Jimena Monteverde, entre ollas y sartenes: "Vengo de una familia italiana en la que todo pasa a través de la cocina"
Con "Escuela de cocina", el magazine gastro que conduce todas las tardes por El Nueve, la carismática cocinera logra con creces aquello para lo que parece haber nacido: hacer que la audiencia pase un momento agradable entre recetas, tips, buen humor y una alegría a prueba de todo.
Como esas cosas que pocas veces se alcanzan (o nunca, diría Discépolo) venimos asombrándonos con la trayectoria de Jimena Monteverde desde que, allá por 2007, Jorge Guinzburg descubrió su talento y la llamó para ser la cocinera de ese tanque irrepetible –e irrepetido– llamado Mañanas informales. Sus ganas y espontaneidad, el bancarse estoica la situación y una gracia evidentemente natural hicieron que en aquel momento nos preguntáramos quién era esa chica.
Es que Jimena, hasta allí una desconocida que recién había pisado por primera vez un estudio de televisión (en De 9 a 12, por El Nueve), estaba metida en el medio del huracán Guinzburg y de verdad que no se le movía un pelo. La apuesta salió bien: de ahí en más, jamás dejó de estar presente en la pantalla chica.
Diecisiete años y muchos ciclos después, en abril de 2023 le tocó en suerte algo parecido a un segundo debut en primera cuando El Nueve la convocó para conducir Escuela de cocina, un programa cuya consigna apuntaba inequívocamente a su estilo: un ciclo de cocina descontracturado, sin otro contenido que el gastronómico, con mucha receta y tip, cargado de humor y buena vibra. Una fiesta pura onda que se desata todos los días de 17 a 19 y donde la secundan compañeros que saben seguirle el ritmo: los chefs Coco Carreño y Paco Almeida, la pastelera Mariana Corbetta y el locutor Nico Mereles.

–Están por cumplir un año al aire, la pasan bien haciendo el programa y eso se nota, traspasa la pantalla.
–Es que somos como un grupo de amigos. A veces es tan relajado que digo: “Mañana nos levantan” (se ríe). Pero la gente te dice que justamente lo pone por eso: para olvidarse de la diaria, de los problemas, de la economía. El otro día nos llegó un mensaje muy lindo de una chica que había perdido a su papá y nos contó que entró a su casa y por primera vez después de tres meses la escuchó a su mamá reírse a carcajadas mirando el programa.
–¿Es el programa que querías hacer?
–Sí, no me interesaba que hubiera ni política ni chismes y que fuera exactamente esto: dos horas para relajarte y pasarla bien. Era apostar a algo diferente y la verdad es que funcionó. En lo gastronómico, nos da por reversionar clásicos, que siempre funcionan bien, o platos que te traen reminiscencia de tus abuelos. También hacemos mucho contenido temático: un día de platos de bodegón, o un especial italiano, o un día mexicano, siempre cosas divertidas. También intento tener en cuenta el tema económico, hacer cosas que la gente pueda realizar en su casa pensando en el bolsillo.

La charla con El Planeta Urbano sucede en el espacio de la emisora donde antes de la nota Jimena hizo las fotos, con triple cambio de ropa incluido y todo el profesionalismo del mundo. Tres horas más tarde, apenas se encienda la lucecita roja, ella y su gente volverán a derrochar simpatía entre ollas y sartenes, desternillándose de risa cuando toque, pero cerrando recetas en tiempo y forma.
“Cada uno de nosotros tiene su perfil de cocina”, cuenta, “Coco tiene la parte gourmet, Paco se dedica más a las carnes y preparaciones saladas, Mariana hace pastelería y yo busco recetas originales pero también hago un poco de todo. Igual, no te olvides de que este es un programa en vivo, por eso tenemos que saber de antemano qué vamos a hacer. Por supuesto que confiamos mucho en la producción gastronómica, gente que trabaja conmigo hace mucho”. Y agrega algo que para ella es clave: en el programa nadie se siente estrella ni tiene subido el ego: “Es más”, amplía, “todos podemos ridiculizarnos sin ofendernos. Es algo que aprendí de Guinzburg, que era seguro de sí mismo y se ridiculizaba sin problemas. Por eso siempre digo que del ridículo sí se vuelve”.
Del estudio a la casa
Con 51 años, un vivo diario de dos horas (y el rush que eso implica) y la exposición que le ha dado ser la cocinera oficial de La noche de Mirtha (Legrand; los sábados), y de Almorzando con Juana (Viale; los domingos) en un canal de la competencia, Jimena también se hace tiempo en cantidad y calidad para estar con su familia. Casada con Mariano Monteverde (de quien tomó el apellido: el suyo es Olléac), tiene dos hijos, Victorio, de 30 años, y Amparo, de 27. “Fui mamá muy joven, a los 20. Y ahora soy abuela, tengo una nietita de 5 meses, Malvina, que me tiene loca de amor. Nunca pensé que me iba a pasar algo así. Es hija de Victorio y de su esposa, Josefina, que es como mi hija también porque están juntos hace 15 años.”

