Árbol y la alquimia de lo inoxidable: cuerdas, vientos y el regreso al Teatro Ópera tras 18 años
Tras celebrar sus 30 años de ruta con extensos recorridos por la Argentina, Latinoamérica y Europa, el cuarteto emprende ahora uno de los hitos más esperados de su presente: su vuelta al emblemático recinto de la calle Corrientes luego de casi dos décadas.
A finales de 1994, en una casa con sala al fondo en la localidad de Haedo, comenzaba a gestarse uno de los proyectos más singulares, inquietos y polifónicos del rock alternativo argentino: Árbol. Integrado por Pablo Romero (voz), Sebastián Bianchini (bajo), Hernán Bruckner (guitarra) y Martín Millán (batería), el grupo dio su primer paso discográfico independiente en 1996 con Jardín Frenético. Aquel material fundacional llegó a manos de Gustavo Santaolalla a través de los mexicanos Café Tacvba, sellando el ingreso del grupo al sello Surco y abriendo paso a una discografía fundamental: el debut homónimo, el expansivo Chapusongs (2001) y la consagración absoluta con Guau! (2004), semillero de himnos generacionales como "Pequeños Sueños" y "El Fantasma".
Tras celebrar sus 30 años de ruta con extensos recorridos por la Argentina, Latinoamérica y Europa, el cuarteto emprende ahora uno de los hitos más esperados de su presente: su vuelta al emblemático Teatro Ópera de la calle Corrientes luego de 18 años. La ocasión servirá para presentar formalmente en sociedad A-Temporal, Canciones Inoxidables, un trabajo conceptual que desafía la electricidad habitual de la banda para vestirse con arreglos orquestales de cámara.

“¿Qué nos llevó a hacer a hacer A-Temporal? Nos llevó las ganas de hacer algo diferente, de probar otros sonidos, otros formatos y bueno, por suerte pudimos abordar este proyecto en el cual también hay gran parte de nuestro repertorio clásico, trabajando con cuerdas y con metales”, explica Pablo Romero sobre la búsqueda de este nuevo traje sonoro.
Para capturar la pulsión genuina de las composiciones, la banda optó por una dinámica de registro cruda e inmediata: una Live Session en los estudios Casa Frida. Sebastián Bianchini detalla cómo se gestó esa jornada: “Decidimos grabar todo en vivo, se hizo todo en un mismo día y se hicieron varias tomas de cada canción para tratar de captar la energía, la emoción, la toma que tuviera la cosa más emotiva para cada una de las canciones”.

Esa atmósfera acústica y despojada será el eje central de su show en el Ópera. Martín Millán anticipa una puesta en escena pensada para potenciar la calidez tímbrica: “Vamos a tratar de que acompañe esta nueva vestimenta que le hemos puesto a nuestra música y a nuestros temas clásicos. Queremos que sea algo austero, algo que acompañe ese audio tan acústico y con cuerdas y caños, así que no va a ser nada histriónico, más bien de luces tenues y vestuario de colores plenos”.
El título de la obra condensa la madurez de una trayectoria que supo eludir modas pasajeras. “Es un poco darnos cuenta de que transcurrieron 30 años, que se nos pasó volando; no nos dimos cuenta, lo disfrutamos, pero de repente el número es bastante importante”, reflexiona Hernán Bruckner. “Todo el material y todas las canciones atraviesan un montón de eras, momentos distintos del país y momentos distintos de nuestra vida; poder salirnos un poco de esa línea del tiempo y hacerlo A-Temporal. Y para nosotros son canciones inoxidables; las amamos”.

En el plano técnico, la banda asumió la autogestión de su sonido, con Hernán al comando de la consola: “Yo soy el que más se enganchó con la parte técnica de mezclar discos. Me encanta usar la parte técnica para reforzar un sentimiento: desde componer un tema, gritar, grabarlo y mezclarlo, todo de punta a punta. Obviamente los muchachos escucharon y aportaron; Pablito vino varios días a mover las perillas junto conmigo”.
En ese rigor metodológico todavía late la huella imborrable que dejó la producción de Santaolalla. “La lupa que ponemos en cada aspecto a la hora de armar una canción, cómo pensamos los arreglos de voces, cómo pensamos la estructura, es una forma de trabajo que ya se ha hecho carne en nosotros y que muchas veces nos cuesta cambiar”, reconoce Millán.

Pese a las colaboraciones recientes con artistas contemporáneos y disímiles —como la cantante Natalie Pérez, el rapero mexicano LNG/SHT o Sebastián Teysera de La Vela Puerca—, la brújula emocional del conjunto jamás se apartó de sus raíces suburbanas. “Yo soy de Haedo, es lo mejor”, reivindica Pablo. “Ahí estaba la cuna, la casa, la cocina en el fondo donde preparábamos todas nuestras canciones, componíamos y pasábamos horas ensayando en esa sala. Esa esencia sigue estando intacta”. Bruckner, confeso porteño, suma su mirada: “Cada vez que iba a Haedo era como hacer un viaje a otra dimensión. Te bajabas del tren y ya había menos estrés, menos quilombo; nos conectábamos con la música desde ese lado”.
A más de tres décadas de aquel lejano debut en Jardín Frenético, la complicidad interna se erige como el verdadero combustible del grupo. “Estar cada uno con su instrumento, mirarnos y casi sin hablar ya ir para el mismo lado: eso sucedía antes y sigue sucediendo”, sintetiza Romero. Y concluye con optimismo: “Esto nos mantiene juntos: charlar, disfrutar, ponerle humor y hacer música. Va a haber Árbol para rato”.

