Marcos Aramburu, clásico y moderno: "Siento que estoy en una industria que está naciendo"
Marcos Aramburu lee al mundo con una mirada entre pícara y calma. Desde que empezó a acompañar a la Negra Vernaci como conductor en Radio con vos, ya se lo escuchaba confiado, algo que hoy mantiene frente a las cámaras de "Industria nacional", por Gelatina, "Dinero y Amor", por Blender, y en sus columnas en "Todo Pasa", por Urbana Play. Mientras opina, canta un jingle o presenta los hallazgos de su libro "Las Ceremonias", en el que intenta entender el fenómeno de las drogas, transmite la calma de quien confía en sí mismo y no necesita impostar nada.
Con treinta años, ya tiene más de diez en los medios, y su confianza lo llevó a lucirse como guionista, escritor, conductor y locutor. Una mañana muy temprano se sentó a tomar un café para dialogar con El Planeta Urbano en Clásica y Moderna, la librería y confitería de Callao, que paradójicamente tiene una dualidad con su esencia: clásico y moderno, intelectual y bizarro, un poco serio, pero de risa contagiosa, relajado pero súper disciplinado, con atributos de “cheto, pero sin guita”, como él se describe. De esto y otros temas, habló mientras desayunaba.

—Es demasiado temprano para tener una charla para vos?
—En un momento hacía radio a las cuatro de la mañana y la primera palabra que decía era al aire. Así que no (se ríe).
—Apenas te googleo, aparece enseguida “Ofelia confirmó su relación con Marcos Aramburu”. ¿Habías estado antes en una relación tan observada por los medios?
—No, para nada. Creo que todo eso muestra un poco la crisis de los medios.
—La nota tenía un nivel de detalle extremo: que ella compartió una foto con un corazón, que vos la reposteaste con un corazón “envuelto en un moño de regalo”. ¿Eso te divierte?
—Me divierte un segundo cuando mi tía me manda un link de la Revista Gente, y después me pasa a dar lo mismo.
—Hablando de la crisis de los medios, estás ahí hace diez años. ¿Qué mejoró y qué empeoró para vos?
—Siento que entré a una industria que parecía estar muriendo y ahora estoy en una industria que pareciera estar naciendo. Los sueldos eran malos, había una sensación de desidia, de haber llegado tarde. Ahora hay una sensación de algo todavía demasiado nuevo, que no se termina de definir. Yo extraño el formato de la radio; me gustaba mucho hacer radio sin imagen.

—¿Se pierde algo de magia cuando todo se ve?
—Sí, el streaming todavía no encontró qué valor le da la cámara a la radio, con respecto a todo lo que le sacó. Es una dictadura de los celulares en donde todo se tiene que ver y tiene que servir para reels. Ahora casi todas las radios tienen cámara. Se pierde mucho; era un lenguaje fino, elaborado. En una radio ponés un sonido de pájaros de fondo, pies caminando, cada tanto un elefante lejano y estás en una selva caminando, no estás en un croma de una selva que se ve que es falso.
La radio tenía la capacidad de que vos rellenaras con tu imaginación, y eso es más potente que lo que puedas ver falseado con el presupuesto que tienen los canales de streaming. Lo bueno es la democratización y el abaratamiento de los costos. Gelatina hoy no podría existir como existe con el presupuesto que tuvo inicialmente porque no podíamos poner una antena, una planta transmisora; es algo caro. Seríamos una FM barrial.
—¿Hay alguna frase de las últimas charlas o entrevistas que hiciste que te haya quedado grabada?
—Está todo este ataque a la cultura, que para qué sirve, por qué financiarla. Siempre sale a defenderse con números, “generamos tanta guita, tantos puestos de trabajo”. Entonces le pregunté a (Alejandro) Dolina cuál creía que era ese valor, para qué sirve más allá de eso. Y él respondió: “Básicamente, para ser felices. Para encontrarnos con otros y ser felices”. Siempre el momento más feliz que recuerdes está acompañado de una canción, o de un acontecimiento cultural.
—Pensando en ese tipo de felicidad, ¿hay alguna canción que enseguida te genere endorfinas?
—Muchas. Tengo discos que son mis lugares: Almendra es mi infancia. Y si tengo que decirte una canción, "Rock para el Negro Atila", de Los Redondos. Eso es alegría, endorfinas, fuerza.

