Axel Fiks, beat y guitarra: "Canto porque tengo que contar lo que me pasa"

Antes de presentar Abierto toda la noche, el artista comparte la intimidad de un disco que lo atraviesa por completo. El pánico escénico, la obsesión con la imagen y el amor como herida persistente se entrelazan en canciones que se volvieron refugio.

Dicen por ahí que ser valiente no es no tener miedo, sino seguir adelante a pesar de él. Pararse frente a cada temor, reconocerlo y, aun así, avanzar. O, en este caso, escribir y cantar. Algo de eso hay en "Abierto toda la noche", el nuevo disco de Axel Fiks, que más que un álbum parece una radiografía emocional: pánico escénico, excesos, autoexigencia, heridas de amor, ausencia paterna. Todo eso se transformará en arte este sábado 21 de junio en el teatro Margarita Xirgu.

De ese “amante del amor que se inspira en Sandro y reivindica el romanticismo” con que se presentó en una producción con EPU en 2021 queda muy poco. Lejos de los dramáticos versos del Gitano, Axel decidió dejar atrás las idealizaciones del amor. En esta charla no solo recorre su evolución personal y artística, sino que también reflexiona sobre la escena musical actual y la búsqueda de autenticidad en medio de una industria en constante cambio.

–A ese “Gitano centennial” que presentamos en 2021 lo describimos como inquieto, explorador y curioso. ¿Por qué lugares te llevaron esas habilidades en estos años?

–Uf, por un montón. Produje para otros artistas: la "Bzrp Music Session" de Paco Amoroso, una de Louta con Wos, varias composiciones para Bhavi… Todo un lado más urbano que me encanta. Ser curioso me llevó a eso, pero necesitaba una parte más individual para explorarme por mi cuenta y ser más versátil.

–"Abierto toda la noche" es un disco plenamente autorreferencial. Si lo escuchamos, ¿qué vamos a conocer de vos?

–Yo siento que es un disco muy honesto, una cirugía a corazón abierto. Cuando lo compuse, en 2024, estaba muy hundido, alienado, sin inspiración, en una etapa de desamor. Esa idealización del amor siempre fue un tópico, aunque ahora la baje un poco. En el disco cuento que me drogué, que me engaño con mis propias vulnerabilidades, que tuve trastornos alimenticios, que siempre estuve pendiente de mi imagen, que tengo un padre ausente, que siempre fui muy mentiroso… La verdad, me va a dar un poquito de cosa cantar estas canciones en vivo. En “Hijo único” confieso que nunca pude cantar sin un químico, porque es posta: habrán sido menos de diez veces las que canté sobrio. Antes necesitaba algo que me relajara, que me desinhibiera para poder salir al escenario, porque sentía mucho pánico escénico.

–Todo esto que contás me hace pensar que entonces el estudio fue una especie de refugio, ¿no?

–Recontra sí. De hecho, el día que terminamos de grabar el disco fue totalmente deprimente, ese vacío de “uh, se terminó el proceso”. A mí los shows en vivo me dan mucho cagazo, ansiedad. En el estudio me siento seguro porque tengo el control absoluto de las ideas, de los sonidos, de probar lo que quiera. Si fuera por mí, viviría de componer y publicar música sin tocar nunca más en vivo. Pero después me digo: “¿Cómo puede ser que me esté autoboicoteando tanto con lo bueno que es tocar en vivo para la gente que disfruta lo que hago?”.

–¿Cómo ves la escena artística actual?

–Es muy efímera, o mejor dicho, dinámica. Todo el tiempo hay cosas nuevas y artistas que logran cosas impensadas. Ca7riel y Paco para mí son el mejor ejemplo: están llegando a lugares donde ningún músico argentino había llegado jamás. Giran por el mundo, la rompen en Japón, tocan en Coachella… y todo haciendo lo que aman. Son un gran norte. Los conozco, trabajé con ambos, construimos una amistad, y medio que los siento como unos tíos, figuras a seguir. Este presente es un festejo propio y una victoria colectiva.

