Kate Moss, la diosa menos pensada

Bajita, piel y hueso, cabello castaño y ojos marrones. La descripción no suena muy interesante, sin embargo corresponde a la mujer que se convirtió en ícono de su tiempo y no tiene quien le haga sombra.

Sarah Daukas, la dueña de la agencia de modelos Storm, no podía dejar de mirarla y no sabía por qué. La adolescente con cara de embole que esperaba la salida de su vuelo en el aeropuerto Kennedy, Nueva York, era la nada misma en el momento en que la palabra belleza era sinónimo de Claudia Schiffer o Naomi Campbell, mujeres pulposas de un metro ochenta. Pero el ojo clínico de Sarah, que le calculó 1,65 y menos de cincuenta kilos, vio algo así como un lienzo en blanco. Pocas semanas después, Katherine Ann Moss, de 14 años, la hija de una camarera y un agente de viajes de Londres, salía en la tapa de la revista británica The Face y comenzaba una carrera que la convertiría en la número uno por dos largas décadas. 

 

El trayecto fue lo más parecido a una montaña rusa, combinando ascensos triunfales a la pasarela y descensos a todos los círculos del Infierno, envuelta en drogas y alcohol. Pero a los 37 años, cuando sus colegas de la edad de oro del modelaje ya están retiradas en sus mansiones de la Toscana o la campiña inglesa, Kate sigue firmando contratos descomunales. Por estos días ilumina la tapa de Vogue, es la cara del nuevo labial de Dior y se la siguen disputando todas las marcas de nivel. La revista Forbes, que la considera “una de las celebridades más ricas e influyentes del mundo”, calcula que factura unos 15 millones de dólares por año entre contratos de publicidad y venta de productos con su nombre, desde ropa económica hasta carteras caras o sus perfumes Lilabelle, Vintage, Vintage Muse y Kate. 

 

Quizá uno de los secretos de su éxito resida en que sigue teniendo esa cara perfecta en la que ningún exceso dejó huella. Y eso que los hubo por demás, siempre magnificados por el diario inglés The Mirror, su archienemigo, al que le ganó un juicio en 2004 por una nota donde la acusaban de drogadicta y cuyas páginas se tuvo que tragar el 15 de septiembre de 2005, cuando publicaron en la tapa una foto suya aspirando cocaína en una fiesta. El asunto le costó una fortuna: todas las marcas le cancelaron los contratos y en la industria de la moda se rumoreaba que Kate Moss era historia. Demasiados años de “livin’ la vida loca”, dijeron los que la odian, y sacaron a relucir sus amores tormentosos y, particularmente, su época demoliendo hoteles junto a Johnny Depp en los 90. Para colmo, en esos días la modelo estaba en las tandas publicitarias prime time británico protagonizando un aviso de cosméticos que la mostraba vestida de cuero, cruzando Londres en moto con el rock “Dame otra cerveza fría”, de Steven Crayn, como cortina musical. 

 

Pero no fue más que una tormenta de verano y, tras un par de meses de encierro, volvió como si nada: las mismas marcas que la habían repudiado la querían otra vez. Eso sí, Kate no había aprendido ninguna lección, y si bien no la volvieron a fotografiar metiéndose cocaína en la nariz, la encontraron borracha mil veces. En febrero de 2008 la vieron salir de un club nocturno sostenida por su novio, Jamie Hince, porque se tambaleaba. El siguiente bochorno fue en Berlín, cuando salió tan alcoholizada de una discoteca que, al tropezar, perdió las extensiones de cabello que lucía. Unos días más tarde salió de la casa de Stella McCartney con algunas copas de más, rasguños en la mejilla y un novio con un ojo negro, señal inequívoca de una gresca que ninguno de los asistentes quiso confirmar, aunque no hacía falta. Para 2010 era obvio que Moss se había vuelto alcohólica, sin embargo le dio una nota a una revista italiana en la que declaró muy suelta de cuerpo: “Los excesos terminaron. Es hora de poner en orden mi vida porque ya no soy una niña”. La publicación no había llegado a los kioscos y Kate era sacada por amigos de una fiesta de la BBC porque no se tenía en pie. 

 

Sus deseos de enderezarse seguramente eran ciertos, ya no era la chiquilina rebelde e indisciplinada de sus comienzos sino la mamá de Lila Grace, nacida el 29 de septiembre de 2002, hija del músico Jefferson Hack. La pareja duró poco, pero quienes conocen a Moss aseguran que no miente cuando dice que la nena es lo más importante de su vida. Durante el embarazo, en el que casi no perdió la línea, posó desnuda para Lucien Freud (nieto de Sigmund y considerado en ese momento el más grande de los artistas vivos) en un controvertido retrato que se vendió en 3.930.000 libras esterlinas. 

 

Este año Kate pareció comenzar a enderezarse. Al menos eso creen los que la ven junto a Jaime Hince, guitarrista de The Kills, con quien se casó el último 1 de julio por la mañana en una iglesia y, esa misma tarde, en una ceremonia íntima oficiada por tres monjes budistas. La modelo llegó al altar rodeada por catorce damas de honor, luciendo un magnífico vestido de John Galliano, y luego ofreció una recepción en su casa donde dicen que no se sirvió alcohol. Nadie sabe si Kate Moss sentó cabeza, lo cierto es que su nueva vida tiene a todo el mundo asombrado. Y el resultado, cuándo no, es una lluvia de contratos. 

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