Javier Cámara: "Una buena actuación me reconcilia con la vida"
De una crisis escolar en la juventud a convertirse en uno de los rostros más versátiles y admirados del cine español. En una charla exclusiva en México, el actor repasa los hitos de su carrera junto a directores como Pedro Almodóvar y Cesc Gay, confiesa su relación crítica como espectador de sus propios trabajos y revela su asignatura pendiente: cruzar el Atlántico para actuar por primera vez en la Argentina.
Definir a Javier Cámara es repasar la historia reciente del cine y la televisión española. Con títulos como Hable con ella, Lucía y el sexo, Torrente, el brazo tonto de la ley, La mala educación, Una pistola en cada mano, Los amantes pasajeros, Truman y las recientes Historias para no contar y 53 domingos, el actor construyó una carrera atravesada por una ductilidad única para transitar la carcajada y la emoción más pura. Durante lo que fue la antesala de los Premios Platino, El Planeta Urbano compartió un mano a mano exclusivo para recorrer sus búsquedas de oficio, su vocación tardía y el amor incondicional que lo une con muchos de los artistas de nuestro país.
–¿Cuándo vas a venir a Argentina? Tenés 80.000 amigos, este junket está lleno de gente que te quiere.
–Lleno, lleno, ya lo sé. No sé qué carajo estoy esperando para ir a Argentina. Ricardo Darín, Dolores Fonzi, Griselda Siciliani, Javier Braier, Darío Grandinetti, tantos. He rodado con miles de viajeros. Con todos, pero nunca crucé a Argentina, porque quiero llegar y hacer algo especial.
–Pero, por favor. Teatro, cine, televisión… Algo tenés que venir a hacer.
–Te lo prometo, es que quiero llegar y estar un ratito. No hacer algo rápido y decir adiós.

–Con tanta carrera encima, es clave preguntarse cuándo supiste que querías ser actor…
–Es que nunca quise ser actor. A los 18 años tuve una crisis brutal como estudiante, suspendí todas las asignaturas. Un profesor que teníamos en una salita de teatro me dijo: “¿Por qué no pruebas en Madrid? Hay una escuela que te piden un nivel más bajo del que has suspendido”. Bueno, pues voy para allá entonces. Ya allí, en la Escuela de Arte Dramático de Madrid, desde la Real Escuela, me eligen. No sé por qué, uno nunca sabe que tiene talento ni que tiene algo especial que a alguien le llamó la atención.
Un día de esos, mientras un director estaba ensayando con un actor y alguien traía un vaso de agua para hacer una escenografía mínima en ese lugar, yo estaba sentado y me caí del caballo: “No me quiero ir de aquí”. A partir de ahí decidí que quería pertenecer a eso. Luego me decanté por actor, pero podía haber sido escenógrafo, haber llevado el atrezo, o haber sido el director, pero no me quería ir de ahí.
–¿Ahí ya confirmaste la profesión?
–No (se ríe). Había hecho varios trabajos y te juro que todavía pensaba que no era actor. Incluso los primeros protagónicos, como una serie que se llamaba Ay señor, señor, con Andrés Pajares, que estuvimos como 26 capítulos rodando y tal, y yo decía “Esto no le gusta a mis amigos, yo creo que todavía esto no es”. Luego hice unos montajes con la Compañía de Teatro Clásico como figuración, y también: “Esto tampoco es ser actor”. Ya en televisión, con Siete Vidas o Torrente, que eso fue a nivel internacional, lo asumí “Ya me puedo sostener aquí, ¿no?”. Pero esa sensación tardó.

