Gustavo Villamor: "El camino de los locos termina siendo recorrido por los sabios"

En La Coralina Island House, en Bocas del Toro, Panamá, el creador del área holística cuenta cómo las experiencias que marcaron su vida transformaron su manera de comprender el mundo y lo llevaron a explorar los misterios de las almas, la muerte, la fe y aquello que escapa a la razón.

Cuando llegué a La Coralina, todavía traía conmigo el invierno de Buenos Aires. El contraste entre el calor, la vegetación exuberante y la madera de la arquitectura del hotel, con esa impronta balinesa cuyo vínculo con este rincón del Caribe Gustavo me ayudaría a comprender más tarde, me hacía sentir en otro mundo. Uno que ya empezaba a encantarme. Él me recibió con una sonrisa, pero fue su mirada la que me detuvo: había en ella una sensación peculiar, la de estar frente a alguien a quien, de algún modo, ya conocía, aunque jamás lo hubiera visto. No sabía todavía que, durante los días que compartiríamos, íbamos a hablar de las almas, de la muerte, de la fe y de esas señales que a veces aparecen en la vida sin que sepamos muy bien qué hacer con ellas.

Gustavo tiene una manera particular de entender la existencia, en la que lo visible y lo invisible no necesariamente se contradicen, sino que se complementan. Al frente del área holística de La Coralina, comparte su día a día con Ariel, su pareja desde hace quince años y gerente del hotel. Lo conocería esa misma noche, durante la cena. Cuando Ariel entró al salón, por un instante me pareció que lo había iluminado. Pensé entonces qué extraordinario que Gustavo y Ariel se hubieran encontrado y hubieran elegido caminar juntos. Pero esa es una historia de amor para otra nota.

Al día siguiente, Gustavo me invitó a caminar hasta el beach club para almorzar frente al mar. La conversación fue tomando otro rumbo, cada vez más personal, y mientras lo escuchaba empecé a emocionarme. Algunas de las cosas que me contaba me resultaban extrañamente cercanas, como si encontraran ecos en historias y experiencias que había escuchado a lo largo de mi vida. Me hablaba con una apertura y una confianza que no suelen aparecer entre dos personas que acaban de conocerse. En un momento, le pregunté si podía grabarlo. Accedió. Lo que había comenzado como una comida frente a las olas se había convertido, casi sin buscarlo, en una conversación que merecía ser contada.

EL MUNDO DE LAS ALMAS

—¿Cómo empezó tu historia con los otros planos?

—Mi tía Leonor estudió con Carl Jung y, cuando volvió a la Argentina, empezó a trabajar con parapsicología. A los ocho años, cuando vivía en Trenque Lauquen, percibía cosas que no sabía explicar. Había una voz que me hablaba constantemente, pero me dijeron que no contara más porque los demás se asustaban. Cuando nos mudamos a Buenos Aires, mientras miraba la biblioteca de mi tía, ella me dijo: “Conmigo sí podés hablar de quien te habla”. Para mí no era alguien invisible, sino una voz distinta de la mía. Ella me ayudó a entender que aquello estaba relacionado con el mundo de las almas.

—¿Qué te llevó a vincular esa voz con el tarot?

—Ella me dio los 22 arcanos mayores y me pidió que escribiera sobre cada uno. Así empecé a trabajar con los arquetipos del tarot. Unos meses después, mientras le contaba que esa voz aparecía cuando abría las cartas, profundizamos en el tema y supe que era un gitano.

—¿Sabés quién era?

—Lo llamo el Gitano de las Almas. Cuando investigué mi historia familiar, descubrí que mi abuela paterna venía de una zona del País Vasco con raíces celtas. Trabajaba con hierbas y remedios caseros, y mi padre estudiaba los símbolos. Creo que hay un linaje detrás de todo esto. Cuando hablo con él, siento que estoy hablando con un pariente muy lejano.

—¿Qué lugar ocupa hoy en tu vida?

