Charo López: "Aún hay gente que prefiere creer que las mujeres no podemos hacer reír"

En este mano a mano con EPU, la comediante dice que el feminismo de derecha no existe, confiesa que le gusta discutir sobre dinero y afirma que ser madre en este momento “es bastante punk”.

“No fumo porque el porro me pega mal, necesito mantener el control, estar lúcida”, dice Charo López, una actriz que elige salir del estereotipo de la comediante tiradora de remates. Y también, de la entrevista chivo. Cualca, sus giras standaperas, ese hermoso delirio radial llamado Qué olor, un coprotagónico en Hoy se arregla el mundo junto a Leo Sbaraglia, la batalla de comedia LOL, División Palermo, Las lindas también leen en el Teatro Picadilly y todo lo que Google quiera promocionar, pero ella no. Porque entre tanto deal, Charo hace otra cosa: charlar, tomar dos cafés, pensar varias cuestiones y reírse si pinta, pero sin sentir la obligación de hacerlo. Cambiame la música.

–Existe la idea de que ahora hay muchas mujeres ocupando lugares importantes en la comedia, un reducto tradicionalmente machista. ¿Es así realmente? Dije: “Arranquemos con un tema tranquilo”.

–Re (se ríe). Es muy distinto lo que sucede con el público y lo que te pasa a nivel estructural en un trabajo. Yo siento que el público no tiene ningún problema en reírse con los chistes hechos por mujeres; de hecho, van al teatro, lo consumen, nosotras existimos, estamos. Pero después, hay algo que todavía no veo ánimos de romper, que es el rol de la comediante. Aún hay gente que prefiere creer que las mujeres no podemos hacer reír. Y lo más importante, todavía no llegamos a un espacio de libertad donde podamos no reírnos. Esa es una vuelta más.

–¿El permiso para no festejar chistes ajenos?

Reivindicar el derecho a no reírnos. Es como que la mujer siempre tiene que estar accesible, ser amable, un poco graciosa aunque no muy intensa, pero riéndote con los demás. Me parece que el no reírse está mucho más castigado, y eso en los entornos laborales se nota un montón. Hay algo de la condescendencia, de ser amable, que es mucho menos perdonado en la mujer que en un varón.

–Esto que decís sobre la amabilidad da para pensar en algunas cuestiones como el exitazo de Barbie. Una propuesta anclada en un feminismo amable, elegante, con un toque de elevación pero digerible, ¿qué pensás de eso?

–Eso pasa porque hay rasgos que nosotras no podemos tener, como ser serias, ser amargas, poner límites, tener poder de decisión, hablar de dinero. Esos temas en una mujer son vistos como una ordinariez, causan mucho rechazo. Hay otro feminismo que se ha sabido adaptar a hablar de una manera rosada, pintar un mundo muy simple. Porque ese feminismo que está en la zona de hombre malo/ mujer buena también es un callejón sin salida, no se puede sostener mucho tiempo esa posición, ahí hay pereza intelectual.

Son temas para cuestionarse, porque también hay otras capas del feminismo que se empiezan a mezclar con el clasismo. En un momento te planteás: “OK, son todas feministas blancas, con plata, no veo una marrón, una pobre o una puta trabajadora, ¿qué está pasando?”. Todos los días me estoy preguntando cómo es, dónde estoy parada. Hay cosas que te cuestionan permanentemente.

–Decime una de esas cosas.

–Mirá, me acuerdo de que cuando fue toda la movida de la Ley del Aborto muchas feministas cuestionaban que había varones vendiendo pañuelos verdes en el Congreso; los sacaban, tipo “salí de acá”. Y yo pensaba: “Pero este chabón es pobre, se está ganando un peso vendiendo pañuelos, no me parece grave”.

Esa necesidad de alguna gente de tener la posta rápido, los lleva a esas categorías boludas tipo “los varones ahora no pueden estar”, y la cosa no es así. Lo pienso porque no creo que ese discurso pueda sostenerse mucho más en el tiempo. No porque me preocupe qué van a hacer los varones de sus vidas, pero me alerta cuando veo a ese feminismo clasista pisotear otras realidades.

–Entre los raros peinados nuevos de la ideología, está el fenómeno del llamado feminismo de derecha. ¿Eso existe o es como los unicornios?

–Yo creo que eso realmente no existe, porque el feminismo tiene que ver con la igualdad y la derecha está preocupada por otras cosas. Así que en esta VOT NO (se ríe). Lo que me encanta es que algunos piensan: “Si no hay feminismo de derecha, la izquierda es feminista”, y realmente no pasa. Ponerle todo el peso sobre la espalda a Myriam Bregman, tipo: “Mirá las cosas que dijo tu compañero”, tampoco es muy justo.

–Hace un rato hablaste del dinero y tengo la sensación de que a nosotras todavía nos cuesta reclamar guita. ¿Cómo te llevás con eso?

