Vera Spinetta: "Existir no es fácil, no me resulta tan simple"
Acaba de estrenar "Bajo naranja" en el Bafici, pero esta charla con EPU va mucho más allá de la ficción. Protagonista de su propia foto familiar, dice que disfruta de la maternidad en todas sus formas y que sus hijos son su máxima creación. Además, cuenta qué es lo que más extraña de su padre y recuerda a su madre como el gran sostén: “Luis no hubiera sido Luis sin ella”.
La conversación entre Vera Spinetta y El Planeta Urbano sucede luego del estreno de "Bajo naranja", la comedia política, lisérgica y nouvelle vaguera dirigida por Michael Taylor Jackson que pudo verse en el Bafici, y en la que la actriz comparte elenco con su amiga Sofía Gala Castiglione. Pero Vera, soberana de "El reino", exploradora del otro lado del amor, hija del viento y protagonista de su propia foto familiar, se deja sorprender por otros planes. Por eso habla de la vida y no hace falta nada más.
–En "Bajo Naranja", te encontramos formando parte de un colectivo artístico que comparte casa y un humor delirante. ¿Cómo te acercaste a esta película?
–Cuando leí el guion me pareció totalmente surrealista, una propuesta re loca de esas que no estás acostumbrada a recibir. En general, todo lo que se hace es más denso, serio, naturalista, costumbrista y me divertía meterme en algo distinto a lo que venía haciendo.
Estuvo buenísimo jugar entre todos, fue una forma distinta de hacer cine. Imaginate que la historia se centra en la visión que tiene un yanqui de nosotros con todos sus clichés, el tipo anda con una remera que dice “empanada” (se ríe). Tiene algo naíf y eso es lindo porque el cine independiente te invita a explorar otros lenguajes. Rescatar la inocencia y la pureza es importante.
–Hay algo romántico en esa inocencia. ¿Para hacerle frente a este mundo se necesita poesía?
–Sí, y creo que muy poca gente lee poesía para la necesidad que tenemos, porque la poesía es la belleza del lenguaje y sus imágenes. Siento que entre los jóvenes eso está muy menospreciado, las redes sociales en gran medida apuntan a que todo sea superficial y efímero, a generar impacto y satisfacción inmediata. La poesía requiere de otro tipo de vinculación, mucho más sensorial y abierta a la vulnerabilidad.

Yo creo que ahora los jóvenes no están interesados en mostrar ese costado, quieren parecer seguros, deseados y deseables. Entonces, es muy complejo, porque no hay búsqueda de preguntas, sienten que solo necesitan respuestas; pero si no ponés en duda nada, ¿a dónde vas?
La poesía es una ayuda para vivir, de pronto leés algo que te impacta de una manera imperceptible, no te das cuenta inmediatamente, pero eso te quedó, lo aprehendiste. Hoy en día está muy devaluada la pregunta y me parece peligroso que no nos cuestionemos.
–Escribir poesía te deja muy expuesto y vos sos una persona muy privada. ¿Cómo trabajaste esa tensión entre lo público y lo íntimo en tu libro "Eclosión"?
–Te expone absolutamente, pero creo que a través de las palabras se me hace más fácil expresarme, incluso más que con la música o con la actuación. El trabajo silencioso y en soledad de la escritura hace que la exposición me sea más leve, es una engaña-pichanga donde no me doy tanta cuenta de lo que estoy haciendo. No está tu voz hablada, tu foto, tu imagen; son palabras, pero la palabra es una herramienta fuertísima y ahí me siento muy libre. No tengo prejuicios sobre mí cuando escribo ni tampoco muchísima exigencia, como con la música o con la actuación.

–Pero igual te animaste a sacar un disco...
–Sí, ¡pero imaginate lo que viví hasta que salió la música! (se ríe). Fue una locura total de idas y venidas, de preguntarme: “¿Para qué lo comparto si a mí lo que me gusta es hacerlo?”. ¿Voy a presentar Terso o ni siquiera tengo ganas de subirme a un escenario? Al final decidí que quería compartirlo porque eso forma parte de mi proceso de desarrollo: ganar desinhibición, aceptar lo que soy y lo que tengo para decir hoy. Hace años que estoy en un proyecto de expansión en el sentido más interno, en cuanto a terrenos de deseo ganados, que ese deseo sea un impulso para hacer lo que quiero.
–¿Y qué pasa cuando te enfrentás a algo que no querés?
–Si no siento suficiente deseo no lo hago, ni me genera ningún problema interno decir que no. No me define eso, estamos todos en constante movimiento, me permito ir cambiando. Hoy encuentro estas herramientas, quizás más adelante me cruzaré con otras y estará buenísimo porque me ayudan a vivir. Existir no es fácil, a mí no me resulta tan simple. Hay que explorar incluso en los procesos que son puertas adentro, como persona, como madre, como amiga, como pareja. Es necesario indagar en lo que generás y también en las cuestiones que son inherentes a la existencia, la vida ocurre, la muerte también y uno esas cosas las va atravesando como puede.
–A las mujeres, uno de los tópicos que más nos cuesta en la vida es cuestionarnos sobre las distintas formas de encarar la maternidad, ¿cómo te llevás con eso?
–Yo disfruto mucho de la maternidad en todas sus formas, porque hay momentos en los que estoy muchísimo con los chicos y otros en los que no puedo estar tanto, pero trato de que el tiempo que paso con ellos sea de calidad, direccionado, afectuoso y que en todo momento cuenten conmigo para su desarrollo personal. Algo muy lindo de la maternidad es poder acompañar a esas personas que tienen su forma de pensar y su propia manera de avanzar en la vida, respetarlos sin quererlos forzar a ser de una determinada manera. Eloísa y Azul son muy distintos.

