Florencia y Emilia Giamportone: las reinas del estilo
Las hermanas mendocinas que crecieron analógicas, supieron conectar con su audiencia a lo largo del tiempo a través de la moda y su autenticidad, construyendo un imperio digital desde el corazón. En esta entrevista, charlamos sobre sus comienzos, su actual trabajo con Francis Mallmann y cómo han sido capaces de mantenerse vigentes en un mundo en constante transformación.
Hijas de Horacio Pereyra y Silvia Giamportone, de quienes heredaron un legado académico y un profundo amor por la moda, las hermanas Florencia y Emilia han conquistado distintos universos con su impronta única. Desde sus inicios con un blog de tendencias, su carrera ha sido una montaña rusa de aprendizajes, viajes y desafíos que, finalmente, las llevó a colaborar con una de las figuras más icónicas de la cocina mundial, el chef Francis Mallmann.
A través de su autenticidad, estas mujeres evolucionaron hasta convertirse en una plataforma influyente que combina moda, comunicación y gastronomía. Además, brindan servicios para marcas que buscan un brainstorming o refresh de ideas. Hoy, la abogada y la kinesióloga que nunca ejercieron como tal, son las productoras detrás de eventos internacionales de primer nivel como Dom Pérignon o Hermès, demostrando que cuando el talento se combina con intuición y creatividad se pueden abrir puertas inesperadas.

–¿Cómo fueron sus comienzos?
–Florencia Giamportone: Todo empezó en 2005 cuando me mudé a Buenos Aires para trabajar en un proyecto de vinos de Mendoza. Era una especie de Community Manager pero sin redes sociales. Mi trabajo era ir físicamente a los lugares, entablar relaciones con personas de bodegas, hoteles y restaurantes. Así me adentré en el mundo del vino, desde la hospitalidad y la comunicación. Soy de sagitario, siempre fui muy buena para las relaciones públicas. Luego, estudié producción de moda y trabajé en eventos como los Fashion Week. Le propuse a Emi, que en ese momento vivía en Francia, crear un Blog sobre tendencias, porque ella tenía una mirada adelantada estando allá. Aceptó y comenzamos a armar looks disruptivos.
–Emilia Giamportone: Era una época mucho más analógica, creo que parte de nuestro valor está en haber hecho la transición a lo actual, fuimos creciendo con la red. Empezamos de manera artesanal, con fotos en cámaras digitales, bajándolas a la computadora. No existía Instagram, así que todo lo que hacíamos venía de nuestra necesidad de expresarnos y comunicarnos.

–¿De dónde viene esa fascinación por la moda?
–F.G.: Nuestro amor por lo estético, los colores, los muebles de diseño, un estilo de vida, viene de nuestra madre, que es lo más parecido a Susana Giménez pero del interior, se llama Silvia Giamportone, tiene las mismas iniciales. Ahora, con el tiempo, vemos atrás y hay algo de honrar nuestro linaje femenino, porque nuestra abuela, Sara, era una gran modista, hacía todo tipo de vestidos, todavía tenemos prendas de esa época.
–Sin saberlo estaban honrando a sus ancestros
–E.G.: Cien por ciento. Era un momento en donde no estaba tan valorizada la labor femenina y nosotras salimos a darle visión. Hoy veo como avanzó todo con las redes y es realmente muy shocking compartir escena con chicas del 2000, porque es otra vivencia. A todo esto hay que sumarle que somos de Mendoza, siempre fuimos las raras acá, pero ahora lo raro dio la vuelta y terminó siendo cool. En nuestros comienzos nos íbamos con Flor a Buenos Aires pagándonos el viaje, la estadía, íbamos a eventos a conocer gente, hasta que con el tiempo empezaron a aparecer marcas como Natura que nos banca hace mil y así entramos en el círculo.

