Natalia Oreiro: "Estoy convencida de que podés cambiar de idea todo el tiempo"
Si me parara en una esquina con fotos de actrices y preguntara quiénes son, todos reconocerían a Natalia Oreiro. El experimento podría hacerse en Palermo, La Matanza, Corrientes o en la Plaza Roja de Moscú. Buscaremos mil explicaciones: que fue Gilda, Muñeca Brava, Evita, Kachorra, La Monita, Miss Tacuarembó o Nasha Natasha. Algunos dirán que, en su permanente metamorfosis, también se convirtió en una Irma Vep envuelta en vinilo, en conductora irreverente de talent shows o en las madres conmovedoras de "Infancia Clandestina" y "Wakolda". Otros señalarán que su sentido del estilo le permite defender personajes y convicciones como nadie. Podemos construir una mamushka de explicaciones, pero el amor es inexplicable: todos queremos a Nati.
En "Campamento con mamá", la película de Netflix donde comparte elenco con Pablo Rago, Sofi Morandi, Dalia Gutman y un grupo de pequeños grandes actores encabezado por Milo Zeus Lis, Natalia es Patri, la madre capaz de conducir un micro y meterse en el camping de un hijo preadolescente al que no puede soltar. La comedia, a veces, es el atajo perfecto para reconocernos.

—Hugh Grant dijo que empezó a hacer películas familiares como Paddington o Wonka para poderlas ver junto con sus hijos, ¿te identifica?
—Si, totalmente. Hacer una película familiar como "Campamento con mamá" fue, de hecho, una búsqueda. Milo, el niño que interpreta a mi hijo, tiene la misma edad que Ata (N de la R: Merlín Atahualpa, su hijo de doce años), con lo cual Patri vendría a ser como un alter ego mío (se ríe). Con el director Martino Zaidelis, que es padre de dos hijos, veníamos explorando la posibilidad de hacer este tipo de películas desde "Re loca". No solo para que nuestros pequeños pudieran verlas, sino porque te sentís identificada. La verdad es que Ata no consume mi trabajo como actriz, así que este es un proyecto para verlo en familia. En lo personal, tuve muy presente la relación con él, deseando no ser igual a Patri..., pero, lamentablemente, soy demasiado parecida.
—Existe una máxima que dice: nunca trabajes ni con perros ni con chicos. ¿Confirmás o desmentís?
—Yo creo que los jóvenes y los niños tienen una sinceridad absoluta para trabajar; uno siente realmente que no está actuando, sino viviendo esa situación. Todos los chicos que participaron en la película se hicieron muy amigos. Milo, el protagonista, a pesar de su edad, ya está muy convencido de que actuar es lo que quiere hacer en la vida. Juega, y eso traspasa la pantalla. La pasamos muy bien; trabajar con jóvenes es estar matándote de risa todo el tiempo. Además, en la película canto y toco una canción que se te pega al instante, así que estuvimos las siete semanas de rodaje repitiéndola sin parar. Cuando no la silbaba uno, la tarareaba el otro. Me pedían que agarrara la guitarra. Fui una especie de Julie Andrews moderna en Tandil (se ríe).

—Vos también, al igual que Milo, supiste que querías actuar desde muy chica. ¿Eso te marca un poco la vida?
—Yo creo que es una bendición tener una vocación desde niño, aunque la búsqueda dure toda la vida. Encontrar el ikigai, como se lo llama en Japón, tener algo que realmente te llene tanto a vos como a los demás, y poder vivir de eso. En mi caso, empecé a estudiar actuación desde muy pequeña. Siempre quise ser actriz, pero hoy todavía sigo intentando encontrarme, resignificar mi profesión tratando de hacer cosas diferentes.
—¿Sentís que ahora estás parada en otro lugar?
—Sí. "Campamento con mamá" me lleva a un lugar distinto porque nunca había hecho de madre de un adolescente. Pero Patri tiene tópicos que la gente reconoce en mí. Sé que les dará alegría verme cantar, bailar y hacer comedia. Últimamente vengo haciendo mucho drama, y este papel me trae un gran regocijo como intérprete. Me gusta que el público vea en mi actuación ese costado luminoso, querible, vulnerable y muy neurótico al mismo tiempo.
—Nombraste a Julie Andrews. Después de ver "La novicia rebelde", todas quisimos cantar y hacernos ropa con cortinas. ¿Hay alguna película iniciática con la que dijiste: “Es por acá, quiero ser esto”?
—A ver... (piensa), siempre tuve un espectro muy amplio. Me gustaba mucho la música, y si tuviera que elegir un musical, sería "Mary Poppins", porque esa cosa medio freak que tiene me identifica mucho (se ríe).