—Está presente todo el tiempo. Si me preguntás qué soy, te digo que soy tarotista, como él. Estudié chamanismo, psicología analítica, Ciencias Políticas y muchas otras cosas, pero todo resuena con mi campo álmico. Me interesa el mundo de las almas más que el de la humanidad en abstracto. Creo que el alma les da sentido a las cosas y que el cuerpo nos conduce en ese recorrido por esta hermosa Tierra.

Hay una palabra que me gusta mucho: filocalia. Es la atención a la belleza, no como algo meramente estético, sino como aquello que despierta sentimientos, pensamientos e intuiciones. Cuando mirás el mar o la selva, hay símbolos que pueden abrir algo en vos. Un símbolo es una llave. Y cada experiencia que ofrecemos en La Coralina puede funcionar como una llave diferente.

LA ENFERMEDAD Y EL DESPERTAR

En 2003, cuando tenía 33 años y vivía en México, Gustavo empezó a sentir un dolor muy fuerte en la ingle. Mientras lo trataban por una supuesta epididimitis, tenía un sueño recurrente en el que aparecían el Gitano y la Torre del tarot. Una noche decidió cambiar el curso del sueño y acercarse a la torre para descubrir qué había adentro. El Gitano lo tomó de la mano y lo llevó hasta ella, pero no era una torre: era su columna vertebral, de cuyas ventanas salían globos.

A las tres de la mañana, se despertó, fue a una guardia y pidió una ecografía de la columna. El estudio reveló la presencia de 36 tumores. “No recuerdo las tres horas siguientes”, cuenta Gustavo. “Después, alrededor de las nueve o diez de la mañana, me llamó una amiga que vivía en Miami y me contactó con un médico que podía ayudarme, en Médica Sur. Cuando me preguntó dónde estaba, miré alrededor y descubrí que había manejado sin parar hasta la puerta del hospital, del otro lado de la ciudad. ¡Estaba ahí, sin saber cómo había llegado! El médico me dijo que tenían que operarme porque era una metástasis y había que encontrar el tumor de origen. Cuando empezó a explicarme que uno de los testículos podía estar afectado, lo interrumpí: 'Es el testículo, sacá el testículo'. Yo tenía claro que todavía no iba a morir. Me operaron y después hice 25 ciclos de quimioterapia. Tuve que viajar a Estados Unidos para recibir otros tratamientos, vender mi casa y mi auto y recurrir a una colecta de mis amigos, a quienes tardé cinco años en devolverles la plata”, recuerda.

—¿Sentís que esa experiencia te cambió la vida?

—Por supuesto. Me despertó. Antes era un chico exitoso: trabajaba con el segundo hombre más rico del mundo, llevaba adelante una fundación, salía en revistas y conducía un programa. Tenía el Mercedes-Benz, la casa, todo. El sueño del pibe. ¿Querés que te cuente algo? No había alegría. Había felicidad, pero alegría, no.

Mucho después, cuando empecé a sanar, necesité revisar lo que había pasado. Entendí que había algo que no había visto hasta entonces: tenemos un alma que es la que sabe. Somos vida y capaz que es lo único que somos. Después queremos ser esto, queremos ser aquello… ¿Y con la vida qué hacemos?

Ese día, al salir del médico, hice un pacto: no me iba a ir a dormir ningún día sin acompañar a alguien un ratito. Si me preguntás cuál es mi vocación, es acompañar. Eso sí: no acompaño a quien no quiere ser acompañado.

Cuando apareció el proyecto de La Coralina, sentí que era una especie de fractal. Pensé que ahí también habría personas dispuestas a acompañar. Por eso, cuando formo terapeutas, les digo que no alcanza con aprender una técnica: lo importante es saber acompañar.

—¿Cómo fue la recuperación?