–¿Cuándo sintieron que el proyecto dejó de ser algo de nicho para profesionalizarse?
–E.G.: Empezamos a invertir, porque la gente se enganchaba y veíamos un rédito. Pasamos de las plantillas de Blogspot a migrar a una web. Los bloggers se convertían en influencers, las marcas valoraban que nosotras éramos super genuinas y originales, llenas de color, lo que nos dio siempre un lugar en el mercado. Decíamos que no a lo que no nos representaba, nunca fuimos un supermercado vendiendo cualquier cosa. Hoy es más claro que te pagan por promocionar, pero en ese momento valía todo. Nuestra comunidad es super fiel, puede ser grande o chica, depende con qué vara la midas, pero esa base inicial fue clave para seguir vigentes.
–Al trabajar con lo vintage llevan la bandera de que la ropa no tiene por qué ser descartable, ¿cuál es su opinión sobre la moda sostenible y la idea de reducir el impacto de la huella de carbono?
–F.G.: Mi aporte fundamental es, justamente, el consumo vintage. Promovemos el uso y reúso. Hay que derribar el mito de no repetir prendas; es más desafiante y creativo usar varias veces un vestido y darle un toque diferente cada vez. Me parece interesante el concepto de tener poca ropa, de buena calidad, tratar de no consumir poliéster y de usar más algodón.
–E.G.: Siempre fuimos muy intuitivas. Desde 2011 promovemos la ecología y la trazabilidad de las prendas, mucho antes de que fuera tendencia. Apoyamos a diseñadores locales desde siempre y usamos cosmética natural desde hace 12 años, también antes de que se pusiera de moda. Somos disruptivas, pero con un toque amigable. Trabajamos con marcas como Lacoste y solo compramos lo necesario, donando mucha ropa, dar y recibir es parte de nuestro flow. En el calendario azteca soy Enlazadora de mundos, y siento que mi rol es ser un puente y comunicar a través de usar las prendas, no de diseñarlas o hacerlas.

–Su presente las encuentra en el universo de Francis Mallmann, ¿cómo llegaron a trabajar con él?
–F.G.: Para que entiendas, mientras Emi vivía en Biarritz, Sudáfrica y cerca de Londres, yo pasé por EEUU, China y Entre Ríos. En 2018, cuando volvimos a Mendoza, fue la unión de las Giamportone. La gente empezó a pedirnos que les manejáramos las redes y ahí vimos la oportunidad de capitalizar nuestro recorrido. Así nació nuestra agencia, Estudio G. Al principio trabajamos con marcas de moda, pero luego se sumaron restaurantes, incluidos los de Mallmann y su mujer Vanina (Chimeno). Con la pandemia todo se cerró, pero Francis nos llamó para hacer un comercial para Chile, conectamos muy bien y a los cuatro meses nos ofreció trabajar de manera fija.
–¿Cómo viven el hecho de estar al servicio de una persona tan icónica, haciendo que sea el otro quien brille, cuando ustedes mismas son mujeres tan potentes y protagonistas de sus propios emprendimientos?
–F.G.: Perdón, ¿esto es una entrevista o estamos en terapia? (se ríe). Está muy bien lo que preguntás, porque es algo que siempre hablamos con Emi, por eso mismo nunca colgamos los botines. Hemos hecho nuestras cápsulas de buzos, de sombreros, de remeras. También estamos barajando la posibilidad de ponernos un café con una tienda de souvenir en Mendoza, seguimos soñando cosas.
–E.G.: Es un gran desafío, sinceramente. Fue todo un aprendizaje entender cómo hacer que el otro esté bien, cumplir con muchas responsabilidades y llevar una agenda ordenada. Hoy tengo una impronta mucho más profesional, madura y segura de mí misma. Hacer brillar a otro, mientras mantenemos nuestros propios proyectos, nos potenció mucho en algunos aspectos y en otros nos generó una incomodidad que también nos hizo evolucionar.

–¿Alguna experiencia épica que hayan vivido con él?
–F.G.: Lo que te puedo trasladar es que realmente es un tipo más, es súper auténtico, es verdaderamente un distinto. Tiene tan claro lo que quiere, que lo hace realidad, es un materializador nato a donde va y es un privilegio aprender a su lado. Las vivencias con él y sus charlas sobre la vida me parece que ha sido lo más mágico de la experiencia, más allá de los lugares, las personas que he conocido y los logros que hemos tenido como equipo.
-E.G.: Tengo dos grandes hitos. El primero fue cuando entramos a trabajar con él y tuvimos que terminar “Fuego Verde”, su libro sobre cocina vegana y vegetariana. Varias de las fotos son sacadas por mí y producidas por Flor. Quizás eso no está mencionado en ningún lado y la verdad es que tampoco me interesa. Lo que más valoro es la experiencia y el agradecimiento de Francis en la dedicatoria. El segundo fue visitar su isla en la Patagonia, ese lugar tan íntimo y exclusivo. Compartir caminatas con Vani, él y su perro son recuerdos que me llevo tatuados en el alma. Somos su mano derecha, lo admiramos, pero también es una persona más, y eso es lo mágico.

