La extrema dieta que hizo Kim Kardashian para lucir un vestido de Marlyn Monroe: ¿prisión pop o libertad?

El debate se abrió cuando la reconocida empresaria se presentó en la Met Gala con un icónico vestido de Marilyn Monroe, un desafío que la llevó a adelgazar siete kilos en tres semanas para transformarse en otra persona solo por una noche. ¿Hasta qué punto es moral utilizar el cuerpo como herramienta del arte?

Batato Barea se levantó la remera y mostró sus tetas. Fue en una jornada del viejo Instituto de Cooperación Iberoamericana, donde Vivi Tellas había reunido a un grupo de intelectuales para debatir sobre la repetición en el teatro. Él pasó, rompió la palabra con su cuerpo y puso el pecho con una literalidad tan verdadera que dio miedo.

Unos días antes le había contado a la periodista y escritora Laura Ramos, autora de la célebre columna de crónicas ochenteras “Buenos Aires me mata”, que se había inyectado aceite en las tetas y el dolor era tan grande que debió dormir sentado. Pero para Batato, el cuerpo era el último reducto de la libertad, el lugar donde el arte se hacía carne, y la poesía, efímera, ridícula, magnífica, pasaba todas las barreras bajas aunque el tren pudiese arrollarla.

En 1991, Batato, figura fundacional del arte joven argento, claun dulce, poeta sarcástico, explorador del under, sintió que su cuerpo era un campo de batalla, y sus tetas, el último oíd mortales de esa poética reconstruida con textos robados a Alejandra Pizarnik, Marosa di Giorgio y Alfonsina Storni. Unos meses antes, cuando ya sabía que tenía sida, lo dijo claro: “Mamá, yo tengo que dejar algo, mi vida tiene que servir para los demás, tengo que dejar algún mensaje”. Entonces, escribió su madre Nené Bache: “Se puso las tetas para ser libre y sacó para siempre el frío de mi alma”. Meses más tarde, Batato murió.

El vestido fue usado solo en la alfombra roja y las dificultades para subir las escaleras dejaron al descubierto la incapacidad de Kardashian para moverse libremente. Marilyn había vuelto, pero el vestido era su ataúd.

El cuerpo castigado

El martirologio del cuerpo siempre estuvo en escena, desde la Biblia hasta las películas de Cronenberg; el dolor y el sacrificio como acto transformador pueden apropiarse de una enfermera devota que se quema a lo bonzo en la película indie Saint Maud, tomar la forma de una relación sádica y terminal con vidrios incrustados en los pies en Portero de noche o transformar a Kim Kardashian en Marilyn Monroe.

Para esto último se requieren algunas condiciones: usar un traje sauna que comprime hasta los huesos y te deshidrata rápidamente, privarte de una alimentación saludable, restringir las calorías y empujarlas hasta el límite, bajar siete kilos en tres semanas, correr desenfrenadamente en una cinta, decolorarte el pelo durante catorce horas para que tu melena azabache se vuelva rubia platino, y todo esto simplemente para entrar en un vestido con el objetivo de ser otra persona por cinco minutos.

El impacto durará lo que vivan tus stories, pero las preguntas permanecerán. Algunos dicen que Kim simplemente hace lo que quiere y es dueña de sí. Varios consideran su cruzada por usar en la Met Gala el mítico vestido con el que Marilyn Monroe le cantó el feliz cumpleaños a John Kennedy como una proeza. “Mereces lo que sueñas”, diría un cuadrito en Pinterest. El “¿podrán?” tuitero en su versión más polémica.

Kim quiere, Kim tiene

Hace casi dos semanas que se habla de esto, y cuando la palabra no se extingue es por algo. Hagamos un recap de los hechos. Para la Gala del Met, Kim Kardashian se obsesionó con ser Marilyn. En esta segunda parte de la edición, cuya temática era un ombliguista homenaje a la moda estadounidense, Kim pensó: “No hay una figura más yanqui que Marilyn. Quiero el vestido con el que cantó el ‘Happy Birthday, Mr. President’”. Era eso o nada. Y fue por todo.

La prenda en cuestión pertenece al Museo Ripley de Orlando, Florida, y fue comprada para su colección por 4,6 millones de dólares en 2016. Es un diseño de Jean-Louis, célebre vestuarista de la Metro-Goldwyn-Mayer, basado en un boceto del mítico diseñador Bob Mackie, de color nude, absolutamente bordado a mano con cristales. Obviamente, una pieza única que es patrimonio cultural. Kim quiere, Kim tiene. Si no, se encapricha como el niño que llama al mayordomo Jaime porque tiene sed y no hay naranjas.

En esta ocasión no hubo necesidad de ningún desplante. Amanda Joiner, vicepresidenta de publicaciones y licencias de Ripley’s, está chocha y se lo dijo a la revista Us Weekly: “Creo que todos podemos decir que Kim se ve hermosa con el vestido. Obviamente, Marilyn fue un ícono de su tiempo y sentimos que Kim Kardashian realmente es el ícono de la moda de hoy”. 

En este mundo donde uno de cada tres adolescentes confiesa que Instagram y su realidad filtrada empeoran la relación con su cuerpo, “Kim Kardashian dieta Met Gala” sigue siendo tópico líder en los buscadores.