–¿Y cómo son?
–Elo, hasta ahora, ha sido muy extrovertida, requiere de la atención de todos los que la rodeamos, necesita muchas palabras, lee un montón, le encanta la información, es muy nerd. Aprende gran cantidad de cosas sola porque eso le gusta de verdad. Yo capaz soy más lúdica en mi forma y ella es muy concreta, entonces hay una búsqueda personal para que sepa que puede contar con la madre que necesita, yo la sigo y vamos juntas.
Azul es supertímido, introvertido, dulce, muy sensible y pegado a mí. Tenemos una locura mutua especial, llegó en un momento de mi vida muy fuerte. Embarazada de él, en pandemia, me enteré de que mi vieja estaba enferma y muriéndose. Azu me ayudó a atravesar eso con mucha luz porque vino a poner vida en un contexto muy difícil. Me siento completamente acompañada por él, tiene una conexión y una presencia muy fuertes. Un abrazo, un beso, una mirada profunda, un “mamá te amo”, pero desde un modo que me conmueve, porque digo: “¡Qué loco cómo percibe la manera en la que me siento!”.
Los dos hacen una balanza muy copada. Elo es una persona de mucha fe, ella confía, es muy aventurera y saca esa parte de Azu que es más cuidadoso. Entre ellos se recontra complementan, es hermoso verlos, y acompañarlos es un desafío enorme. Son mi máxima creación, son lo que más me importa y donde también me siento más vulnerable, quiero darles lo mejor de mí porque lo merecen.
–Patricia, tu mamá, fue una persona muy de puertas adentro pero siempre fue el puntal de la familia, ¿cómo era ella?
–¡Ay, mi vieja! Era una persona absolutamente privada y también la fortaleza familiar. No existía una cosa sin la otra. Luis no hubiera sido Luis sin ella, eso está clarísimo. Porque además, siempre quiso quedar en el anonimato, pero hay mucho de la obra de mi viejo sostenida por mi mamá, un montón de cosas que crearon juntos y no se saben porque ella no quería. Amaba el anonimato, lo disfrutaba realmente, siempre fue reservada, muy para el núcleo del nuclísimo.

Para mí es muy importante conectar con ella y con su deseo infinito de crear una familia sólida, con un nivel de sostén emocional altísimo, con entrega, honestidad, cuidado y un respeto enorme. Ella es todo para mí. Los amo mucho a mis viejos, muchísimo. Siempre fueron un equipo, incluso después de separarse.
–¿Qué extrañás de tu viejo?
–Todo, pero lo que más extraño es algo físico, porque siento que con su arte, sus palabras, su mensaje y su música, sigue acá. ¿Sabés qué extraño? Cómo me agarraba de las manos, lo hacía de una manera muy específica. Nadie salvo Azul me hace acordar a él, tienen un parecido físico impactante pero el tema es cómo me agarra las manos. Hay algo de la presencia y la energía puesta ahí muy potentes. Es: “Estoy acá, me sentís con vos y no hay nada más que esto”.
Mi viejo tenía esa capacidad hermosa de vincularse así con todo, era muy presente. Extraño la forma de mirar, su curiosidad frente al mundo, esa capacidad de observación, sus palabras, los consejos, su punto de vista. Digo: “¡Cómo me gustaría charlar de tal cosa con él!”. Necesito preguntarle: “¿Qué pensás de esto?”. Nosotros fuimos muy amigos.

–Tu sobrino Ángelo nos contó que cuando era chico tu papá le regaló una colección de autitos con la que ahora juega Azul. ¿Salió fierrero como el abuelo?
–¡Es fanático! Lo tiene recontra de mi viejo, me pide que le dibuje autos, todo. Es heavy, pensá que yo miraba Fórmula 1 con mi papá a las cinco de la mañana, nos despertábamos a esa hora si la carrera era del otro lado del mundo, y Azul es fan, se vuelve loco con los autos. En Elo también hay mucho de mi papá, los miro y todo es como una gran condensación de formas, visiones, amores y deseos. Es muy loco ver a los padres en los hijos. Uno elige algunas cosas de sus viejos y otras no, pero cuando las elecciones que hiciste se manifiestan en tu vida sin que te des cuenta es hermoso.
Fotos: Juan Larrazábal

