Alejada de la vorágine del rocanrol, la fotógrafa que mejor supo retratar la intimidad de los músicos más importantes del país se prepara para presentar en mayo la muestra más personal de su carrera: “Inventario”. Un revival a tiempo, un recorrido por las fibras más íntimas de su vida.


Nora Lezano vive ahora en Martínez. Dejó la ciudad, su ciudad de la furia, por un lugar más tranquilo, más verde, menos bullicioso. Vive entre plantas, cuadros, libros y discos junto a su perra Blanqui y su tortuga

Chicha. Vive, como dice ella, “entre la lealtad y la sabiduría”. Hace mucho que no escucha música al palo, va a un recital o a una fiesta. Hace mucho, como dice ella, “dejó el rock”. No de sacar fotos a guitarristas, bajistas y cantantes, sino que lo dejó como forma de vida. Porque el rock, sabemos, no son sólo tres acordes. Fueron 30 años de gira por la misma ruta, infinitos amigos, noches lisérgicas, imágenes paganas. El cuerpo dijo basta, la cabeza también. A un año de sus 50, “de la mitad de la vida”, según su sonrisa optimista, quiere cambiar. La vida y sus padres le dejaron la pasión por el registro compulsivo de las cosas. De todo, de absolutamente todo, tiene un registro. En cuadernos, en audios de contestador, en cartas, en muñecas, en agendas, en remeras, en souvenirs y en fotos, claro, en miles y miles de fotos y grabaciones que tomó a lo largo de sus años, y que ahora está dispuesta a mostrar. “El karma, ese espíritu de justicia que justifica y equilibra los actos de todas las personas. Por eso registraba, por eso no podía parar. En algún momento algo iba a pasar con todo esto”, Lezano dixit. Y va a pasar; porque el 12 de mayo presenta en la Bienal Internacional de Performance local, “Inventario”, su muestra más personal de todas, autobiográfica, que recorre no sólo su etapa profesional sino el costado más íntimo de la fotógrafa, desde su familia hasta viajes, sexo y sus miedos. Una locura impensada, un revival a tiempo. Es Nora Lezano y la intuición de su destino.

“Era hora de cambiar de foco, de dar la vuelta la cámara. Lo venía pensando hace mucho. No es fácil, obvio, pero la vida sola te arrima a estas decisiones. Fueron muchos años de rock, excesos, agite. Y los años se encargan de finalizar las etapas. El cuerpo, lógico, el termómetro de la realidad. No podría volver a la vida que tenía antes.”

¿Cómo era?

–Rock. Mucha inconciencia. No me arrepiento de nada, al contrario, fui muy feliz y muy afortunada por todo lo que viví, pero ahora estoy en otra etapa. Hasta entendí que puedo llegar a comprobar los mismos estados sin tomar nada, sin fumar, sin alcohol. La droga lo único que hace es potenciar las personalidades de las personas. Si sos un hijo de puta y tomás merca seguramente seas más hijo de puta. Nada más.

¿Y hoy por dónde pasa tu enfoque?

–Mi perra, mi casa, mis plantas, mis amigos, mi laburo y ahora mi muestra. Me convocaron para participar en la Bienal Internacional de Performance con “Inventario”, mi obra más personal. Una locura que vengo trabajando con un amigo superartista, Emilio García Wehbi, que muestra básicamente toda mi vida, desde mi familia hasta mis momentos más íntimos, sin filtro, sin nada. Quiero retratar lo privado.

Parece difícil ese proceso de revival, más aún, a situaciones quizás no tan felices.

–Si la vida me puso en situaciones adversas por algo fue. Para hacerme más fuerte, para desarrollarme como artista, para crecer como persona. Lo increíble es que tenga de todas esas situaciones al menos un recuerdo tangible. Soy una registradora compulsiva de las cosas. Todo lo que me pasó lo anoté en un cuaderno, le saqué fotos o lo filmé. Y sino fui yo, fueron mis padres. Es genético, mi mamá tiene hasta los cuadernos de mi jardín. Imagino que debe ser un tipo de adicción.

Una pulsión…

–… muy vinculada al karma. Por algo yo hacía todo lo que hacía. En la vida no hay nada gratis, todo tiene un sentido. Y todo depende, quiero creer, del miedo a la muerte. Esa sensación que aparece de grande, de chico uno vive mucho más inconsciente, no te va a pasar nada, pero pasa.

¿Viviste alguna situación que en su momento naturalizabas y que hoy juzgarías de otro modo?

–Sí, claro, ese es un fenómeno que está sucediendo en todas las sociedades y el rock no está exento de ello. Parte de lo que sucede en mis fotos tiene que ver con que tuve el doble papel de fotógrafa y de fan de muchísimos de los artistas a los que retraté. Siempre hubo una relación de poder desigual entre una fan y su ídolo que genera situaciones que antes naturalizábamos y que hoy serían inaceptables. En el 96, yo tenía 26 años y había entrado medio infiltrada a la prueba de sonido de un cantante inglés muy famoso. Me ubiqué lejos del escenario, delante de la torre de sonido, casi a mitad del estadio, creyendo que los músicos no me veían. En un momento, el líder en cuestión baja del escenario encarando hacia la torre de sonido y yo, que se suponía que no podía estar sacando fotos, entré en pánico y escondí rápido mi cámara. Cuestión que se para delante de mí, me agarra la cara con las dos manos, me encaja un beso en la boca y sigue su camino. Rápidamente después del shock, mi lectura fue: qué privilegio el mío, que mi ídolo me robe un beso, pero a los ojos de hoy obviamente el tipo no tenía ningún derecho a aprovecharse de la diferencia de poder entre él, un cantante famoso, y yo, una fotógrafa/fan. Estas cosas hoy las miramos de otro modo y vamos entendiendo qué es el acoso, qué es el abuso, qué conductas son inaceptables y cuáles son parte de decisiones entre dos personas que son pares o tienen los mismos privilegios.

–En este último tiempo se multiplicaron las denuncias de mujeres por abusos y violencia dentro del rock. Las pibas ya no se callan ante situaciones de poder ni se refugian en la sombra detrás del ídolo violento. ¿Qué fue lo que cambió?

–Justamente lo que decía antes. Hoy estamos pudiendo ver cosas que teníamos naturalizadas y podemos denunciarlas o decirlas en voz alta. Estamos despertando nuestra mirada a perspectivas que estaban oscurecidas. Los varones también van despertando de situaciones que parecían normales y que de a poco entienden que son producto de privilegios y relaciones de poder desiguales con las mujeres.

–La participación de las mujeres en el rock creció en los últimos años. Aun así, ¿qué falta?

–Lo mismo que en otros sectores de la sociedad, que tengan más espacio las mujeres, menos machismo en quienes toman las decisiones de contratarlas, sean editores o productores, pero también es una cuestión de igualdad de oportunidades. Por ejemplo: cubrir conciertos y giras supone horarios y dinámicas de trabajo que tal vez las mujeres puedan elegir menos porque se ven obligadas a hacerse cargo del cuidado de los hijos o de los enfermos en las familias. Pero por suerte todo eso está cambiando, aunque lentamente.


La muestra “Inventario”de Nora Lezano se va a presentar el 12 de mayo en el nuevo Espacio C en el marco de la tercera Bienal Internacional de Performance, un evento organizado por la Fundación Babilonia para las Artes, la Ciencia y la Cultura. El curador de la obra de Lezano es el artista Emilio García Wehbi.


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