Alejandra Flechner: "Me gusta romper mis propios límites y los que te pone el afuera"
Parte de los acontecimientos audiovisuales más significativos de las últimas décadas, la actriz es consciente del privilegio de la vigencia en contraposición a las desigualdades de su oficio y la necesidad de defender las pequeñas industrias culturales. Tras un exitoso 2023 y frente a un 2024 plagado de desafíos, asegura que ahí está el secreto de su fuego sagrado: "Le huyo a hacer siempre lo mismo".
Algo sacudió las entrañas de la tierra, venía desde abajo como una especie de lava que se enredaba con los versos de Batato Barea, las cuchilladas verbales de Urdapilleta y Tortonese y esas lenguas Tramontina de las Gambas al Ajillo. La otra realidad se tejía en los sótanos, el under tenía esa verdad incómoda, rasposa, que el mainstream negaba sin parar. Por aquellas casualidades que no son, la redacción de EPU está en el predio que supo ocupar el Parakultural y este encuentro con Alejandra Flechner es una invocación.
Viene de grabar la segunda temporada de El fin del amor donde compartió escenas con Vero Llinás, espera que se estrene la película de Néstor Montalbano, un melodrama estrambótico y gótico en el que conforma cierto inesperado trío con Diego Capusotto y Carola Reyna. A partir del 6 de febrero volverá todos los martes al Metropolitan con Tarascones, la sátira en verso donde cuatro damas se dan dentelladas. ¿Sus convicciones? Estrelladas. Y la platea, estallada. Flechner es tan única que no rima con nada.
Pareja del fiscal Strassera en Argentina, 1985 y Chiche Duhalde en Diciembre 2001, Alejandra está unida a nuestra historia desde siempre. Mujer inseparable, intelectual de Puan, tripulante lunática, practicante del Método Grönholm, madre del desierto, mujer de un Tigre. La Flechner, todo dicho.

–¿Para una actriz es perturbador ver cómo la realidad puede tomar una forma más extraña que la ficción?
–Estamos acostumbrados a que la realidad siempre supere a la ficción, el tema es que finalmente la realidad “es” ficción. Quizás es demasiado filosófico pero siento que mi tarea como actriz es transmutar algo de lo que pasa en el mundo, todo lo que vivís se traslada de algún modo a lo que hacés aunque a veces no esté tan a la vista. El mundo resuena en las actrices y en los actores; es más, creo que nuestra función es ser esa caja de resonancia del hoy y también de lo que vendrá. Viste que las obras artísticas tienen una posibilidad premonitoria, la capacidad de leer algo que está en el aire y que termina haciéndose real.
–Justamente pensaba en "Puan", la película se convirtió en emblema de la lucha por la Educación pública, los espectadores se conmovían con ese profesor de filosofía que hace Subiotto, y un par de meses más tarde estamos discutiendo la continuidad de la universidad gratuita para todos.
–¡Y la película se escribió mucho antes de que aflorara esta situación que estamos viviendo! Puan es muy hermosa más allá de la coyuntura, pero en este contexto lo es de un modo brutal. Hay algo de la actividad artística que tiene que ver con una antena que está percibiendo otro universo.

A mí las historias que aparentemente no tienen nada que ver con la realidad me atraen mucho más que las que intentan copiarla, pero el mundo real se las arregla para colarse siempre en cualquier relato y eso es lo más hermoso, porque sos como un alambique en el que entra alcohol y pasa por un montón de tubitos hasta que sale una bebida. Lo creativo tiene su lado accesible y también su costado inaccesible, algo del orden del misterio siempre asoma.
–Hace un año el público estaba enloquecido con "Argentina, 1985", hacía filas interminables para ver la película, se generaban charlas intergeneracionales. Ahora el festejo por los 40 años de democracia nos agarró en otro lugar, ¿hay alguna explicación para ese misterio?
–Argentina, 1985 fue un acontecimiento, un hecho que desborda el lugar de lo que es una película y pasó a ser algo de lo que se habla en la casa, en la cena, en el trabajo y en los medios. La pregunta que me da vueltas en este momento es lo que decís: hace un año pensábamos que teníamos un consenso como sociedad sobre la importancia de la política de Derechos Humanos en nuestro país, del valor de la participación ciudadana para construir y acompañar, del ejemplo al mundo que fuimos con el Juicio Civil a las Juntas... ¿y ahora qué nos pasó?
Todas las conversaciones que empezaron a surgir entre padres e hijos sobre la dictadura y ese acercamiento para saber cómo se habían vivido esos años quiero creer que están en algún lugar. Pero de eso tan conmovedor, de repente corte a esto. Es la negación de la memoria.
–El arte sin memoria es imposible, ¿la memoria sin el arte que nos ayude a pensarla, también?
–Sí, uno puede empezar a leer lo que ocurrió, cómo se fue cocinando con base en ciertas deudas que la democracia tiene con la sociedad. Hay muchas cosas para pensar con respecto a qué les debe la democracia a las personas, pero nos merecemos un debate a fondo porque este DNU y la Ley Ómnibus son una reforma del Estado y en una democracia eso no lo hace el Ejecutivo con superpoderes como si fuera un superhéroe, eso simplemente es anticonstitucional.