–Como decís, en ellos se destaca que, justamente, puedan ser exitosos divirtiéndose. ¿Sentís que para los artistas es difícil reconectar con lo lúdico de la música?

–Sí. Lo impuesto por la industria se termina transformando en algo personal. En esos años en que no estaba activo, veía la guitarra o la computadora como un signo pesos. Me preguntaba: “Si no me sirve para vivir o para hacer dinero, ¿para qué lo hago?”. En terapia logré verlo de otra manera. ¿Por qué empecé a hacer música? Porque me gusta, porque me divierte, porque podía pasar seis horas probando hasta encontrar una idea que me gustara. Recién con este disco pude recuperar eso: darme tiempo, tener paciencia y, sobre todo, divertirme.

–Y también, a contramano de lo que exige la industria, te animaste a largar un disco conceptual en esta era donde todo es single. ¿Creés que fue algo ambicioso?

–Sí, fue medio ambicioso porque no apunté a que tuviera hits ni me gustaba la idea de meter a un famosito solo para que se escuche más. Quería mostrar un recorrido, desde el primer tema hasta el último: un tipo que entra a un bar, se pone a llorar, se lamenta, idealiza y al final se pone caótico, rompe botellas, hace quilombo. En lo visual quedó re plasmado. Me gustaba la idea de jugar con la fantasía. En las canciones, el hilo conductor es mi manera de escribir: los géneros van variando, pero la narrativa es la misma. Leí y escuché mucho para lograr eso. Incorporé poesía, mucho Enrique Cadícamo, Horacio Ferrer, tipos que escribían letras de tango para Gardel y Goyeneche. Apliqué lunfardo, que nunca había utilizado… Siento que aprendí a escribir un poquitito mejor.

–En Instagram compartiste un video donde estabas cenando en un bar, un tipo pasó cantando “La última curda”, de Troilo, y te prendiste a seguirlo. Además, escuchás a Cafrune y, por un outfit que subiste, intuyo que te gusta el Pity Álvarez. ¿Qué te generan esos artistas? Todos son trovadores en sus estilos.

–El trovador es alguien que cuenta su historia. Hay una frase de Facundo Cabral que me encanta: “El cantante canta porque puede. El cantor canta porque debe”. Yo canto porque tengo que contar lo que me pasa. No es que digo “voy a hacer plata y me pongo a cantar”. Si quisiera eso, haría beats de reggaetón o trap, porque sé que funcionan, pero me parece superfrío. Lo que canto quizás llega a menos gente, se toma su tiempo, pero llega de verdad.

–En el video de “Artemisa”, la protagonista es Juliana Gattas. ¿Cómo fue la propuesta para que participara?

–Quería presentar a los personajes que forman parte de este bar imaginario, Abierto Toda la Noche, al que solo podés entrar si el bar te llama. Juli sería una vedette que va al bar hace un montón de tiempo. Cuando le conté, le copó el proyecto. Sabía que era muy fan de Fellini y que lookearse con ese estilo le podía interesar. Le quedó perfecto, es una genia.

–¿Algo de esa teatralidad se va a ver en la presentación del disco?

–Sí, vamos a armar una puesta en escena bárbara en el Xirgu. Es un teatro muy lindo, antiguo, con palcos, madera, piano de cola, esa cosa criolla, tanguera. Queremos crear climas, intervalos, aprovechar el espacio al máximo con performances y lograr eso intimista que siempre genera un teatro.

–Por último, Abierto toda la noche es un disco para escuchar…

–Solo. Al menos yo, que lo hice, todavía tengo vergüencita de compartirlo (se ríe). Hay canciones bailables y otras más introspectivas, pero todas reflejan lo mismo: necesito sacarme de encima todo esto que arrastré por años, y mi manera de canalizarlo es creando música.

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