Lucia Franzé decidió cambiar de rumbo. Dejó su trabajo como arquitecta para adentrarse de lleno al mundo de los tatuajes, sin nada, más que la certeza de haber encontrado su verdadera vocación.


–¿Cómo fue la transición de arquitecta a tatuadora?

–Cuando vienen a tatuarse, siempre me lo preguntan, y la verdad es que doy una respuesta muy poco poética porque fue de casualidad. Yo estaba recibida, trabajando en un banco, y una amiga me dice de hacer un curso de cuatro semanas para tatuar, muy básico. Cuando terminó, nos teníamos que poner a practicar, y la valiente fue mi mamá. Le hice un tatuaje en la nuca, cosa de que no lo vea, lo subí a Instagram y un montón de gente se empezó a copar. En esa época nadie tenía cuenta, éramos muy pocos, y al empezar a hacerles los tatuajes a mis amigos y subir los trabajos, empezaron a llegar más pedidos. Estuve un año y medio con ambos trabajos hasta que me llamaron para hacer un comercial de Lee contando mi historia. Cuando volví a la oficina después de dos días de rodaje, me encontré desconectadísima, y ahí les dije a todos, aún sin tener un mango ahorrado, que me iba.

–A lo largo de este camino como tatuadora haz incorporado dos movimientos: el feminismo y el vegetarianismo.

–Sí, me puse a salir con Gastón, que es vegetariano hace más de trece años, y eso influyó mucho. Yo nunca tuve mucha devoción por la carne y me pareció que podía adaptarme. Si bien él no tenía ningún problema, yo no me iba a comer un bife de chorizo cuando nos veíamos, me parecía que no daba. Así que cuando estábamos juntos no comía carne, y hablando con él e investigando por mi cuenta terminé eligiendo ser vegetariana. De todos modos, lo mío es con mucha flexibilidad porque si voy a un lugar y algo tiene un poco de carne y no se la puedo sacar, ya está, no estoy en plan estricto. Por ahora no soy militante pero me gusta que la gente que come carne sepa que hay otra opción y que puede reducir el consumo.

–¿Creés que el ser humano es mayoritariamente responsable de todo lo que le ocurre al planeta?

–Está bueno lo que uno pueda hacer por su cuenta, pero de arriba tiene que bajar esta cosa salvaje de querer explotar todo y por lo menos tener conciencia. Somos todos responsables y todo está dado para que no nos demos cuenta, al menos, no todos a la vez. Cuando uno se despierta y trata de despertar a los otros, muchas veces terminamos peleando. Uno no quiere perder sus privilegios o que le digan que está oprimiendo a alguien, pero por lo menos está bueno empezar por reconocerlo.

Y sobre el feminismo, ¿recordás qué te estimuló para que participes tan activamente?

–Hoy, yendo para atrás, me doy cuenta de que mi crianza fue bastante feminista, en el sentido de que no tuve un padre que se impusiera, que me dijera qué era lo que tenía que hacer o dejar de hacer. Recuerdo que hace mucho, cuando estaba en pareja con otra persona y nos juntábamos todos a comer, al terminar, los chicos se quedaban en la mesa y seguían boludeando mientras que las chicas juntaban todo y se ponían a lavar los platos. Yo me sentía desorientada, me preguntaba qué hacer. Después, todo explotó con las marchas en las que participamos con todas mis amigas. Me puse a leer, a escuchar distintas voces, a abrir mi cabeza y encontrar en mí los comportamientos machistas que tenía, porque obviamente por más de que mi crianza haya sido bastante abierta, tengo comportamientos machistas, y eso es clave de entender. Todos lo somos, pero algunos lo vamos sacando de a poco.

–¿Sentís que tus relaciones con otras mujeres y entre las mujeres ha cambiado?

–Sí, un montón. Creo además que mucho de lo que pasaba nos lo hicieron creer. Nos hicieron creer que nos odiábamos o que competíamos. Yo me acuerdo de repetir frases típicas en los ambientes laborales de “las minas son todas unas víboras” o “los equipos de mujeres se pisan la cabeza entre todas”. Entonces es darte cuenta de que hay mucho de que nos hicieron fama y nosotras nos la creímos.

–A la hora de tatuarse, ¿qué cosas recomendás y qué no?

–Primero y principal, recomiendo que piensen bien qué es lo que se quieren hacer, que maduren la idea del tatuaje al menos tres meses. Banco a los impulsivos, pero esto va para los que están indecisos, que quieren tatuarse pero no saben muy bien qué: hay tiempo. Mi primer tatuaje fue un brazalete, no lo odio pero podría no estar en mi brazo que estaría todo bien. Lo que no recomiendo, porque no estoy muy a favor, son los tatuajes de parejas; creo que hasta en un punto es medio mufa. Y después, saber que siempre vas a tener que cuidarlo de la exposición solar, porque hay gente que no sabe que es una tarea que deben hacer y se enteran después de que se tatuaron. Decidí hace un tiempo no tatuar los pies, porque son lugares donde se suele borrar fácil, ni las costillas, porque se expande mucho. Escuchen al tatuador, si les dice que no a algo es porque quiere que les quede bien, no porque se pone en ortiva.

–¿Recordás un tatuaje con el que hayas quedado fascinada?

–El tatuaje de El beso, de Gustav Klimt, que le hice a una chica en el brazo y la gente flasheó un montón; tuve una gran repercusión. De hecho, me lo volvieron a pedir miles de veces, pero todavía no lo volví a hacer. Otro que también recuerdo es uno de La La Land; la idea no fue mía sino de una chica que estudió cine y me trajo recortes de fotogramas de la película en distintos momentos con diferentes vestuarios. Me gusta cuando viene alguien con una buena idea y entre las dos podemos armar algo copado. Es la mejor dinámica para trabajar.