Pilar Gamboa: "Lo colectivo es una pócima para dominar el ego"
Figura clave del teatro independiente y protagonista a su vez de grandes producciones mainstream, reestrena dieciséis años después El tiempo todo entero y repasa la huella de las dos compañías que marcaron su carrera. En esta entrevista, habla sobre su recorrido como artista y la potencia de crear junto a otros en un medio cada vez más individualista.
Una actriz dijo que Pilar Gamboa está poseída por sus personajes; esa es la única explicación para entender que alguien pueda ser el Carli de Petróleo, la malandra que acuna dudosos individuos junto a Malena Pichot en Viudas negras, uno de los pétalos que se despliegan como un origami junto a Elisa Carricajo, Laura Paredes y Valeria Correa, sus compañeras de la compañía Piel de Lava, en La flor, la protagonista de exitazos mainstream como Envidiosa o División Palermo y el rostro de películas de culto como El incendio. Por estos días volvió con El tiempo todo entero, la pieza de Romina Paula que estrenó la compañía El Silencio, integrada por Susana Pampín, Esteban Bigliardi, Esteban Lamothe y la propia Pilar, más de una década atrás.
–Pasaron dieciséis años desde el estreno de esta obra y en este regreso retoman los personajes que hicieron originalmente. ¿Cómo es reencontrarse con tu yo del pasado?
–Es una experiencia muy particular porque fue una obra que nos formó, dio inicio a nuestra compañía El Silencio y, es raro decirlo, fue como nuestro hit. Arrancamos en Espacio Callejón, una sala emblemática que en ese momento para mí era como una segunda casa y sorpresivamente empezó a convocar un montón de gente, tuvimos una temporada larga y después también viajamos a un montón de festivales.

El tiempo todo entero es una obra preciosa que nos dio un montón, una versión libre y hermosa de El zoo de cristal que escribió Romina Paula, alguien que es una crack total de las palabras, de cómo ver el mundo, de encontrar el humor en la tristeza. Es nuestro propio clásico. Entonces, volver a hacerla con nuestras vidas completamente distintas a las de entonces en cierto modo confronta tu propio pasado con el presente. Lamothe dice que somos como El Chavo, siempre volvemos (se ríe).
–A diferencia de cuando hicieron la obra por primera vez, ahora todos ustedes son actores muy conocidos. ¿Cambia algo?
–El paso del tiempo nos encuentra parados en un lugar diferente y a la vez familiar. Por suerte con el privilegio de que todos hemos logrado trabajar de lo que nos gusta, porque cuando la obra se estrenó teníamos otros trabajos, actuar nos daba un montón pero no nos alcanzaba para pagar el alquiler… en ese momento ninguno había saltado a una cosa más comercial.
Arrojarnos a la aventura de volver a hacerla fue medio mágico. Dudamos, pero cuando empezamos a ensayar, la obra apareció en los personajes y en el texto, pero también con nuestros cuerpos ya modificados. Todos tuvimos hijos, nuestras vidas cambiaron un montón y soy consciente de eso. Por ejemplo, mi personaje, Antonia, es una chica que no sale de su casa y que vive con la madre.

En su momento la hice con 29 años ¡y ahora tengo 46! Te preguntás qué va a pasar con la imagen, es imposible no pensarlo, pero al ser una historia clásica que se sumerge en los vínculos, llegué a la conclusión de que aunque mi cuerpo sea otro, y mi emocionalidad también, aparece algo del pasado que se instala desde lo corporal: su tono, su manera de estar en el escenario, el lenguaje de Romina Paula, todo resurgió muy rápido.
Esta obra estaba por delante de nuestros cuerpos ya sin colágeno. Aprovechamos un poco nuestra moderada popularidad para hacerla en un lugar más grande, la sala Pablo Picasso del Paseo La Plaza. ¡Seguimos juntos después de tantos años, por estas cosas soy fanática de la grupalidad!
–Tu vida como actriz está muy marcada por las compañías Piel de Lava y El Silencio. Incluso por fuera de lo teatral: con Susana Pampín y Esteban Lamothe hiciste Envidiosa; con Bigliardi, División Palermo y con las Piel de Lava, nada menos que La flor. ¿Sos algo así como una armadora de amistades irrompibles?
–(Se ríe) La verdad que sí, porque yo creo en esa manera de estar en el mundo. No me gusta pensar en la individualidad. ¡La actuación es tan colectiva! Siento que soy la que soy porque me formé con esta gente durante tantos años; hay algo ahí que es bastante constitutivo e irrompible. El Silencio y Piel de Lava son mis lugares para seguir aprendiendo, me invitan al arrojo, a tirarme a la pileta en cualquier ensayo y saber que ese es el espacio para reír y desafiarme sin ningún tipo de prejuicio, sin temerle al ridículo.

