Lorenzo "Toto" Ferro: "Se necesita transformar el miedo y todo ese temor que quieren que tengamos en poesía, no en bajarse un blíster"

El joven que sorprendió al mundo con su interpretación de Carlos Robledo Puch, vuelve al plano internacional con Simón de la montaña, el film argentino que ganó la Semana de la Crítica en el Festival de Cannes y que hace foco en la discapacidad. En diálogo con EPU, dice que lo más importante a la hora de trabajar es confiar en el equipo, confirma que faltan voces nuevas en la industria y asegura: “El cine, además de humildad, locura y amistad, necesita fe”.

Simón es ayudante de mudanzas y toda su existencia está en tránsito, rota como el vidrio que se le cae de las manos mientras hace de changarín. Simón no está, Simón se fue, Simón escapa de su vida repitiendo gestos como un hit pop que resiste el olvido. Hasta que conoce a un grupo de chicos discapacitados y en el ascenso de su propia montaña se encuentra con la amistad, la picardía, el deseo, unos videos viejos junto a su papá, el sonido y la furia desatados en el rostro de Lorenzo “Toto” Ferro.

Simón de la montaña es la película dirigida por Federico Luis, que llega a los cines argentinos a fines de octubre, ganó la Semana de la Crítica en el Festival de Cannes y devolvió con la fuerza de un boomerang al joven al primer plano internacional. Fue El ángel, protagonizó la segunda temporada de El marginal, se convirtió en Nazareno Cruz para un video y disparó en Narcos: México, pero a Toto (igual que a Simón) le gusta estar en sitios en donde pueda esconderse, salvo que ese lugar sea la mirada de su mamá.

–El director, Federico Luis, y vos dejaron una carta en el santuario de La Difunta Correa que decía: “Con humildad y con locura para que dos amigos puedan hacer una película”. ¿El cine necesita un poco más de humildad, locura y amistad?

–Yo creo que la vida en general necesita eso. Bueno, si hay algo que no falta es la locura, pero a veces está llevada a mal puerto (se ríe). El cine, además de humildad, locura y amistad, sobre todo necesita fe, y nosotros somos personas que le depositamos mucho a la fe. En ese momento estábamos obsesionados con la historia de La Difunta Correa, y además, vimos que el Chiqui Tapia había llevado la Copa del Mundo al santuario cuando salimos campeones. De hecho, estábamos haciendo un viaje a Mendoza con dos amigos más y decíamos: “Ojalá que cuando volvamos, sea para filmar la película”. Eso se empezó a repetir como un mantra en cada conversación, y decidimos materializarlo en un pedido casi religioso. Así que fuimos al santuario y dejamos esa nota junto a las de los camioneros que van a pedir poder construir sus casas.

Leí que en un principio ibas a interpretar al hermano de Simón, un personaje que no quedó; y que cuando te ofrecieron ser Simón, tu primera reacción fue decir que no. Pensaba que quizás, sin darte cuenta, ya estabas en papel, porque Simón tampoco quiere ser Simón. ¿Cómo trabajaste eso?

–Total. Es verdad que me habían llamado para ser el hermano, lo que pasa es que la película fue cambiando mucho. Cuando Fede me propuso ser Simón, tuve miedo, era otra versión, y me pareció un desafío muy grande interpretar a una persona con discapacidad, no sentí que podía hacerlo. Después, Simón dejó de ser alguien con discapacidad y se convirtió en un pibe interesado en ese mundo, en explorar el amor que había ahí, con sus nuevos amigos. Me fui convenciendo y pedí ensayar, tomarlo como si estuviera preparándome para tocar en River. Laburamos mucho con Pehuén Pedre (nació con hidrocefalia), Kiara Supini (quien tiene Síndrome de Down) y con todos los que participan en la película. Ahí se fue dando el milagro de sentirme cómodo actuando como una persona discapacitada frente a gente con discapacidad. Porque aparecieron todos estos chicos que tienen una frescura impresionante, pero fue difícil, no te voy a mentir.

–¿Por qué?

–Porque Pehuén Pedre, que es el coprotagonista, era una figura muy fuerte. Y yo tenía que imitarlo sin hacerlo sentir caricaturizado. Tuvimos que trabajar mucho la idea de representación, explicarle que no iba a copiarlo sino a agarrarme de ciertos gestos para hacer mi propio personaje. Fueron muchas capas de información tanto para mí como para los chicos que recién estaban empezando, pero lo conseguimos como se logran la mayoría de las cosas de la vida: a través del diálogo entre todos.

