De su imaginación salió el diseño de restaurantes y bares más bello y original de los últimos tiempos. Un despliegue escenográfico que acompaña la propuesta gastronómica y, desde una filosofía que combina materialidad, funcionamiento e identidad, es también la puerta de entrada a un cambio de paradigma. Pasen, vean y prueben.


Qué sencillo es para Eme Carranza explicar de dónde viene, por qué y cómo hace lo que hace. Con un discurso directo, articulando conceptos, con claridad. Por ejemplo, cuando define la raíz de su trabajo de ambientadora: “Encontré un nicho donde podía fusionar mis grandes pasiones: el cine y la gastronomía”.

Quienes hayan visitado el bar Boticario o los restaurantes Niño Gordo y Tora saben de lo que habla, porque en el momento en que pusieron un pie en cualquiera de esos locales se quedaron con la boca abierta ante el armado escénico. Algo así como entrar en el cine con la película empezada. Y después, claro, lo otro: la idea de que la experiencia –ideada y ejecutada por ella en su estudio, junto a sus colaboradoras directas Josefina Pérez Campione y su hermana, Pilar Molina Carranza– debe ser única e irrepetible y, además, seguir sí o sí la premisa de que el concepto trabaje siempre en consonancia con el producto. Será por eso que los lugares que ambienta y crea –suyos son desde el mobiliario hasta la última lamparita– quedan fijos en la memoria visual y en el paladar.

Diplomada en Diseño Gráfico en 2013, Eme, de todos modos, les escapa a los rótulos: “Me cuesta mucho, como que estamos diseñados para rotular todo. Y siento que eso también te condiciona y te limita. Cuando vos decís ‘yo soy esto’, la gente espera algo de vos”, reflexiona. Y de ella, ocupe el casillero que ocupe, se espera mucho.

–¿Cuáles son los proyectos que te seducen y qué pasa cuando intuís que el cliente que te llama busca principalmente el impacto, la foto en Instagram?

–Por lo general, nosotras no tomamos proyectos que no tengan un trasfondo conceptual o donde no haya una idea clara y contundente de lo que se va a vender. Tratamos de trabajar con gente que admiramos, de la cual podemos aprender y que nos da la seguridad de que va a estar dejándolo todo en la propuesta gastronómica así como nosotras dejaremos todo desde la dirección de arte. Porque si eso no sucede, claramente la propuesta estética se devora a la propuesta gastronómica. Y no debe haber discrepancias entre ambas cosas.

¿Cuál fue el primer local que ambientaste?

–Boticario, en 2017. Siempre hice las cosas por curiosidad y un poco también por intuición. Cuando terminé mi carrera empecé a trabajar en escenografía, y como diseñadora laburaba mucho, diciéndole sí a todo. Mi primer trabajo en gastronomía fue hacer la vidriera de Florería Atlántico para Campari. Y haciendo la marca de Boticario, desarrollando el concepto, empecé a meter bocadillos en todo lo que era la ambientación, ya sabiendo que era lo que quería hacer. Hasta que un día el dueño me dijo: “¿Querés hacerte cargo del interiorismo. Hacelo todo”. Y fue como: “Sí, claro”.

«Y así hizo todo. En ese bar, en los restaurantes mencionados y también en la taberna Las Patriotas, en Tigre Morado, en la cafetería Cofi, en La Gintonería (Rosario), en Bilbo Café, en ese clásico que es El Preferido de Palermo, en Wellbar, y la lista sigue.
Si hace más o menos una década la gastronomía en la Argentina comenzó a experimentar un boom, Eme intervino en el proceso para sumar algo fundamental: lugares con identidad y de los que la gente se apropia de manera particular. “Para nosotras, ese es un ejercicio muy interesante. Yo siempre entro en las cuentas de Instagram de los locales que hacemos y veo las selfies que la gente se saca; y me ha pasado, por ejemplo en Niño Gordo, que ese ejército de ciento cuarenta lámparas colgadas del techo yo lo había ideado desde una vista frontal; pero nunca pensé qué pasaba cuando la gente sacaba fotos desde abajo, y de repente está todo el mundo sacándose fotos de ese modo.”

–¿Seguís tendencias mundiales?

