Nico Sorín, con sello propio: "Creo que ser lo más irreverente posible es el mejor homenaje que se le puede hacer a Piazzolla"
El compositor formado en los conservatorios más prestigiosos del mundo detalla cómo logró interpretar las melodías de Astor Piazzolla, combinando sonidos electrónicos con su imponente orquesta clásica. Además, habla sobre su proceso creativo, inspirado en lugares inhóspitos, como la Antártida y el Polo Norte, y revela cómo se vive el arte dentro de su familia.
Intensa, peligrosa y emocionante. Así define su nueva aventura interpretando a uno de los artistas más trascendentales de nuestro país pero también podría describir sus últimas vacaciones o una tarde cualquiera en la sala de ensayo junto a su esposa, Lula Bertoldi, y sus dos pequeños hijos.
Compositor, productor, pianista y director de orquesta formado en las escuelas más prestigiosas del mundo, Nico Sorín es una de las figuras más inquietas y versátiles de la música contemporánea argentina. En la previa a su show en el Teatro Coliseo el próximo 15 de abril, repasa su vínculo irreverente con la obra de Astor Piazzolla, la importancia de lo experimental en su trayectoria y el impulso creativo que encuentra en lugares extremos. También reflexiona sobre la paternidad, el arte como juego y los desafíos de acompañar a sus hijos en un mundo hiperestimulado por las pantallas.
–Ahora estás de lleno creando, experimentando y hasta jugando, pero cuando entraste por primera vez a todo este universo Piazzolla, ¿qué sentiste?
–Pudor, me encanta el tango pero no soy del palo. Entonces, lo que hice fue armar una banda que tampoco viniera del tango, yo solo no me iba a quemar (se ríe). Creo que ser lo más irreverente posible es el mejor homenaje que se le puede hacer a Astor.

–No venís del palo del tango pero, tal como él en su momento, sí de una música más experimental, disruptiva.
–Tal vez hoy ser disruptivo implica otra cosa, pero sí fue injustamente criticado porque la gente lo relacionaba al tango, y él es un compositor, como Brahms, Mahler o Ginastera. Obviamente, saca cosas del tango como, qué sé yo, Bela Bartok tomó prestado el folklore de Hungría… Pero para mí no es tango, es Piazzolla, y eso es lo que lo hace tan único.
–Tuviste la oportunidad de formarte afuera y además de viajar muchísimo, ¿qué notás que le pasa al mundo con Piazzolla? ¿Por qué conmueve tanto?
–Es una música universal, como podría ser Borges en la literatura, no sé. Probablemente, mientras estamos hablando acá, en alguna estación de subte en Ucrania alguien está tocando “Libertango” con el violín o en alguna sala de concierto se debe estar escuchando “Adiós Nonino”. Además, tiene una cualidad muy extraña que creo le pasa a todos: uno escucha Piazzolla, cierra los ojos y se imagina Buenos Aires, la ciudad, el colectivo, el ruido, el quilombo… Me ha pasado de ir a tocar a pueblitos chiquitos, Itabira, en Brasil, por ejemplo, que nadie sabe quién es Piazzolla, y vos notás que mientras suena “Adiós Nonino”, los ojos de la gente se empiezan a humedecer. Es una música muy específica, muy porteña pero con una dualidad que la universaliza y no sabés cómo.
–Mencionabas a Borges, él fue uno de los que más criticó a Piazzolla porque decía que rompió el tango, y sin embargo era el ídolo de Astor.
–Ahí había algo de espejo y egos me parece (se ríe). No se puede negar que los dos han dejado legados importantísimos. Cada uno con su originalidad, individualidad y personalidad muy marcadas, aunque te puedan gustar o no, claro.
–Hay algo en esto de tomar cosas prestadas de un universo musical para interpretarlas en otro que ya se volvió un poco tu identidad, ¿no? Pienso en tu ex banda, Octafonic, donde mezclaban jazz con música clásica.
–Es un poquito mi propósito en la vida, lo veo como un reto y me encanta. Pasar de un ensayo orquestal a tocar con mi trío de punk y aplicar el mismo conocimiento, la misma personalidad pero con diferentes protocolos. Lo ideal sería que el mundo clásico se rockerice un poco, todo es música, ¿no? En diferentes ámbitos, estilos, pero sigue siendo música. Hay algo con esta cosa clásica y del rock que se funden, Astor estaba haciendo eso, llamando músicos para rockerizar el tango.