El vestido como ataúd

El detalle es el siguiente: ese vestido, que según reza la leyenda fue cosido sobre la silueta de Marilyn, no podía ser modificado y a Kim no le entraba. Así que decidió apropiarse del cuerpo de Monroe en tres semanas. Un video viral muestra que es difícil ganar los Juegos del Hambre: tres personas tiran infructuosamente de cada costura del vestido para lograr prenderlo mientras una Kim momificada dentro de su ropa interior modeladora ruega que permanezca abierto el cierre.

El atuendo terminó cerrando menos que el final de Lost y se recurrió a una estola de piel que caía sobre la espalda para disimularlo. Fue usado solo en la alfombra roja y las dificultades para subir las escaleras dejaron al descubierto tanto la tensión de las costuras como la incapacidad de Kardashian para moverse libremente. Marilyn había vuelto, pero el vestido era su ataúd.

Después, la prenda fue retirada con esfuerzo, entregada a personal de seguridad y sustituida con una réplica a medida de su portadora, quien logró respirar aliviada solo por un rato, tal como lo confirma un dato posterior: esa noche Kim usó no uno sino dos históricos vestidos de Monroe.

En cierta fiesta privada se calzó un soirée de lentejuelas verde botella firmado por Norman Norell que Marilyn llevó para los premios Globo de Oro 1962. Esa noche, Monroe ganó el Henrietta, reconocimiento a la intérprete favorita del público.

Kardashian se mostró en su cuenta de Instagram con el vestido evidentemente modificado y el Golden Globe original que, casualmente, había sido adquirido por su florista. “Vi esta coincidencia como una señal en la que todas las estrellas se alinearon. Poder canalizar de esta manera mi Marilyn interior será siempre uno de los mayores privilegios de mi vida”, escribió Kim (quien en 2017 sufrió de dismorfia corporal), mientras arrobaba a Julien, la casa de subastas que le facilitó la prenda.

La moda que disciplina cuerpos

Más allá de los múltiples disfraces benéficos que puede adoptar una gala, la moda se alimenta del show, no de la solidaridad. Una industria cuya base es la generación permanente de deseo para producir consumo no piensa en un mundo mejor aunque pregone que “El futuro es mujer” desde remeras que se fabrican por diez dólares y se venden a 200.

La moda es una ilusión, y su tan mentada transformación gracias a la corriente body positive, también. Basta con leer la crueldad de los comentarios en redes cada vez que Lizzo pisa un evento o los elogios a la nueva delgadez de Adele. La marilynización de Kim confirma que los cuerpos siguen siendo disciplinados, sometidos a dudosos patrones estéticos en nombre de la banalidad.

El tema de la Gala se centró en la opulencia de la Edad Dorada y el corsé fue uno de los protagonistas. Grandes estrellas, como Billie Eilish y Rosalía, prácticamente no pudieron respirar con el pecho aplastado. Otras, como Emma Corrin, rompieron las reglas: la actriz fue de corto con un atuendo que homenajeaba a las sufragistas y el resultado fue una llamativa presencia de mensajes de odio tuitero. Los derechos parecen más amables si están encorsetados posando como relojes de arena permanentemente atrasados.

Los límites del show

Y en ese volver al pasado también se esconde otra pregunta. ¿Es lícito usar una prenda que es patrimonio cultural para satisfacer una fantasía personal? ¿Te imaginás a la Gioconda colgada en tu living porque combina con los sillones? ¿Qué pasa si tu sobrino le pinta bigotes con un marcador?, ¿se los borramos? 

No todo se puede comprar, arreglar o rehacer. El patrimonio cultural no es un posteo al que se le incentivan los likes o se lo mejora en la edición. Una prenda de colección no debe ser expuesta a luces, manoseos ni tirones. De esas costuras agrandadas no se vuelve.

En este mundo donde uno de cada tres adolescentes confiesa que Instagram y su realidad filtrada empeoran la relación con su cuerpo, “Kim Kardashian dieta Met Gala” sigue siendo tópico líder en los buscadores. Lili Reinhart, actriz de Riverdale y Estafadoras de Wall Street, agitó su enojo y preocupación mediante stories; por estos pagos, la activista Agustina Cabaleiro (@onlinemami_) hizo un interesante hilo tuitero que generó diversas opiniones acerca del sometimiento corporal para un fin tan frívolo como entrar en el vestido ideal.

No faltaron quienes defendieron el derecho de Kim a hacer lo que se le diera la gana, tampoco quienes la compararon con una performer o con los actores del método. Hoy grandes figuras, como Mads Mikkelsen, ya tienen en claro que con actuar es suficiente, quedar al borde de la muerte como Jared Leto y su adelgazamiento feroz para Dallas Buyers Club mueve más dudas que certezas. Quizás matarse para ganar un Oscar tampoco sea tan loable.

Alguien se identifica con una persona muerta y elige no comer para transformarse en ella, otro se arroja a la vida eterna de la poesía. Batato, Marilyn y Kim son tres cuerpos que se anudan desde planos distintos y adquieren una forma ímproba como versos trasnochados.

“No hay silencio aquí, sino palabras que evitas oír. ¿Cómo explicar con palabras de este mundo que de mí partió un barco… llevándome?”, escribió Batato. Prisión pop o libertad, ese es el dilema central.

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