Luna Sujatovich: "El sentido de la vida depende de lo que arde dentro de cada uno"

A días del estreno de su nuevo álbum de estudio, la cantante, parte de una dinastía de compositores e instrumentistas fuertemente vinculada a la historia del rock argentino, se anima a mostrar su lado más pasional y enérgico.

Luna Sujatovich lleva con orgullo su apellido, el mismo que lució su abuela, su primera maestra de piano y docente nada menos que de Charly García y Fito Páez. Ese apellido que también dio a conocer al mundo su padre, tecladista de Spinetta Jade, y que hoy su hermano exhibe en la escena internacional con Conociendo Rusia. Para ella, no era cuestión de despegarse y crear un propio camino, sino de abrazar y confiar en ese fuego interior para dar rienda suelta a su talento innato.

Si su vida fuera una serie on demand, asegura que su nuevo disco, "Ese fuego", no marcaría una nueva etapa, sino una segunda temporada, llena de adrenalina, sentimientos y sorpresas. Entre giras como parte de la banda de Coti Sorokin, desamores en esta era de vínculos complejos y la búsqueda de nuevos sonidos que la representen en su nueva faceta, Luna no teme quemarse, crear y mucho menos equivocarse. Siempre elige ir por más.

–Como en toda nueva temporada, tenemos el “previamente en…”. Previamente, en Luna Sujatovich, ¿qué pasó?

–Un desafío guerrero en serio, un primer paso hacia algo desconocido. Una Luna más introspectiva, melancólica, que había tardado en tomar la decisión de encauzar un proyecto propio y hacer lo que sentía musicalmente. Fue una temporada muy pisciana (se ríe). Aunque en realidad yo soy leonina.

–Ah, totalmente opuestos. Entonces, ¿podemos decir que en esta temporada vas a encenderte un poco más?

–¡Claro! Pero mi ascendente es Piscis con luna en Piscis. No soy mucho de la astrología, pero justo me viene bárbaro para explicar la diferencia entre temporadas. Este disco es más leonino, aparece y pisa más fuerte, sin dejar atrás lo pisciano, lo tierno, lo dulce. Pero sí muestra una Luna enojada, resentida por el desamor. Hay paisajes, poesía, metáforas, pero mucho más sentimiento.

–¿Qué representa el fuego para vos en este momento?

–Me lleva hacia el deseo, siento que todo el tiempo estamos intentando no ir al fuego, a lo que nos enciende. Pareciera que lo evitamos. No lo digo solo desde los vínculos, sino en todo lo que hacemos, desde lo que pasa en una relación hasta en el día a día de nuestra vida.

–A veces pensamos que el fuego es destructivo, y todo lo contrario, puede ser el inicio de algo.

–Totalmente, el sentido de la vida depende de ese fuego, de lo que arde dentro de cada uno.

–En la canción “Sábanas blancas” justamente arrancás diciendo: “Ya no puedo quedarme quieta”…

–Hay algo de los avatares de la vida que a veces vienen un poco a molestar las buenas rachas (se ríe). Cuando una está bien con sus proyectos, su arte, sus amigos, de repente viene un alguien que te pone un flechazo desgarrador y decís: “No puedo permitirme esto, no puedo desarmar todo lo que tengo por este alguien. Sigo encendida, pero sigo”.

–¿“Ese fuego” nos hará llorar pero también reír y rockear?

–¡Re! Hace un tiempo estoy más divertida, rockera, cosa que no sucedió en el disco anterior. Quise disfrutar mucho más, animarme a nuevas cosas que reflejen mejor mi presente.

–Este presente también te encuentra compartiendo tu música con otros amigos y desafiándote a invitar a músicos que tal vez no son de tu estilo, como Raly Barrionuevo en “Tu armadura”, ¿cómo fue esa propuesta?

–Hasta que le propuse la canción pasaron dos años y varias cosas en el medio. Las colaboraciones tienen que nacer de un encuentro real, de una vivencia. Si no lo conocés, pedirle a alguien que participe en una canción de la nada es seco, condiciona. A Raly no lo conocía tanto, y después de escribirle por redes, él me invitó a ensayar a su casa en Córdoba. Surgió un vínculo personal y artístico. Lo mismo pasó con Mariana Michi y Chechi de Marcos, que sumaron sus voces al disco.

–En una época donde las colaboraciones son más estratégicas y pactadas por la industria musical.

–Exacto. En este trabajo fui fiel a la vida real. A veces las cosas están más cerca de lo que uno cree. De hecho, “Dueña de mis días”, la canción que hacemos con Chechi, es una melodía recontra rock nacional, y yo quería una guitarra que sonara en esa sintonía. Y ni el productor con el que estaba trabajando ni mi guitarrista tenían esa impronta. Me dije: “¡Lo llamo a mi hermano que es un violero del re carajo y que se grabe una guitarra acá! ¿Para qué darle vueltas?”. Pero lo pensé desde lo artístico, no tipo “hago un feat con Conociendo Rusia”. Es más, ni lo voy a poner en colaboración (se ríe).

–¿Inconscientemente querías resolverlo sola para seguir transitando tu propio camino con un apellido que es marca registrada en la música?

–Se ve que sí, pero después no lo dudé. Hay que amigarse con lo que uno tiene cerca. Intento valorar lo que es haber nacido en una familia de músicos y agradecer ese contexto favorable. Por ahí el costado más difícil fue poder separarme un poco de ese núcleo de tanta confianza y criterio en común. Esta vez hice más mi camino, con productores y gente nueva.

–Un trabajo de confianza en vos misma.