De hecho, de pibe, en el primer video que veo de él, me acuerdo que me llamó la atención porque parecía que estaba tocando Deep Purple (se ríe). Estaba Gubitsch (N. de la R.: guitarrista de Invisible, banda liderada por Luis Alberto Spinetta) tocando la guitarra, todos con bigotes, con esas camisas… Y veo que entra Piazzolla con el bandoneón y ¡puf! Me explotó la cabeza. Yo realmente había pensado que era una intro de una banda de rock. Cuando me propuso esto Pipi Piazzolla, su propio nieto, creo que vio justamente que con el octeto electrónico que yo venía laburando podíamos ir más allá. Tengo mucho cuidado al hacerlo, no es un ‘A ver qué pasa si…’.
–En tu identidad musical también hay otro rasgo muy marcado que es tu vínculo con la naturaleza, pero no cualquier naturaleza, sino lo inhóspito en serio: Polo Norte, Antártida… ¿Qué encontrás ahí?
–Hace 10 años que estoy descubriendo que los viajes no son para vacacionar sino para laburar (se ríe). En realidad, busco componer, inspirarme y, no sé, ¿retratar? Considero que la naturaleza es la fuente más grande de inspiración y siempre lo ha sido, todos mis héroes musicales salían a peregrinar a los bosques de Viena, estaban constantemente absorbiendo lo que esta nos cuenta. Así que estoy en esa etapa de tratar de capturar lo que los espíritus nos proponen.

–Sí, pero vos no vas a los bosques patagónicos a caminar entre los arrayanes…
–¡Tan fácil no la voy a hacer! (se ríe). La idea de ir a estos lugares más hostiles es que justamente no hay nadie, entonces uno tiene tranquilidad. Además, me gusta el hecho de pisar lugares que han sido pisados muy poco, donde realmente uno puede llegar a encontrar algo, un tipo de tesoro en la piedra. No es que me encante el frío, pero simplemente allá no hay nadie entonces da otra perspectiva. Después de venir de una ciudad donde uno no puede ver más allá de 20 o 30 metros, tener la posibilidad de ver periféricamente distancias de más de cien kilómetros es una especie de reset al alma.
–¿Hay algún destino inhóspito listo para ser visitado?
–Sí, varios. Voy a ir a los fiordos noruegos, al Amazonas en octubre y en enero la idea es nuevamente la Antártida, pero ahora cruzando con un velero. Ese igual estoy pensándolo bien (se ríe), las aguas del canal de Drake son muy violentas y el barco es de diez metros, nada más. Así que serían diez días de navegación intensa para ver qué propone hoy ese lugar. Por más que ya lo conozca, cada viaje es diferente, soy una persona distinta que hace cinco años y las experiencias son muy personales.

–¿Cuánto tiene que ver la paternidad en esta transformación personal? Porque ahora no solo sos productor y director de otros músicos, sino que de tus propios hijos: Milo parece que va por la música y Julián por la actuación.
–Sí, es cierto. Y es un rol completamente distinto, aprendo un montón, es como ir a la escuela de la juventud de vuelta. Porque veo cómo es la relación de Milo con la música, cómo la disfruta y es algo que cuando uno se vuelve profesional y empieza a vivir de esto, pierde el juego, se contamina de otras cuestiones y otras responsabilidades. Así que me ayuda mucho acercarme a ese juego divino que es el arte, la música y todo esto mezclado con la infancia.
–Con el power de mamá (N.de la R.: Lula Bertoldi, cantante y guitarrista de Eruca Sativa) y la creatividad de papá, el legado no le va a pasar de costado.
–Sí, de hecho está sobreestimulado (se ríe). Pero no nos metemos mucho, nada de enseñar, Lula y yo nos sentamos a jugar con él, esa es la premisa.
–En cambio, Julián, al ir por la actuación, construyó un puente entre tu papá como cineasta (N. de la R.: Carlos Sorín, director y guionista) y vos como músico… ¿Qué te generó ese primer papel en El cuaderno de Tomy?
–El pecho inflado, además ganó el Premio Sur a Actor Revelación, qué decir. Juli es un tierno, muy artístico, tiene una sensibilidad única que el otro no la tiene ni ahí (se ríe). El otro es un animal, vos lo metés en la batería y es una bestia atómica. Juli es más medido, le gusta mucho el baile… Hay que dejarlos ser para que lleguen donde realmente quieran.

–¿Qué notás en esa sobreestimulación que tal vez se genera por el entorno digital? A diferencia de otros estímulos como el artístico, el de acercarle a un pibe un instrumento…
–Creo que hay dos tipos de estimulación: la que genera dopamina, que hace que el niño reciba una gratificación instantánea; y la que se construye, que hay que poner un poquito más de energía. Es innegable, yo no puedo sacarles la tablet a mis hijos cuando quieren ver algo, sí puedo regulársela. Igual, mirá, a veces quisiera sacarles la tablet porque me rompieron el algoritmo de Spotify…. ¡las cosas rarísimas que escuchan! (se ríe) Pero lo bueno, creo, es que cuando yo les propongo algo, ellos reaccionan y no pierden la capacidad de asombro. El día que no esté eso, que todo les de lo mismo, ahí sí me voy a preocupar.
Fotos: Mariano Otamendi y David Lescano

