Por qué nos gusta tanto Rosalía: la artista española llega al país con un disco ácido, bailable, político y conmovedor

En su último álbum, la artista española abraza el poder y la fragilidad y se vuelve el caramelito envenenado de varios que la idolatraron y ahora se niegan a que haga lo que se le dé la grandísima gana.

Una motomami es muy suya y se transforma.

Una motomami sabe quién es y lo lleva por delante porque es brava.

Una motomami es una leyenda del fitness pero siempre pide postre.

Una motomami te puede ride como a su bike.

Una motomami te irrita tanto que no parás de hablar de ella. Pero si jode, es por algo.

La última no figura entre las veinte máximas motomami que Rosalía escribió en Twitter antes de lanzar su último álbum, simplemente, porque la escribí yo. Ella canta “no soy tu bizcochito”, pero seguramente es el caramelito envenenado de varios que idolatraron a una artista de voz prodigiosa y decir quebrado y ahora se niegan a que haga lo que se le dé la grandísima gana.

“En el estudio, todo el rato pensaba: ‘¿Cómo puedo ser más libre? ¿Cómo puedo usar mi voz de una manera en la que no la he usado antes?’. Era una premisa que tenía en este proyecto”, le dijo Rosalía a la periodista María Casado. Y quizás lo que raspa de Motomami sea eso: la infinita libertad que se toma una artista para mezclar géneros en todas sus acepciones, pasando por la moda y su cantinela de “La combi Versace”, los coqueteos genderfluid o el mix entre pasiones aparentemente antagónicas como el jazz, la electrónica, el flamenco, la balada y el trap.

¿Por qué genera conversación Motomami? Porque cuando nadie resiste un archivo, se libera del pasado y abraza todas sus contradicciones, su tapa bien podría ser un meme de la mismísima Venus de Botticelli. El cuerpo desnudo, las caderas redondeadas, una mano cubriendo el sexo, el antebrazo sobre los pechos y el casco motoquero en la cabeza, la melena que se escapa por los bordes como alas de un ángel exterminador, el título grafiteado con caligrafía de mariposa japonesa ensangrentada.

Motomami es la fragilidad y la potencia femeninas, el “nada me importa” y el “todo me impacta”, la furia y la sensibilidad, el ruido que te paraliza y el ritmo que te mueve, la ingenuidad animé y la sexualidad hentai. El todo sobre la nada, un rompecabezas caótico donde las piezas se van ordenando con emociones random hasta lograr una imagen borrosa, como la que aparecía en aquel maldito casete de The Ring.

Pero en este caso, la deformidad de los rostros no conduce a la muerte sino a un signo de estos tiempos fugaces que se alimentan en las redes mediante la circulación de un deseo voraz imposible de satisfacer.

Poco importa qué es una motomami. Algunos dicen que se llama así la sociedad comercial que Rosalía tiene junto con su madre, Pilar Tobella, y su hermana Pilar Vila, alias “Daikyri”, a las que les dedica el disco. Otros sostienen que es el homenaje a las mujeres de su familia y, sobre todo, a su mamá, quien solía calzarse una biker de cuero y manejar una Harley. También están los que analizan semánticamente las letras, aquellos que encuentran referencias a vapuleadas madres luchonas o algunos que retrucan afirmando lo fácil que es hablar de poder feminista cuando la cuenta del banco te sonríe y la jefa sos vos.

Explotando las ambigüedades

Aunque parezca mentira, todos tienen razón. Motomami es un concepto que no niega sus antagonismos. 

Es esta sociedad desvelada por la celebridad donde se cumplió la profecía warholiana de los quince minutos de fama al pie de la letra. Y también es un gran chiste de esos que apuntan a donde duele, en tiempos donde la comedia es lavada e inofensiva. Rosalía tira más verdades sobre la banalidad de la moda y su desfile circense en su canción “La combi Versace” que las que jamás se atrevería a insinuar un medio de comunicación preso de amistades y compromisos comerciales.