–Sí, y de tomar con pinzas las opiniones de otros. Porque es palabra de familia y de músicos, doble presión. Aunque tu viejo sea farmacéutico, tu mamá arquitecta y tu hermano lo que fuera, son personas que querés mucho y te afecta lo que sugieren. Entonces, ¿eso piensan ellos? Lo tengo en cuenta, pero por ahí no lo elijo. Es un ejercicio que nos pasa mucho a los que nacemos en familias de músicos. Desde el primer día de mi vida debería haberlo hecho (se ríe).

–Sos una artista muy libre en lo musical, vos misma decís que no pertenecés a ningún género y justamente te han premiado con un Gardel reconociendo tu fusión. ¿Es un desafío o una responsabilidad ir por otro camino, al costado de lo mainstream?

–Siento que me alcanza con hacer lo que hago. El mainstream no me importa mucho, no lo tomo como referencia de nada. Obviamente veo la escena y todo lo que sucede alrededor, lo que hacen los colegas que me gustan, pero de una forma más amplia. No es que cierro la puerta, pero a la hora de sentarme a trabajar, es con mis propias ideas. Un artista es una especie de esponja, lo de afuera y lo de adentro conviven. Yo termino haciendo cosas que me interesan a mí, que me generan curiosidad y me llevan a un terreno desconocido. Esa exigencia de generar una identidad es algo que viene más de afuera que de adentro. Hay gente que se identifica muy fuertemente con un estilo, con un género y hasta te diría con una apariencia, y yo no me siento así. No puedo construir un personaje arriba de lo que soy.

–En tiempos donde los relatos sociales están en discusión, vos, incluso habiendo vivido afuera, lanzás una canción que se llama “El país que yo más quiero”, ¿que tenés para contar en esa letra?

–Son pocas las veces que la escucho sin llorar (se ríe). Con mi familia, post 2001 nos fuimos a vivir a España y fue una época muy traumática. Hace veinte años de esto y es el día de hoy que todavía tengo pesadillas. A pesar de todo, este es el país que yo más quiero, con todo lo que somos, lo bueno y lo malo. Me gustó poder hablar de “los tanguitos de mi abuelo”, esa frase que, aunque sea tan cortita, para mí es un puñal. La identidad nuestra como país muta cada vez más rápido, y lo que se muestra para afuera también. Exportamos arte, pero muy atravesado por lo internacional, no por lo nuestro. No hay un Tiny Desk argentino que refleje el folklore, el tango, el chamamé… Hay artistas muy buenos que fusionan un poco los ritmos más originarios de otros países, y en nuestras raíces, en realidad, ya hay una variedad impresionante que se puede mostrar. Creo que es importante también que cuando hablemos de identidad, hagamos memoria, valoremos y sepamos la tradición del lugar donde nacimos. Por eso yo me permito esas cosas que me interpelan, las hago y no me importa si garpan o no.

Fotos: Lucía Olmos

Artículos Relacionados>

Por Marcela Soberano

Tras el estreno de Mis muertos tristes, la miniserie basada en el universo de Mariana Enriquez, la actriz y directora abre el diálogo sobre el valor de la memoria, las relaciones madre-hija, la resistencia frente al negacionismo y el motor vital que encuentra en el humor y las nuevas generaciones.

Por Rolando Gallego

Una de las creadoras más inquietas y reconocidas de su generación atraviesa un año de nuevos proyectos y preguntas que parecen adelantarse a lo que viene. Después del estreno de Pepita, la pistolera y Futuro desierto, la prestigiosa directora habla sobre las mujeres que desafían las reglas y los dilemas cada vez más íntimos que plantea la inteligencia artificial.

Por Ornella Sersale
Después de un año de estadios y grandes escenarios, el artista baja la escala para volver a encontrarse con su público en espacios pequeños y presentar un nuevo disco atravesado por el vértigo de la pasión y la desmesura.
Por Carolina Barbosa

Una de las figuras más singulares y talentosas de la escena nacional se entrega en su estado más puro con la obra Milagro, en el Teatro Santa María. Sin caretas sociales y acompañada por su sobrina, la actriz explora la sanación de los vínculos y el valor de autogestionar la propia voz.

Por Marcela Soberano

El artista –y comediante por vocación– atraviesa un presente de múltiples proyectos. Mientras protagoniza las obras Persona, héroe latino y Con la nuestra, explora otras facetas de su vida. En esta entrevista cuenta cómo fue crecer frente a las cámaras, los tropiezos que forman parte del oficio y esa certeza que lo acompaña desde chico: “Ser actor era inevitable”.

Por Noelia Tegli

Autogestiva, ecléctica y en constante reinvención, la referente del rock argentino presenta La impostora, un disco que abraza la madurez y la reconcilia con su trayectoria. Una charla a fondo sobre el arte como resistencia a las lógicas de la industria, la complicidad con su hija Mía y su próxima fecha en el Auditorio Belgrano.

Por El Planeta Urbano

Lo que empezó como una juntada entre amigos terminó convirtiéndose en uno de los fenómenos más convocantes de la escena porteña. Estos artesanos del sonido reversionan canciones, cruzan géneros y convierten cada encuentro en una experiencia donde conviven la precisión y la improvisación.

Por David Lifschitz

Tras agotar funciones en el Teatro San Martín con Invasiones I: No bombardeen Buenos Aires, la reconocida artista repasa el impacto de la ópera rock basada en temas de Charly García, la responsabilidad del prestigio y su libertad para romper moldes: “Arriba del escenario jamás interpreto una melodía si no es desde el compromiso dramático”.