—No fue sencilla. Tuve que volver a la Argentina porque me fundí. Mi papá me recibió en su casa y hubo un momento en que estuve en silla de ruedas porque la columna no me dejaba caminar. Sin embargo, seguí yendo a mis clases de flamenco. También me compré todas las temporadas de Will & Grace y Friends y las veía sin parar. Me reía muchísimo. Mis amigos venían a visitarme y terminaban riéndose conmigo. Me decían: "Perdón, ¿no se suponía que nosotros teníamos que levantarte el ánimo?". Y yo les contestaba: "No, tranquilo, yo estoy bárbaro".

—¿La alegría fue una manera de atravesar la enfermedad?

—Totalmente. Cuando alguien está atravesando una situación delicada, siempre le pregunto qué es lo que más le gusta en la vida. A veces me responden: "Mirar Netflix", y les digo automáticamente que aumenten las horas. Es una prescripción médica: necesitamos esa hora de psicoalegría.

Cuando te reís y estás alegre, estás en pulsión de vida. Te reís, bailás y aparece algo chiquitito, lindo, hermoso, que pulsa. Llamalo corazón, llamalo vida, como quieras. Yo seguí yendo a flamenco incluso en silla de ruedas. Sentía que era cuestión de que el sistema nervioso se reorganizara.

También aprendí a mirar de otra manera el sufrimiento. Las víctimas no existen: son la caída del ego. La víctima es el ego en su polaridad más densa. En el fondo, ambos buscan llamar la atención: hacia arriba, el ego se eleva; hacia abajo, aparece la víctima.

Después de recuperarme, un amigo artista me invitó a trabajar coordinando conversaciones filosóficas. Ahí empecé a estudiar vocación humana y psicología analítica. Hoy tengo una editorial de contenidos sobre estos temas, Editorial AANU, que en yoruba significa compasión. También escribo para artistas.

LA FE Y LOS MISTERIOS DE LA EXISTENCIA

—¿Qué cambió en tu manera de pensar la muerte después de haberla vivido tan de cerca?

—El contacto con el mundo de las almas me quita el miedo. Siento que, cuando mi alma deje de ser una conciencia material, voy a encontrarme con otras almas y podremos generar un Ubuntu. Me preocupa más cómo voy a morir que el hecho de que voy a morir. Cada vez que siento miedo, lo conecto con lo desconocido. Entonces pienso: “Bueno, debo estar haciendo algo nuevo”. Creo que el dolor humaniza, el miedo despierta, la culpa concientiza.

Tenía 13 años cuando mi mejor amiga murió en un accidente. Ya había perdido a mis bisabuelos, pero esa fue la pérdida más fuerte. Sabemos que alguien mayor va a morir; el problema es que no sabemos qué hacer con nuestros pares.

Desde que empecé a estudiar el africanismo y la tradición zulú, descubrí otra manera de entender la muerte. Imaginate si empezamos por pensar que puede ser una fiesta. Ya cambia la concepción: deja de ser solamente sufrimiento.

Lo que me preocupa es cuando las doctrinas y las religiones usufructúan la muerte. Al fanático lo veo casi como un psicópata, por esa ceguera: hay algo que eligió y en lo que se quedó. Es una cristalización. Veo muchas posiciones de las que la gente no puede salir.

—¿Esa búsqueda también transformó tu manera de entender la fe?

—Sí. Primero la gente creyó en los fenómenos de la naturaleza; después llegaron los ídolos: Buda, Mahoma, Jesús. Pero ahora estoy pensando en algo maravilloso: no hay nada de todo eso que no podamos hacer nosotros. Eso que hacía Jesús, vos lo podés hacer. Para mí, estamos en un tercer tiempo de la creencia. No tenés que seguir a alguien ni ser fanático de algo si tenés tu conciencia. Por eso creo en la fe en uno mismo, aunque para entenderla necesitás un montón de gente alrededor.

—Pero tener esa mentalidad frente a la enfermedad habla de mucha fe y de fuerza interior.

—O de una creencia. Yo creo que a nadie le llega una prueba sin antes tener los talentos para poder superarla. Cada vez que alguien me cuenta algo que le pasa, le digo: “Esto te va a resignificar, te va a resimbolizar”.

