional. La maldad puede habitar o transmitirse. Pero, por supuesto, tenemos la posibilidad de escapar al destino.
Créditos:
Fotos: Alejandro Calderone Caviglia
Styling: Julieta López Acosta @thisisjla y Octavio Ferrero @octavioferrero
Agradecimientos: @jtbyjt @gingerjoyeria @camper