–A mí me gusta discutir de plata, siento que es parte del juego. Y también con todo lo que se habló sobre la canción de Shakira, te digo que encanta que las mujeres facturen. Estoy muy en contra de esa idea impuesta de que la plata es algo de lo que no se habla, esa cuestión espiritual de que los valores reales no tienen que ver con el dinero. Estoy totalmente de acuerdo con esto último, para mí los momentos más felices nunca tuvieron que ver con la guita, pero tener dinero me ayudó para poder hacer cosas que me acercaron más a la felicidad.

Entonces cuando veo a personas despreciando a los que hablan de plata digo: “Claro, pero si son chetos, ¡obvio!” (se ríe). No entienden la alegría que puede darle a una persona que nunca tuvo dinero, de repente llegar a un buen trabajo. No comprenden esa felicidad porque nunca les pasó, y sobre todo nunca tuvieron después de no tener, lo cual es muy diferente.

Cuando veo en TikTok a esos millonarios que nacieron millonarios, no me interesa para nada esa vida, me aburre. Pero si veo a un trapero que nunca tuvo un peso y ahora factura, me divierte esa ostentación, hay una cuota de desprecio ahí. “Tengo todo esto y, ¿qué hago? Me compro una dentadura de oro, ¡entera!” (se ríe). Un rico austero, moral y lógico nunca haría eso, hay algo violento y en contra del dinero en la ostentación que me resulta apasionante, me gusta lo podrido.

–Lo podrido también remite a las formas que adoptan la belleza y la fealdad. ¿Nos metemos con este tema?

–Sí, yo creo que a la belleza hay que usarla si tenés ganas. No estoy de acuerdo con eso de que si sos linda, hegemónica y aceptada, ese capital no debe usarse porque está mal moralmente. Creo que es democrático poder usar tu belleza y el cuerpo que te tocó. Si tu único recurso es ser hegemónica, me parecería cruel decirte que está mal utilizarlo. Entiendo que la hegemonía existe y que si no encajás la vida es espantosa, pero las que encajan no tienen que pedir perdón.

Antes era más pudorosa con mostrar el cuerpo, creía que el camino tenía que venir por el lado de ser graciosa, esforzarme y no sé qué; y al final el cuerpo lo estás explotando siempre, hagas lo que hagas, con tu intelecto y tu tiempo. Pasa más con el cuerpo de las mujeres, no sé si a los hombres los molestan tanto cuando son galanes.

–Y, pasa menos. Cuando una actriz es madre siempre le preguntan cómo cambió su oficio después de la maternidad. Ese tipo de preguntas no son tan frecuentes con los actores.

–Yo no creo que los modifique tanto la paternidad. En cambio, en mi caso, me hago cargo de que con la maternidad me pasaron un montón de cosas. Realmente no dan ganas de trabajar, estás siendo poco funcional al sistema. Siento que de alguna manera ser madre es bastante punk en este momento. Bancar el deseo de tener un hijo no es poca cosa. Hay un truco raro en la maternidad, hay como un imperativo de ser productiva siempre, de no parar nunca.

Hay algo de ser madre y bancar el deseo que me parece bastante contestatario. Y al principio nos da un poco de vergüenza, porque hay un feminismo antimaternidad muy grande, y a mí eso me parece una ordinariez total. Yo me he juntado con otras madres y decíamos bajito: “Che, a mí esto de ser madre me re gusta” (se ríe). Hay mucha gente y lugares antiniños, a mí me coparía una sociedad más proclive a considerar que los niños también son seres humanos.

–¿Y los viejos? Te escuché decir que uno de tus referentes era la artista visual Michèle Lamy (Lala Mich Mich). ¿Ser vieja y disfrutar también es punk?

–Me encanta hablar de esto. Ser viejo y ser feliz es punk. Desde que cumplí 40, empecé a desayunarme con muchos comentarios que escucho por parte de la gente joven. Y, che, ¡estás escupiendo para arriba! Si pensás que ser viejo es lo peor que te puede pasar, te cuento que estás yendo para allá. Si creés que ya no te vas a poder divertir o vestirte como te gusta, que se acabó el disfrute o que ya no podés coger más, poné un freno ahora porque te estás armando un futuro espantoso. A no ser que te mueras, vas para ahí.

Yo recomiendo que se calmen un poco con eso bastante mentiroso ligado a la productividad que tiene la juventud. Cuando alguien como Lala se muestra siendo una vieja que explota sus arrugas y las maquilla para profundizarlas, ver todos sus años me parece encantador.

–Cada día más joven, ¡estás flaquita!

–(Se ríe) Qué sufrimiento por tratar de revertir lo irreversible. A los personajes viejos que disfrutan no les veo la cara de bizcochuelo tirante, sino un cuerpo que no se priva de cosas, y eso para mí tiene una libertad contestataria y una belleza especial. Lo mismo pasa con la flacura. Como persona flaca me parece noble avisar que la felicidad no está acá, la deshonestidad de decir que sos más feliz porque sos flaca debería estar penada por la ley, es una estafa.

Fotos: Gastón Paci
Dirección Creativa: Tomás Würschmidt, Kostüme
Pelo y Make Up: Pola Amengual

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