—Tu personaje es alguien que ama cantar, pero lo hace en la ducha. ¿Es cierto que tu mamá también cantaba en el baño y que para su cumpleaños número setenta le produjiste en secreto un disco?
—Todo eso es cierto. La verdadera cantante de la familia es mi mamá. Mi vocación siempre fue más por la actuación; la música estuvo presente porque formaba parte de un coro muy importante en el Uruguay. Pero recién cuando hice "Un Argentino en Nueva York" tuve la oportunidad profesional de cantar, y ahí se me abrió toda una propuesta musical. En cambio, mi madre siempre cantó. Tiene una voz privilegiada, aunque nunca estudió. Fue su sueño, pero sus padres no eran tan abiertos como los míos, que me dejaron volar, estudiar desde muy pequeña y trasladarme a Buenos Aires.
Mi mamá no tuvo esa suerte, y eso le generó frustración y miedo a cantar públicamente, pero siempre me mandaba canciones que hacía en el baño. Viste que ahí hay una acústica muy particular. Me enviaba notas de voz al teléfono y yo las fui juntando. Con un productor, generamos toda la música para un disco. Armamos una banda de sonido hecha por músicos de estudio reales, le hicimos doce canciones, metimos arte de tapa y para su cumpleaños número setenta le regalé una edición grande de discos. Ahora me pide que se lo suba a Spotify, ¿podés creer?
—¿Quién la para ahora, no?
—¡Nadie! Quiere que la escuche todo el mundo. Nunca se pierde ese primer sueño. Por eso, es tan importante cuidar las infancias y que los padres podamos acompañar, sabiendo que el mundo no se termina en un primer deseo, que a veces cuesta y está bueno dejarlos elegir sin marcarles el territorio. Aunque no sea sencillo, necesitamos entender que ese lacito de lana con el que le atás una manito a tu hijo algún día se va a deshacer. Y uno va a quedarse ahí, deseando que sea feliz.

—¿Los mandatos pesan a la hora de construir un camino propio?
—En la película hay un viaje de autoconocimiento para la madre y también para el hijo. Nunca sos de una sola manera: a veces no somos como nos perciben; ponemos personajes por delante porque nos sentimos vulnerables. Venimos con un montón de patrones familiares heredados, cosas que nos han inculcado desde pequeños, y está bueno desandar eso para no repetir lo que creemos que no es lo mejor. Al menos, yo siento que, como madre, aprendo más de lo que Ata tiene para enseñarme que de lo que yo pueda enseñarle a él. Sé que mis padres hicieron lo mejor que pudieron, pero reconozco que muchas veces, por miedo a que yo me frustrase , a que fracasara, intentaron darme ciertas herramientas que me sirvieron, pero también me condicionaron. Filmar esta película fue una experiencia de mucha entrega porque reconocía mis propias fallas en el personaje. Todas las madres nos creemos muy liberales, muy cool y cancheras, pero, en realidad, lo único que tenemos es terror a que nuestros hijos no nos quieran.
—Algo interesante en esta sociedad tan marcada por el edadismo, es que tu Patri, siendo madre de un adolescente, se permite cambiar. ¿Siempre estamos a tiempo de dar un volantazo?
—No creo en que haya un momento en la vida para hacer las cosas; tu momento es cuando estás preparada. Estoy convencida de que podés cambiar de idea todo el tiempo. Envejecemos solo cuando nos detenemos. Es una actitud de vida. Me gusta hacer muchas cosas, soy muy curiosa y estoy en constante movimiento. Eso es el crecimiento: nutrirse de todas las generaciones. Ata me enseña todos los días a ser una persona más abierta, relajada y conectada con lo real de la vida. A veces, de adulto vas tan rápido que te olvidás de lo esencial. Permitirte parar, detenerte en un instante, un paisaje, un olor… esas son las cosas que uno quisiera retener para siempre. Y si las vivís en el momento, quedan en vos.
Fotos: Bruno Volando / Netflix