–Curioso, son pareja hace 15 años y vos lo tuviste a los 20, como que de algún modo repite tu historia.
–Sí, puede ser. Y encima Amparo es ingeniera en alimentos y está de novia con un chef (se ríe). A mi marido lo conocí a los 18 años, era amigo de mi papá en la época en que yo lo ayudaba en su vivero de Pilar, antes de venirme a Buenos Aires a estudiar. Tenía 32 años y lo vi muy simpático, muy divertido y muy buen tipo. Es un hombre que me banca en todas. Siempre está dispuesto a darme una mano. También me ayudó mucho a crecer en mi carrera. Se dedica a administrar clubes de polo.
–¿Y cómo es tu historia con la cocina?
–Yo nací en Buenos Aires, pero siendo muy chica nos fuimos a Bella Vista con la familia y luego a Pilar cuando era campo campo. Y me encantaba cocinar: vengo de una familia italiana en la que todo pasa a través de la cocina. Las reuniones, los cumpleaños, todo. Mi nona era una gran cocinera, y mi mamá también. Teníamos además huertas, pollos, frutales; entonces se cocinaba con lo que había. Ya cuando decidí dedicarme a la cocina estudié con Francis Mallmann, con Alicia Berger, con distintos maestros. En esa época era más complicado porque no estaba lleno de institutos de enseñanza como ahora.

–¿Cuándo empezaste a cocinar profesionalmente?
–Mi primer trabajo fue en el Hotel Alvear, en la parte de eventos, y después empecé a dar clases de cocina. Y luego, durante siete años tuve mi restaurante en el Village de Pilar (N. de la R.: hoy Cinépolis), donde me iba muy bien y hacía todo tipo de cocina, todo casero. Explotaba: la gente salía del cine y sabía que venía a comer rico. De lunes a lunes, matador, muy esclavo. Pero yo era muy chica; lo abrí en el 98 y se cerró en 2005. Me acuerdo que los chicos eran chiquitos y mi marido me los traía, se dormían entre dos sillitas, pobres.
–¿Eso te dejó una gimnasia de trabajo duro?
–Yo no paro nunca y agradezco tener trabajo. Creo que cuando una también la ha luchado mucho, agradece poder estar bien cada día. Hice de todo: trabajé en servicios de catering muchas horas de mi vida, hasta la madrugada. Mirá, en Mañana informales me pasó algo muy loco: nunca creí que estaba en televisión. Entonces jamás me puse nerviosa, no tenía nada que ocultar y la verdad es que me relajé y dije: “Si pega, pega; de última soy cocinera y si no me quieren volveré a cocinar”. No iba a agarrarme con uñas y dientes, hacer escándalo o volverme mediática por cualquier cosa. Nunca me interesó. Y desde ese día nunca paré de trabajar. Para mí sigue siendo sorprendente porque nunca pensé que iba a vivir de esto.

–Y además te queda la profesión como resguardo.
–Claro. Yo creo que el tener una profesión te da la seguridad de que vas a vivir de eso toda tu vida, por más de que obviamente te sirva estar en la tele. A mí me encanta que en la calle la gente me pida fotos, que me diga lo loca que estoy o que les divierto. Pero el día que eso no pase más me pondré un restaurante, haré un servicio de catering, daré clases de cocina, lo que sea, pero sé que voy a vivir de la profesión.
–¿Alguna vez te ofrecieron actuar?
–Una vez me ofrecieron hacer teatro. Pero me tenía que ir a Mar del Plata con toda la familia, mis hijos eran chicos, era una movida. Fue en la época en la que estuve en el Bailando.
–¿Cómo fue esa experiencia?
–Me encantó. Fue el año que más libros de cocina vendí y además, como tenía muy claro hasta dónde iba a llegar, lo tomé como un desafío. Yo pensé que iba a durar un mes y estuve casi un año. Entrenaba tres horas por día y tenía tres programas de tele, no sé cómo hacía.

Jimena cuenta, con algo de resignación pero mucho orgullo, que en su casa cocina todos los santos días. Y que no se cansa de hacerlo porque le sale “rápido y fácil”. No le queda otra: vive en una zona de General Rodríguez donde no llega el delivery, una especie de club de polo rodeado de mucho campo. El menú es variado: “Soy fan del sushi pero también del asado. Es más, mis hijos, mi yerno y mi nuera me piden que haga siempre. Y como hago de todo, mucha variedad, les encanta. También hago pizzas a la parrilla, que me salen espectaculares; y me encanta amasar, hacer pastas”.
–Con "Escuela de cocina instalado", la familia feliz y las cosas en orden, ¿qué deseás para el futuro?
–Que sigamos con el programa mucho tiempo más. También tengo otro libro planeado, una especie de compilado de recetas que no te pueden faltar; y muchos eventos, como siempre. ¿Volver a tener un restaurante? Por ahora no, pero nunca digas nunca.
Fotos: Alejandro Calderone Caviglia