La película no tiene una bajada de línea moral. ¿Cómo hiciste para acompañar a Simón en ciertas zonas grises del personaje?

–Yo me entregué a Fede. En ese sentido, me parece que hay que saltar al vacío y confiar en la gente con la que trabajás. Si tenés el imperativo moral en tu cabeza, no llegás a lugares tan interesantes. Siempre hay nuevas puertas para abrirte a otros pensamientos, y para que pase eso, necesitás abandonar la estructura, que tu moral sea más blanda. Me acuerdo de que una vez fui a un acto de tauromaquia, vi como mataban a los toros y no me gustó, pero me puso en duda muchas cuestiones morales. Nunca me voy a olvidar de ese momento; siempre recordás las cosas que provocan hacerte preguntas.

En el momento donde estamos filmando solo pienso en los personajes, en las escenas, voy a lo más sencillo. Todo ese proceso más profundo se lo dejo al director; yo me vuelvo casi un jugador de fútbol, pienso a donde tengo que hacer el pase y me entrego al juego.

Siempre te preguntan por tu papá, pero tu mamá, Cecilia Allassia, es una vestuarista número uno y te arma todos los looks que llevás a los festivales. Más allá de que siempre escribís “estilismo por mi mami”, ha llegado el momento de que tenga su merecido homenaje.

–¡Me encanta! Ella siempre me viste, lo que te podría decir es que toda la ternura que tengo adentro, creo que le corresponde a mi madre; viene de su lado ese sentimiento, lo mismo que la sensibilidad. No porque mi padre no sea sensible, pero esa parte más emotiva viene de ella. No sé… Es lo mejor del mundo mi mamá, es la única persona que, si estoy mal, puede mandarme dos palabras y ya me siento mejor. No hay nadie más que tenga ese poder de síntesis, es como una medicina nueva. Las madres son lo mejor que existe, y la mía siempre está ahí, me malcría, me dio todo. Le tengo que agradecer la vida a mi mamá. Es verdad que siempre se habla de mi papá porque tiene más exposición, pero ella es una de mis mayores inspiraciones. ¡No sabés lo que fue en San Sebastián!

–¿Qué pasó?

–Mi mamá viajó al Festival de San Sebastián a ver Simón de la montaña. Cada tres escenas yo me ponía a llorar, no tanto por lo que pasaba en la pantalla sino porque pensaba en ella viendo eso. Me la imaginaba a través de sus ojos y lloraba. Lo cuento y me emociono, esa mirada sensible de la vida es de mi madre.

Esta es tu segunda película después de "El ángel". Dijiste que no te llamaban tanto para ofrecerte papeles porque en su momento dijiste varios “no”. ¿Es tan así?

–Eso que dije me parece que no es verdad, ni me des bola (se ríe). Capaz, si empezás a decir que no, es como que atraés al no. Igual, lo digo para hacerme el canchero, olvidate. No tengo un parámetro de qué significa que te lleguen muchas ofertas, ¿viste? Digamos que se acercan pocas personas tratando de seducirme con un proyecto. No me refiero a que me manden un PDF, sino a que me citen en un bar cara a cara como a mí me gusta.

En este momento, hay cierta quietud ante la situación tan precaria del cine argentino. Se habla más afuera que acá, hay mucho miedo al hate, al contragolpe y una gran desolación que te va limando las ganas.

Es como decís vos, hay tanto discurso sobre este tema que a veces uno siente que no tiene nada para aportar ante tantas palabras. Es triste más que nada para los directores nuevos que sueñan con hacer su ópera prima, porque los consagrados tienen otros recursos para conseguir plata y hacer películas. El tema es que, para que el agua no se estanque, es necesario que circule agua fresca. Necesitamos voces nuevas para hacer cine y hoy está muy difícil la cosa en ese sentido. Pero las mejores películas se hacen en los peores momentos.

–¿Decís que el cine le puede dar un nuevo significado a la frase: “Cuanto peor, mejor”?

–Yo creo que hay algo de eso, y siento que uno es mejor cuando está limitado que cuando lo tiene todo. Obviamente, es una tragedia lo que está pasando, pero las mejores películas son tragedias, ¿o no? Hay que tratar de salir, no encerrarse en la melancolía, hay que transformar esa tristeza en poema aunque los mejores poemas no sean sobre la felicidad. Tengo más ganas que nunca de hacer películas, de naufragar en esa aventura de hacer cine. Se necesita transformar el miedo y todo ese temor que quieren que tengamos en poesía, no en bajarse un blíster.

Fotos: J. J. Hans @jjhanss

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