Lo que Motomami tiene para decir es que la realidad se mira del derecho y del revés. En la presentación que Rosalía realizó para TikTok (puede verse directamente googleando el nombre del álbum) hay falsa perfo en vivo, videos encajados unos dentro de otros como mamushkas, bailarines madonnianos, cambios de cuadro que te obligan a rotar el dispositivo para acomodar la pantalla o a dejarlo fijo y ver su universo patas para arriba. El auténtico “yo estoy al derecho, dado vuelta estás vos”.

En ese evento virtual donde las canciones se anudan como el fluir de la conciencia y las imágenes parecen salidas de un sueño febril, hay lugar para el amor a los suyos, un cumpleaños sorpresa y cierta receta anti dolor de pies que alguna vez le pasó Bibiana Fernández, la célebre chica Almodóvar: “Masajearse las plantas con crema analgésica, como la que usan los tatuadores”. Motomami junta la belleza y el colorido con el dolor y el ardor, es el tattoo en la espalda que enlazaba el goce en la película Irezumi.

Ácido, bailable, político

Si hace años el director Xavier Dolan irrumpió con la pantalla cuadrada en su film Mommy y pocos supieron ver que la realidad instagrameada se había apoderado de nosotros, hoy Rosalía muestra un trabajo que es autobiográfico, ácido, bailable, político y conmovedor a la velocidad de las stories. Sus partes forman un caleidoscopio roto, donde los colores se deforman hasta convertirse en algo nuevo. Okay, motomami/ Fina, un origami/ Cruda a lo sashimi.

Rosalía habla de sexo y de subirse a su amante como a una moto pero también del duelo que acompaña un amor que no fue porque “si no lo puedes tener, lo tendrás que soltar”.

Es la puta ama y la tía que preserva a su sobrinito Genis de un mundo al que nunca quiere verlo asomado: “Hay picos en los brazo’/ Picos en las estrellas/ No quiero traerte/ Pa’ que nunca vengas/ Pico en las estrellas/ Hay picos en los brazos/ Se amarran cuando hay frío/ Como yo te abrazo”, dice con su voz partida (tantas veces imitada) que dobla sobre sí cien veces como un hojaldre.

La anti-reseña

Esta podría ser la reseña de álbum donde se diseccionan canciones, pero no. Es mejor dejarse llevar por donde los estilos te arrastren, sentir en el cuerpo que no podemos ni queremos escapar de Motomami. Sus mensajes impactan en distintos lugares como disparos de un paintball rabioso.

Rosalía tiene dos discos anteriores, Los ángeles y El mal querer. Ambos fueron hitazos, sentaron una estética y un tono que se desparramaron por todo el mundo, generaron clones y polémicas, cosecharon objeciones de puristas del flamenco que no toleraban la osadía de una catalana atrevida. Rosalía se tomó una pausa, trabajó en la mezcla de Motomami tantos meses como los que lleva un embarazo

No sé si, como decía Silvio Rodríguez, “la era está pariendo un corazón, no puede más, se muere de dolor, y hay que acudir corriendo pues se cae el porvenir”, pero acá algo nació. Y ese algo es tan libre para llorar, enojarse o reír que molesta tanto como Titane, la película torcida e intoxicante donde Julia Ducournau filmó la violencia como un hombre, ganó la Palma de Oro en Cannes y pagó su osadía siendo esnobeada por la industria. A una motomami no le importa mancharse las manos cuando las pone dentro del motor para ajustarlo.

Frontea tu moto, protege a tu mami.

El casco es el mejor bolso de una motomami.

Hay que usarlo siempre para enfrentar la velocidad, zafar de golpes letales, esquivar comentarios paspados, bailar hasta caerte, llorar y que nadie lo note, reírte sin que se den cuenta y reproducir un álbum en loop mientras recorrés las calles. Donde me cogió la noche, me perdí/ Los faros de los coches me llevan pa’ allí.

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