Y cuando no tengo a mi grupo, reconozco todas las herramientas que me han dado. Creo mucho en los distintos puntos de vista, no sé trabajar de otra manera. Me pasa en todos los laburos, te armo grupo con los técnicos, empiezo a saber las historias de sus vidas… No hay caso, necesito crear una especie de teatro entre todos.
–Y en esta democracia laboral, ¿qué lugar ocupa el ego?
–En estas profesiones donde el ego aflora porque uno está expuesto a ser mirado, lo colectivo es una pócima para dominarlo. O al menos para entenderlo, abrazarlo, pelearse con eso. Porque digamos también que no todo es color de rosa: una tiene una opinión, el otro otra y requiere esfuerzo llegar al consenso porque el ego es como un toro mecánico, es duro caerte y levantarte.

–¿Cómo lo manejaste desde que empezaste a protagonizar series tan masivas como Envidiosa o Viudas negras?
–A mí lo comercial me llegó tarde en la vida… aunque, ¡nunca es tarde para nada! Quiero decir que no me pasó a los 18 cuando arranqué, empecé a vivir exclusivamente de lo que hago recién a los 32. Y eso es un privilegio porque llegás con una estructura bastante sólida. Tengo las cosas muy claras en ese sentido, sé quién soy, y con el correr de los años algunas cosas se fueron atenuando, como las ansias de ser protagonista.

En su momento, algunos directores de cine, como Mariano Llinás o Santiago Mitre, empezaron a hacer películas con actores que veníamos del teatro, comenzaron a generar un cruce que desdibujó la línea entre disciplinas y protagonistas, entre lo independiente y lo comercial. Reconozco que tuve mucha suerte, me he encontrado con personas inteligentes, buena onda, también con algún que otro loco, pero en general mis compañeros son gente trabajadora. Creo que nuestra generación borró un poco la escuela de la estelaridad. Me parece que el partido se juega en una cancha más amplia ahora.
–Este verano vas a hacer temporada en Mar del Plata por primera vez con Las hijas. ¿Cómo te lo imaginás?
–Sí, es la primera vez. Nos mudamos por el verano con el Negro (el actor, director y dramaturgo Ignacio Sánchez Mestre) y nuestros hijos, uno de 6 y otra de 4. La idea es combinar vacaciones y trabajo porque yo haré las funciones y él está escribiendo los guiones de dos series junto a Caro Aguirre. A mí la maternidad me dio la posibilidad de optimizar el tiempo, porque me la paso trabajando o maternando y a veces siento que no tengo más ese momento para mí, y a veces lo echo de menos. Estuve intentando leer sin el horizonte de tener que cerrar el libro o tomarme una tarde para maratonear series… Reconozco que extraño el tiempo libre pero exprimo cada minuto que tengo (se ríe).

–¿En qué momento el tiempo libre nos empezó a parecer tiempo perdido?
–Es verdad que en esta sociedad capitalista pareciera que el tiempo debiera ser siempre productivo, perder tiempo está mal visto y a mí me cuesta esa filosofía, sobre todo ahora que con un solo trabajo no llegás a fin de mes y vivimos pluriempleados. Tengo un montón de amigos que salen de un laburo y van corriendo a tres más. El tiempo libre hoy es casi como un bien inalcanzable y yo hago mucho trabajo interno para no sentir que estoy en una carrera loca porque si no, te exponés a la frustración constante, cosa que me pasaba más con la maternidad que con el oficio.

Después entendí que nuestros hijos se están criando con una madre que hace lo que le gusta así que cuando estoy con ellos aprovecho cada instante. Hago un esfuerzo gigante por dejar el celular, no siempre me sale tan fácil, pero intento bajar el grado de ansiedad para poder estar en el presente. Mi personaje, Antonia, dice algo casi contracultural: “Yo profundizo los vínculos que tengo en esta casa y después soporto mi tiempo entero, todo sin parar”. Eso es un desafío en esta sociedad… sobre todo para mí, que sigo conociendo gente. Es muy loco eso, tenés a tus amigos de toda la vida pero siempre surge alguna amistad nueva, aunque el planazo sea volver a casa.

