Mauricio Dayub: "Tuve que ser actor, autor, director y dueño de sala para poder hacer lo que hago ahora"
El actor que arrasa con dos espectáculos concebidos de manera artesanal asegura que se tuvo que escribir a sí mismo para encontrar armonía entre lo que expresa abajo y arriba del escenario. A sala llena en Buenos Aires y en la costa atlántica, piensa que el éxito está en brindar aquello que no abunda sin renunciar a su esencia: “Dándolo todo en la cancha; no lo sé hacer de otro modo”, afirma.
Cuando llegó de Paraná a Buenos Aires para dedicarse a lo que soñaba, actuar, nada le hacía suponer a Mauricio Dayub que debería confiar mucho más en sus instintos que en estar a la espera de que el teléfono sonara o las propuestas llegaran. Hoy reparte sus días entre esta ciudad que lo abrazó y la costa atlántica, donde se presenta con El equilibrista y El amateur, segunda vuelta, dos obras que lo han llevado a recorrer el mundo. Mientras tanto, además, sigue imaginando relatos, como los que publicó en su libro Alguien como vos,en 2022.
En esta entrevista con El Planeta Urbano reflexiona sobre todo aquello que fuimos perdiendo y que, en esencia, nos constituye: “Cuando vos parás un poquito y te encontrás con alguien, lo mirás a los ojos, le preguntas qué le pasa, te empieza a contar y eso te lleva a algo que te pasó a vos, te das cuenta de la diferencia que hay con mandar un audio, ponerse un dedito y seguir la vida. Es diferente”, grafica.
–¿Cómo estás viviendo la temporada veraniega en la que te repartís por la costa con dos obras tan emblemáticas para vos y que hace tanto tiempo estás haciendo?
–Estoy absolutamente agradecido porque es un momento difícil, y estoy a sala llena en las dos, en Mar del Plata y también agregué en Pinamar. La verdad es que pensé que iba a ser una temporada para pasar desapercibido, y la estoy viviendo a pleno, increíblemente.

–¿Notás algo diferente en el público?
–La gente que me elige ya sabe que viene a divertirse, pero fundamentalmente a emocionarse profundamente. Yo salgo al hall de todos los teatros con las dos obras (por esta promoción que dice que hay garantía de que, si no te gusta, yo te espero y te devuelvo el dinero de las entradas), y en todos los teatros tengo 50 o 60 personas esperando. Ese encuentro, te diría, está siendo casi tan importante como la función misma. Es un encuentro de personas, un abrazo, corazón con corazón, como para agradecer lo que sintieron, pero el agradecido soy yo. Ellos encuentran en esas dos horas algo que me doy cuenta de que no estamos encontrando en la vida: la empatía, el cariño, la garra, el tesón, la disciplina, la voluntad.
Darlo todo genera algo que necesitamos y que no estamos encontrando. Yo me doy cuenta por la devolución de la gente, pero no me atribuyo esto, ha evolucionado y lo hago de la forma que puedo, y mi forma de poder es así, atlética, como si fuera un “dándolo todo en la cancha”; no lo sé hacer de otro modo. Entonces que coincidan mi forma de ser con el gusto del otro es un premio, lo máximo.
–¿Por qué creés que perdimos la empatía, la pasión, los valores, la disciplina, el darlo todo? ¿Tenés alguna hipótesis?
–No te voy a decir nada nuevo con respecto a eso porque siento que todos estamos perdidos en un tiempo moderno que involuciona, en un progreso que retrocede, porque no podemos parar de avanzar y de mejorar todo lo que va saliendo todo el tiempo.
Si no es una aplicación es una forma mejor, más veloz, más rápida, más dinámica... pero nuestra vida cada vez es más esclava de todo eso, y cuando vos te sentás en el teatro y alguien te habla de quién sos vos, de tus valores de verdad, los que no cotizan en el mercado, los que no están en ninguna aplicación, te reconocés en eso y te emocionás, se te caen las lágrimas, porque en los tiempos que corren nos alejaron de la vida real.