–Cuando no estás actuando, ¿qué haces?
–Qué difícil, ¿dormir? También estar con la familia, disfrutar con mis amigos como ahora aquí. Aunque esto sea trabajo, en el fondo es un placer. Porque estás en Xcaret, rodeado de actores maravillosos, todos mis amigos argentinos ahí sentaditos, que me los como con patatas. Y lo único que quiero es estar con ellos un rato, irnos a la piscina, y seguir soñando que algún día trabajaremos juntos y espero que en su país.
–Tuviste películas que trascendieron fronteras en un momento donde no era lo habitual. ¿Sentís que la llegada de las plataformas facilitó ese alcance global? Hoy la repercusión es inmediata y te pueden llegar comentarios desde cualquier rincón del mundo...
–No soy ese tipo de actor mediático al que le escribe gente desde Johannesburgo para decirle que acaba de ver 53 domingos. Pero después te llaman de Netflix y te dicen: "Oye, ha ido muy bien, queremos hacer otra". Para mí ese es el verdadero éxito hoy: que te digan que funcionó y te propongan seguir haciendo cosas. También es verdad que hay producciones mucho más grandilocuentes a nivel mediático. En mi caso, trabajo mucho con Movistar y, cuando ves que logran tantas ventas internacionales, decís: "Bueno, parece que la serie gustó afuera"

–Has trabajado con algunos directores: Almodóvar, Cesc Gay, Santiago Segura también…
–Y me gusta repetir, porque normalmente en la primera no lo doy todo, o sea no me da tiempo. Soy un actor diésel, no soy gasolina. Llámeme de nuevo porque en la segunda la rompo. Llámeme de nuevo porque en esta primera yo, estás contento, pero podía haber hecho más. En la primera nos conocemos, en la segunda profundizamos, en la tercera ya ahí me desnudo del todo y somos amigos.
–¿Y dirigir cuándo?
–He estado dirigiendo algunos capítulos en series, pero ya llegará, es natural. Y si no, tampoco. Me lo paso muy bien siendo actor, dirigir es una responsabilidad muy fuerte, es el que está ahí todo el día y maneja absolutamente todo.
–¿Cuál es tu vínculo con el cine? Más allá de ser parte de su mundo.
–Creo que soy un magnífico espectador, el buen cine me fascina, me emociona, me detiene el tiempo y la respiración. Una buena actuación me reconcilia con la vida. Veo a Alfredo Castro en El club o a Javier Bardem en donde quiera o a Candela Peña o a tantos, o a Griselda Siciliani delante de mí. Quiero decir, disfruto muchísimo del talento y después encima los conozco y los amo. Soy mucho mejor espectador que actor, incluso películas que a la gente no le haya gustado, siempre les veo el lado bueno, noto el esfuerzo, la disposición del director o la directora por intentar haber hecho una película bonita, pero es muy difícil. Es muy difícil hacerlo bien, no conozco a nadie que quiera hacer una mala película, obra o serie. En esta profesión todo el mundo es vocacional y es de una energía brutal.
–Ni Ed Wood se imaginaba.
–Ni Ed Wood, claro, pobrecito. Él quería hacerlo lo mejor posible, y lo intentaba. Nosotros disfrutamos en el trabajo, porque toda la gente que te rodea está ahí para hacer lo mejor posible. Y eso es un privilegio.

–Cuando te toca ver una película en la que vos estás protagonizando, pero estás también como espectador rodeado de gente. ¿Cómo lo vivís?
–Me detesto, no me gusta. Pero si al final la gente aplaude, digo, debo estar bien. “Perdónate, perdónate”. La gente viene y me dice “Oye, qué bonita, tal…” Igual es falso, es mentira. Pero ya está, ya está hecha.
–Además la hiciste hace un año.
–Claro. Cuando ves las películas, las has hecho hace un año. Ya podría hacerlo mejor, sí. Pero ya está. Ya la vi. Ya está grabada, ya está.
–Queda la promesa de que tenés que venir a hacer algo a Argentina…
–Te lo prometo, todos estos amigos argentinos me lo están exigiendo y hasta creo que algunos me van a dejar de hablar por no ir. Pero lo voy a hacer. Que me presionen, por favor. Si me presionan es que me quieren. Tengo unas ganas de conocer tu país que me derrito. Pero llegará el momento perfecto, lo sé.