En el ámbito en el que me manejo, que es el de la cultura, podría no quedar nada en pie, ni el Fondo Nacional de las Artes, ni en Instituto Nacional de Teatro, ni el Incaa, estamos muy movilizados, quieren aniquilar pequeñas industrias culturales que reciben siempre menos de lo que dan y eso es histórico, no es de hoy.
–¿La cultura está en el fondo de la tabla de prioridades, no importa cuando leas esto?
–Es así, la cultura siempre tiene que pelear para que le den bola, arreglarse con las migajas debido a que no somos una industria que mueve un país en términos económicos sino simbólicos. Porque si nuestro cine es recontra reconocido y vamos con una película a los Óscar, o nuestro teatro independiente gira por el mundo en las salas más prestigiosas, entonces hay algo que resiste a fuerza de creatividad y trabajo.
Encima hay una fantasía de alfombras rojas y glamour, y sería lindo que supieran que una se para ahí con ropa prestada y después hay que devolverla. Alguien te presta un disfraz hermoso, ¡más ficción que eso no hay! (risas). Es todo un montaje que nos quiere correr de nuestro rol de trabajadores. Yo me siento muy afortunada porque laburo con continuidad desde hace 30 años, pero no es lo habitual. Los actores que ganan muy bien de verdad se cuentan con los dedos de una mano, son casos excepcionales. Esas cosas horrendas que se escuchan, como “con la nuestra”, están tan lejos de la realidad.
–Volvés con "Tarascones", una obra que es un exitazo desde que se estrenó en 2016 en el Teatro Cervantes. Hablando del horror, ¿la obra es un fenómeno porque esas señoras tan tremendas nos hacen persistir en la ilusión de que el monstruo siempre es el otro?
–Es interesante para pensar eso porque pasó por varias instancias en estos seis años: distintos teatros, tres gobiernos y estamos viendo cómo repercute la realidad actual en la obra, un material va resonando de distinta manera según el contexto, pero más allá de eso creo que Tarascones te da la chance de identificarte aunque el otro sea el monstruo. Y lleva a preguntarte qué hay de ese monstruo en vos, ya sea porque no te parezcan tan mal las barbaridades que dicen estas mujeres, porque consideres que vociferan algunas cosas que pensás pero no te animás a decir o también porque, más allá de percibirte buena gente, reconozcas los miedos y prejuicios que tenés adentro.

La verdad es que si vemos a alguien que nos da un poquito de miedo, todos cruzamos la vereda... y a todos nos da miedito la misma forma física y la misma gorrita, la diferencia es que uno pelea contra eso y lo resuelve como puede, pero hay una monstruosidad que nos atraviesa a todos. Estas señoras que decían cosas en el escenario con un nivel de violencia impresionante hace algunos años no se diferencian mucho de algunas personas que vemos en las redes, en la calle y en la televisión hoy. Volvemos a eso de “si la realidad supera a la ficción”.
–En ese cruce entre la realidad y la ficción, estás haciendo "La obra", de Mariano Pensotti, en distintos lugares del mundo. Tu pareja, Horacio Acosta, esta vez es también tu compañero de elenco, ¿solo siendo los dos actores es posible compartir esas aventuras?
–La obra está siendo una experiencia sensacional porque Pensotti es un creador que construye un mundo al cual tenés que sumarte, en un punto es casi antiteatral; basa todo en lo narrativo y en el dispositivo, cuando se supone que en el teatro lo que cuenta es la acción. Esta vez me tocó compartir elenco con mi marido y para nosotros el trabajo conjunto no es un espacio conflictivo. Ahora es perfecto porque nuestro hijo ya es grande y está contando las horas para que nos vayamos con La obra (risas). Nuestra próxima escala es El Piccolo Teatro de Milán, parece increíble. Nosotros actuamos y después paseamos por ahí, es como que nos ganamos un premio grandísimo, lo recontra disfrutamos.
Hace más de 20 años que estamos juntos, lo más complejo que tiene esta profesión es que estudiar, ensayar, escribir, todo se hace en casa, nos vemos las caras todo el día, si sobrevivimos a eso está bastante bien, ¿no? Después también es espectacular cuando te vas un mes ¡a filmar sola a Catamarca! (risas) Pero hay una inconstancia en nuestra rutina que causa un movimiento perpetuo, ¡vivimos como 80 vidas distintas!

–¿A esta altura hay algún límite o seguimos rompiendo todo como en el Parakultural?
–Me gusta romper mis propios límites y los que te pone el afuera, el mainstream te dice “si fuiste graciosa una vez, tenés que serlo diez años; si lloraste bien una vez, a llorar a la llorería los próximos veinte”. Hay algo muy conservador en cómo funciona esa maquinaria y yo soy medio Houdini, maestra del escape, le huyo a hacer siempre lo mismo, ese es el fuego sagrado que me mantiene viva, el amor por lo que hago.
Todo lo que implique un piletazo me da pánico y me interesa. Perdón, pero trabajar es lo que más me gusta hacer en la vida, ahí tengo experiencia pero no vejez, es un lugar siempre nuevo, me gusta mucho hacer lo que se me canta y peleo por eso, no le debo obediencia a nada. Y a la vez creo mucho en el trabajo colectivo, nunca me veo tan sola, para mí la manera es siempre con los otros y no es un slogan, es tan real. Esa es una antorcha que continúa.
Fotos: Alejandro Calderone Caviglia
Coordinación general: Gimena Bugallo
Estilismo: @julieta_moreira
Make up & pelo: @brizuela.makeup
Agradecimientos: @jtbyjt @mando.bsas