Hay que ser un poco escéptico y hacer todo lo que hay que hacer. Cuando me quedo tranquilo de que estoy haciendo todo lo necesario, aparece lo otro: eso que abre la fe. Yo, desde ese momento, dije: “Yo creé esta enfermedad”. Le di más tiempo a la responsabilidad, al compromiso, a la protección y al control, y no le di tiempo a la confianza, al cuidado y al respeto.

—Hay algo que atraviesa todo lo que contás: la importancia de animarse a pensar distinto, incluso cuando los demás no te entienden y te ven como un loco.

—Bueno, diste con la palabra correcta: el camino de los locos casi siempre termina siendo recorrido por los sabios. El loco también es el gran iniciador, abre una puerta.

—¿Qué pasa cuando salís de este entorno y volvés a la ciudad? Acá todo invita a desacelerar, pero después muchos vivimos en el caos cotidiano.

—Viví nueve años en Ciudad de México, una ciudad caótica. Empecé a meditar de chico y después estudié con Hellinger y en una escuela de chamanismo en Oaxaca. En ese recorrido encontré un libro, Así habla Quetzalcóatl, que me interpeló muchísimo. Quetzalcóatl es la serpiente emplumada. Hay un pasaje que dice:

“Algunos van a lugares donde piensan que han alcanzado la calma, pero cuando vuelven al bullicio, sus corazones se alteran. ¿Dónde guardaron la calma? ¿Qué morada le prepararon en sus pechos que tan pronto se les fue?

Aquel que busca el silencio interior debe encontrarlo en medio de los ruidos, las voces y los gritos, y sentarlo en su corazón. Para buscar la calma interior, no vayan donde hay calma, sino donde no hay paz. Y sean ustedes la paz”.

—¿Cómo ponés en práctica esa idea en tu vida cotidiana?

—Yo no me tomo nada personal. Si estoy en algo caótico, es porque ese caos lo estoy creando yo, y algo me tiene que decir, algo tengo que trabajar. A veces necesito silencio para crear, pero también tomo cosas del caos y de lo que le sucede a la sociedad.

Cuando formo terapeutas, les digo que no alcanza con saber maniobras o masajes: tienen que saber comunicarse y entender que somos un colectivo. No es un cliente, no es un huésped, no es un consultante: es un alma. Ahí desaparece la jerarquía. No aparece una igualdad, sino una relación en la diferencia.

EL SENTIDO DE LOS ENCUENTROS

El último día de mi estadía, antes de despedirnos, Gustavo me invitó al yoga deck para hacer una constelación y una sesión de tarot. Aún de pie, rodeados por la naturaleza, me dijo: “Vos tenías que venir acá, vos tenías que estar en este momento de tu vida en este lugar”. Lo miré y le sonreí. No lo sentí como una frase hecha. Por un instante, incluso, me pregunté si era Gustavo quien hablaba o si, de algún modo, alguien le estaba susurrando al oído las palabras que yo necesitaba escuchar. ¿Acaso era el Gitano de las Almas?, pensé.

Quizás por eso no me cuesta entender que un lugar tan especial como La Coralina esté en manos de personas como Gustavo y Ariel. Hay algo en la manera en que ambos conciben su trabajo que va más allá de la hospitalidad: una disposición genuina a estar presentes para el otro.

De regreso a Buenos Aires, mientras la lluvia volvía a cubrir la ciudad, seguí pensando en ellos y en aquella isla que me había acogido durante cuatro días. No sabría explicar qué hace que ciertos encuentros parezcan destinados a suceder, ni por qué a veces necesitamos tiempo para comprender su sentido. Pero sí sé que algunas personas tienen la capacidad de abrir preguntas que nos acompañan mucho después de haberlas conocido. Tal vez esa sea una de las formas más genuinas de acompañar: dejar en el otro algo que siga haciendo su trabajo, incluso cuando nuestros caminos parecen volver a separarse.

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