Estamos viviendo una vida inventada, ficticia, y uno no se da cuenta y va entrando, y cuando parás un cachito y te das cuenta, te viene una emoción profunda que te hace abrazar al otro y agradecerle. Una chica me dijo hace poquito: “En tiempos de inteligencia artificial, usted nos humaniza”. Es casi absurdo el bocadillo porque somos humanos, ¿cómo voy a hacer yo para humanizarte? Pero hemos transgredido tanto que desapareció el sentido común, desapareció el verdadero sentido de las cosas.
–Y esto también lo has recuperado en tu último libro, cuando hablás de valores que se fueron perdiendo o costumbres que tienen que ver con la palabra, con el barrio, con la infancia.
–Sí, porque ahí sí te diría que, si tengo un mérito, es el de haber logrado representarme a mí mismo arriba del escenario y abajo también, algo que perseguía mucho cuando empecé a trabajar en la tele y hacía personajes. La gente me paraba por la calle como si yo fuera el personaje que hacía, y yo decía: “¿Cómo voy a hacer para que la gente me conozca como soy?”.
No puedo vivir siendo otro, no me puedo vestir en la vida como se viste el personaje. Aspiraba a ser yo mismo y no me convocaban. Me tuve que escribir y, con el paso del tiempo, me tuve que producir. Tuve que ser actor, autor, director y dueño de sala para poder hacer lo que hago ahora: así como hablo debajo del escenario también me expreso arriba.
–Además has sabido preservar tu vida privada.
–Tuve la suerte de intuir que si hacía los deberes y las cosas bien, a la larga se me podía dar. También tuve la inteligencia de aceptar que si no se me daba, me iba a pasar la vida haciendo lo que a mí me gustaba para estar tranquilo. Eso me ayudó muchísimo porque me permitió no cambiar de camino, me permitió no correrme, y los largos años durante los cuales muchas veces no entendía por qué estaba fuera de la rueda los usé para mejorar, para pulirme, para experimentar, teniendo siempre como estrategia perder en el momento, pero para ganar después.

Lo lindo de todo esto, ya lo he dicho alguna vez, es que cuando pasa el tiempo y los demás coinciden y te aceptan y te permiten ingresar adonde antes te quedabas afuera, lo hacen por las mismas razones por las que al comienzo te rechazaban, porque lo que se valora, finalmente, es la esencia. Uno lo que no tiene que hacer es cambiarla, y en los tiempos duros, cuando uno empieza y no tiene trabajo, plata y no te llaman para nada, ahí es cuando más fuerte tiene que ser para insistir en lo propio. Yo me quedaba afuera de todo: no hablaba inglés, no era de Buenos Aires, no tenía amigos, no tenía contactos... Pero, bueno, resistí también ayudado por una vocación muy profunda. Desde muy chiquito supe que era esto lo que quería y fui detrás de ese sueño.
–Arrancamos hablando de la temporada y estamos viviendo un momento clave en donde la cultura es cuestionada. ¿Qué reflexión tenés sobre este contexto tan particular donde, justamente hablando de valores, parece que para algunos la cultura no importa?
–Si hay algo que nos puede salvar, si no es directamente la cultura, es la educación, y no hablo solo de la Argentina, sino del mundo. El mundo está complicado, y tener que tratar de explicar los valores que tiene el arte parece una obviedad, pero, como te decía antes, como el sentido común se ha perdido, la confusión es tan grande que, bueno, tenemos que hacerlo. Tenemos que buscar las razones por las cuales es mejor.
Se me viene a la cabeza un texto de Tito Cossa, donde un profesor de literatura está enseñando metáforas y el alumno escribe “Abandonado como un niño en el desierto”. El profesor se agarra la cabeza y el alumno dice “Yo lo leí y me pareció bien”, pero el profesor responde: “Hace 50 años Neruda escribió ‘Abandonado como los muelles al alba’”. Si alguien no te pone una frase al lado de la otra, para vos lo que hiciste está bien. Yo creo que lo que está pasando es que ya no sabemos cuál es el verdadero sabor del orégano, entonces cualquier pastito verde que nos pongan arriba de la pizza está bien. Creo que lo decía Jorge Luis Borges: “Encontrar las razones para que la poesía sea admirable”.

No tenemos que darlo por sentado, porque todos llegamos hasta acá; no es que llegó un grupo de locos y otro grupo de cuerdos. Porque, si no, nos vamos al grupo de cuerdos y ya está. Creo que hay que tener más respeto por el otro y avanzar en pos del bien común; la mayoría tiene que estar mejor. Pareciera que estamos en el peor momento, y en ese sentido la temporada de Mar de Plata es muy buena, pero uno siente que es muy buena para pocos y es bastante mala para muchos.
Estoy entre esos pocos a los que les va bien, pero a mí me gusta más la temporada que se reparte todo y todos ganamos y hay mucho para elegir y nos podemos encontrar y contarnos la experiencia que hacemos. Estar encerrado feliz porque te va bien solo, hablando por teléfono con alguien para compartir tu alegría porque no la podés expresar, no tiene ningún heroísmo, ningún triunfo.
Fotos: Alejandro Calderone Caviglia