UN CHETO SIN GUITA
-Tus papás son los dos médicos. En tu familia nadie siguió por ese lado, ¿no?
-No, para nada, mis hermanas tienen vidas mucho más locas que yo. Yo soy el “cheto”. Una de ellas vive en un circo en Francia, es trapecista; la otra vive acá y se hizo una casa de barro y containers. Los tres hijos sentimos mucha confianza de nuestros padres.
-Me acordé de una frase de mi abuelo, que decía: “Cuando pierda la curiosidad, me apagaré”. ¿Sentís que vas perdiendo la curiosidad? ¿O cómo la alimentás?
-Voy perdiéndola por algunas cosas y ganándola por otras, pero tuve momentos en donde nada me entusiasmaba demasiado. Un poco me pasa eso ahora.
-Hace poco publicaste tu libro "Las Ceremonias". Eso fue como una ebullición de una de tus curiosidades
-Sí, hablé sin parar de eso. Llega un momento en el que no querés hablar más.
-Intentamos hablar un poco. ¿Cuál creés que es el mejor vínculo que se puede tener con una droga o sustancia?
-Sin dudas, el mejor vínculo es el que esté guiado por el deseo individual , y no por una cuestión compulsiva en la que uno no elige. Hay que saber leerse a sí mismo. Yo ahora casi no estoy fumando porro; antes fumaba un montón. No es que me lo propuse, me di cuenta de que no tengo ganas. Poder tomar decisiones, que siempre sea una decisión tuya. Y saber más o menos qué es lo que estás yendo a buscar ahí. No hacerlo porque sí.
-En el libro hablás de tus viajes de hongos o ayahuasca. A grandes rasgos, ¿qué sentís que te dejaron o te hicieron aprender?
-Bajé muchísimo mi ansiedad, bajé una ambición en el mal sentido. Mi relación con los demás, con el mundo en general, con la idea de vida. Vos podés decir “somos todos naturaleza”, pero en esas experiencias lo sentís en el cuerpo: eso es lo transformador. Antes de saber que había terapias de estas, desde que soy mayor de edad, me acuerdo de tomar una “pepa” con amigos y hablar de qué enseñanza nos había dejado cada viaje. Son situaciones transformadoras.

CHOCOLATE PARA DORMIR Y CANCIONES PARA EL ALMA
-Leí que te apasiona el chocolate. ¿Eso es verdad?
-Puede hacer que me levante, me ponga las zapatillas a las dos de la mañana y camine a algún lugar. Si no como mucho chocolate por día, es porque no quiero pesar doscientos kilos. Tengo un tatuajito de alfajores, me gusta mucho. Sobre todo, antes de irme a dormir, antes de acostarme, la cosa dulce.
-¿Qué onda tu ego? ¿Cómo lo domás?
-El otro día vino Sebastián Wainraich a uno de los programas y dijo algo muy cierto: “Las personas que trabajamos de este tipo de cosas, tenemos un ego raro: por momentos muy grande, y nos creemos que es importante lo que hacemos; y por momentos muy dañado, porque también necesitás que a la gente le guste”.
Creo que por momentos es grande y por momentos hay un mecanismo que necesita una validación, porque si no, no trabajaríamos de esto. Sí siento, a veces, que los medios de golpe te identifican con que sos el que habla de algo y eso no me gusta mucho: “el del Diego, el de las drogas, el fan de Argentina, el de los jingles”. De golpe te dicen, “¡cantate un jingle!”.
-Justo te iba a pedir que me cantaras uno. Ahora se viene el festival en Obras, se van a presentar ahí dos veces. ¿Hay algún jingle que no se te salga de la cabeza jamás?
-Este año hubo uno muy bueno. Cantaban “con la tuya”, con el ritmo de la canción Aleluya. Iba mencionando a todos los empresarios y decía: “se van haciendo ricos, con la tuya”. Es un mensaje muy claro y espectacular. Es loco seguir riéndose de eso. Algunos todavía me dan risa.
-Siendo un término con tantos significados, ¿qué significa para vos hoy ser peronista?
-Mal momento para serlo. Igual, yo soy medio burro con las teorías. Para mí, es la defensa de lo nacional y lo popular. Las cosas que más me afligen de este momento son el detrimento de lo nacional, festejar las elecciones de los Estados Unidos. Con sus miles de quilombos, el peronismo todavía es un espacio de reivindicación del orgullo nacional, del Estado argentino: que sea potente y llegue a todos lados, que no haya ningún argentino con quilombos, que produzcamos cultura, películas, que mandemos satélites al cielo y podamos soñar. El tuit de Ramiro Marra diciendo: “Viva McDonald’s, Coca-Cola y el fútbol americano”. Dios mío, eso es lo más deprimente.
Fotos: Alejandro Calderone Caviglia

