Pichón Baldinu: "Un hincha verdadero es el que paga la cuota social aunque no tenga para comer"

Hizo volar a Leonardo DiCaprio, desafió la gravedad en la 9 de Julio y convirtió al público en parte activa de sus espectáculos. Pionero del teatro aéreo inmersivo, hoy regresa con Hincha! Ritual Show, una propuesta que celebra la pasión futbolera como fenómeno colectivo. 

Para Pichón Baldinu, la gravedad no es un desafío. Es su zona de confort, la hoja en blanco donde puede plasmar todo lo que se le cruce por la cabeza. Sus ideas no bajan a tierra, sino que literalmente flotan en el aire. Lo suyo no es solo volar: es crear universos que inviten a elevarse un rato del suelo para ser parte de algo más grande, un ritual colectivo. Desde los días del under más salvaje hasta las ovaciones internacionales de la compañía De la Guarda, el director convirtió el riesgo en lenguaje y la locura en arte. Hoy, regresa con Hincha! Ritual Show, una propuesta que celebra la pasión futbolera desatada tras la obtención de la tercera Copa del Mundo como fenómeno cultural, tribal y profundamente humano.

En esta entrevista El Planeta Urbano, el artista repasa su historia, reflexiona sobre la potencia del teatro inmersivo y recuerda por qué el aire sigue siendo su lugar favorito en el mundo.

−¿Qué estabas haciendo vos el 18 de diciembre de 2022? ¿Qué recordás de ese momento?

−Reíte, pero ese día tuve que viajar al Uruguay y me quedé a ver el partido allá, no pude volver. Pensé en hacerlo rápido pero me lo iba a perder, así que viví tal impotencia por la no cercanía que, tal como un espectador, lo vi como si fuera una película. Todo lo que sucedía en la calle era muy loco, no podía parar de mirar lo que estaba pasando, pero a su vez había algo de no poder explotarlo… Fui un observador, y creo que esa mirada, casi sin darme cuenta, influyó en la creación de Hincha...

−¿Qué te interpela del hincha argentino?

−Esa devoción enorme por algo que te lleva al límite de las emociones. Eso que fue grabado a fuego en algún momento de tu vida: algunos desde la cuna, otros desde que tienen uso de razón, y otros solamente por un gesto: “Iba a la cancha con mi viejo y el único momento en el que él me abrazaba, era cuando nuestro equipo hacía un gol”, esas cosas. Es algo que empecé a trabajar en los comienzos de De La Guarda. En ese momento, veníamos de algo más oscuro, una emoción dark por así decirlo. Y cuando nos abrimos a lo festivo, encontramos que la única gran fiesta popular en la Argentina era el fútbol. Pero, en ese entonces, con un relato teñido de violencia. Y pensábamos: “Qué bueno sería tener una fiesta donde la festividad misma te una, no te enfrente”.

A la hora de cranear Hincha..., me tuve que meter de lleno en ese universo y es inexplicable. Me flashea la cantidad de situaciones culturales y sociales que constituyen a ese ser. El hincha se transforma: se vuelve desbocadamente pasional, responde solo a su emotividad. Es visceral, no pasa por la razón. Está en un lugar que puede enajenarlo de quién es. Y eso sucede cada fin de semana o cada cuatro años.

−¿Cómo lográs representar artísticamente ese caos emocional?

−A mí me interesó hablar del hincha como ser humano. El fútbol tiene miles de especialistas, pero el hincha es un personaje incondicional que siempre está, y aunque vayan de la mano, el fútbol y el hincha son dos espacios completamente distintos.

−El claro ejemplo es el tipo que está subido al paravalanchas: al partido lo tiene de espaldas, él está mirando para la tribuna…

−Exacto, y sumergirme en eso fue un viaje alucinante. Empecé a ir a la cancha, a hablar con hinchas, a hacer trabajo de campo y me encontré de todo: cuestiones afectivas, identitarias, cromáticas; lo que significa un color, lo que representa el club; la rivalidad, la lealtad. Todo eso fue apareciendo y se fue armando el guion del espectáculo. Quise ir por algo lineal para que se entendiera que todo esto que se vive tiene un origen casi prehistórico, porque cuando el ser humano cazaba al mamut para sobrevivir, festejaba el logro, había una especie de vitoreo con sus compañeros. O cuando conquistaba tierras fértiles, se enfrentaba a otros en una batalla campal, ahí sí era una cuestión de vida o muerte… Entonces hay algo de todo eso en el ADN del hincha.

−En un mundo donde todo parece tener que ser útil o monetizable, ¿ser hincha es inútil?

−Al contrario. Y a los que lo dudan, habría que preguntarles: “¿Conocés el amor? ¿Alguna vez te enamoraste?”. Hay gente que te va a decir que sí, y otros que van a responder: “No, la verdad que no”. Bueno, te falta una gran experiencia en la vida: tener pasión por algo. Un hincha verdadero es el que paga la cuota social aunque no tenga para comer. Porque un club es más que un equipo: es familia, deporte, encuentro y hasta salvación.

−¿Se perdieron esos espacios de encuentro?