–Creo que lo que más miramos es cómo se consume en otros lugares, y cuando pensamos en tendencias pensamos en lo que convoca a la gente, más relacionado con el pensamiento que con la materialidad o la estética.

–¿Se puede lograr de antemano que un local tenga vibra?

–Es algo en lo que hacemos hincapié y creo que se debe a que trabajamos con procesos artesanales. Creemos en toda esta cuestión de las energías. Entrar en un espacio y ver cómo es la inserción de la luz, cómo vibra, si se siente como un lugar más diurno o nocturno, es una cuestión a la que le prestamos mucha atención. Tratamos de no trabajar con productos industrializados y sí con proveedores que son casi artesanos y hacen las cosas a mano, piezas que ninguna sale igual a la otra. Obviamente que eso lleva el doble de trabajo. Pero cuando el proceso es artesanal, se siente que el producto tiene alma. Entrás en El Preferido, por ejemplo, y sentís que estuvo así siempre, no es un lugar que lo ves remodelado nuevo: es un lugar que tiene historia, donde las paredes hablan, donde hay energía. Y esa vibra yo creo que se la dan los materiales que utilizamos, que ya tienen una carga. Cuando ves una pared que tiene saltos, diferencias de tamaños y espesores, ves la mano de alguien.

“Tratamos de trabajar con gente que admiramos, de la cual podemos aprender y que nos da la seguridad de que va a estar dejándolo todo en la propuesta gastronómica así como nosotras dejaremos todo desde la dirección de arte.”

–¿Sos de regresar a los locales que ambientaste? ¿Qué te devuelven?

–Sí, porque me gusta hacer cosas que perduren en el tiempo. Justamente dejé de trabajar en escenografía por eso: en cine montás algo que se desmonta, hacés algo que es como un cuadrito. Me gusta ver cómo los espacios se transforman, volver después de un año de haberlos hecho a ver qué me devuelven, cómo están. Sobre todo me pasa con las plantas. Vos proyectás algo y pensás: “Esto va a crecer y crecer y se va a poner hermoso”.

Es un buen ejercicio imaginarla en esa situación, hablando con los dueños de los locales, preguntándoles por qué esta silla está acá y no allá, buscando el asombro en la cara de los que entran acaso por primera vez. Y de algún modo, también, le pone cuerpo al cadencioso, paciente decir que llega vía celular. De tan amable que es, hace soltar un poco las riendas de la conversación e invita a preguntar (¿cómo no hacerlo, si diseña locales hermosos?) cómo es su casa. “A ver… a ver (se ríe), es un rejunte de un millón de cosas que me parecen hermosas y que todo el tiempo van cambiando. Soy una persona que levanta cosas por la calle, las recicla y se hace un mueble. Es un mundo bastante deforme e interesante. Pero, bueno, también de repente digo: ‘Che, esto va para tal local, lo saco’. Tengo empapelados en las paredes, tengo muchas plantas, pero por sobre todo mezclo y combino cosas a full. No hago ambientaciones de casas de otros porque me parece superaburrido: la casa es el lugar donde la mente tiene que relajarse, y nosotras lo que queremos es estimularla.”

–¿En qué proyectos estás trabajando ahora?

–En varios. Uno que es un proyectazo: la restauración de la fábrica de Quilmes, en el Barrio Industrial. Va a ser museo y tendrá un bar con propuesta gastronómica. También estamos con una parrilla japonesa, en Palermo; con un nuevo proyecto de Ariel Rodríguez Palacios; otro con Inés De Los Santos, que abrirá un bar con estética vietnamita. También estamos haciendo la fábrica de los anteojos Vulk. Y me asocié en un proyecto con los chicos de [el bar] Tres Monos y estamos haciendo un local con una rotisería adelante y un bar en el fondo. Es la primera vez que vamos a participar como socias.

–¿Tenés algún favorito entre los locales que hiciste?

–Todos. ¿Sabés por qué?, porque cada uno propone algo distinto. Es como con los amigos: con uno vas a jugar a la pelota, con otro te vas a comer un asado, con otro saliste a comprar algo. Y todos son necesarios y a todos los querés. Tal vez me pase cuando tenga el mío, ¿no?


Make up y pelo: Camila Brizuela de @brizuela.makeup
Agradecimiento: Tigre Morado