 −Sí, cada vez dialogamos más con una pantalla que con otro ser humano. Las redes crean nuevas formas de diálogo, pero no reemplazan el encontrarte con alguien, mirar al otro en 360, no de forma plana y encima con filtros. El hincha es un camino para probar todo eso. ¿Sirve de algo? Sirve para todo eso, imaginate. Ahora, si es productivista o no, es otra cosa. Como el teatro que yo hago, por ahí no sirve para nada pero valió la pena haberlo experimentado.

−Tus comienzos se dan en esos espacios de encuentro, en el under porteño. ¿Qué magia tenían esos lugares?

−Esa misma marginalidad que tiene una hinchada de fútbol, una zona de pertenencia que hacía que vos te encontraras con los propios, con los que no veías en ningún lado. Si a vos te gustaba lo que hacían Batato Barea y Tortonese, sabías que tenías que ir al Parakultural. “¿Y de ahí a dónde vamos?”, a Cemento, de cabeza, o ver si nos dejan entrar a Palladium.

Teníamos tres o cuatro lugares donde no iba toda la crème de la crème, solo unos pocos. Eso nos daba un sentido de tribu, pertenencia a una movida que existía solo en esos lugares. Y supongo que, no sé, con el Di Tella habrá pasado lo mismo en los 70, con artistas que se juntaban por el solo hecho en sí de ser artistas. Porque en ese momento, si vos querías ser artista, eras un bicho raro, una persona que estaba pensando fuera del esquema tradicional.

−Hiciste todo tipo de espectáculos: desde acompañar a Luca Prodan en Cemento, hasta recrear un fusilamiento en plena senda peatonal y hacer volar por los aires a Leonardo DiCaprio… Si hay algo que tiene en común toda esa puesta en escena es la búsqueda de un espectador activo, que forme parte del show. ¿Qué importancia tiene para vos?

−El teatro es algo vivo que ocurre en el presente. Cada vez hay menos cosas así. Antes ibas a un concierto o a un partido a vivirlo. Ahora es para contarlo, para registrarlo. Y eso te aísla. En cambio, un espectáculo inmersivo te obliga a estar activo. Te demanda que estés atento, que seas partícipe, y sino, te la perdés. Pasa que el teléfono es tan poderoso, es como que quitara el alma del presente.

−Si hay una puesta en escena que pasó a la historia de nuestra cultura es la tirolesa en el Obelisco: no fue un mito, un grupo de locos se colgó en plena 9 de Julio para volar por los aires, y uno de ellos fuiste vos. ¿Qué recordás de eso?

−Tengo el recuerdo más genial, increíble y potente que te puedas imaginar. Fue una gran locura, porque obviamente no estábamos preparados para eso, fue una idea que dejamos volar, literal (se ríe). En el universo cultural de la ciudad ni siquiera nos registraban porque éramos del under. Fue un desafío físico y artístico, porque conseguimos armar un espectáculo gigante sin plata, riesgoso… algo que hoy sería imposible.

Como artistas, creo, logramos dejar una clara señal de que cuando vos tenés una idea, por más imposible que parezca, la obstinación del desafío no solo te impulsa a lograrlo sino que hace que el éxito sea inconmensurable. Yo tuve que soldar las propias piezas de las cuales me iba a colgar. Fuimos artistas, productores, desarrolladores, todos hicimos todo para que eso sucediera. Hacíamos lo que hacíamos, sin experiencia, solo por amor y locura misma.

−¿Sigue vigente esa resistencia cultural en esta era atravesada por el mainstream como vara de éxito?

−Sí, creo que hay menos resistencia y que la adversidad te voltea más fácil, pero porque antes costaba más tener cosas. Hoy tal vez se busca que el resultado venga acompañado por guita.

−¿Qué ves en los artistas jóvenes de tu compañía?

−Que las artes escénicas se han diversificado, tenés artistas muy completos que saben bailar, actuar, cantar, que son mucho más versátiles. En lo aéreo, creo que De la Guarda fue un factor en el mundo, fuimos una especie de semillero. Nos hemos movido por muchos países donde los artistas nunca habían hecho eso, y luego ellos se transformaron en profesores. Con la exposición que tuvimos en Nueva York, frente a artistas de primera gama, se empezó a incorporar este tipo de lenguaje en shows. Hubo chicas que trabajaron con nosotros y después en shows de Madonna. Las repercusiones fueron mundiales, hasta Beyoncé tuvo uno así. Te da ganas de decirle: “Che, tirá un crédito” (se ríe).

−¿Por qué todos los humanos soñamos con volar?

−Hay un deseo de poder dominar ese espacio, de controlar el cuerpo. Una fantasía de elevarte, transitar, acelerar, flotar y volver al suelo. Que 15 pisos de altura signifiquen otra cosa y vos decidas cómo llegar al piso. El aire es un espacio muy salvaje y onírico. ¿Quién no se ve tentado por eso?

Hincha! Ritual Show es una producción de La Santa en colaboración con GOD.

Se presenta de jueves a domingos desde las 19 en el Polo Cultural y Deportivo Saldías (CABA).

IG: @godeportivook

Youtube: @GODEPORTIVO

TikTok: @godeportivo

Fotos: Alejandro Calderone Caviglia

Fotos espectáculo: @martinaperosa, @phfranivv

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