¿Y si el problema no fuera envejecer?
Por Malena Garré
La otra noche estaba en una cena y pasó algo curioso.
Éramos ocho personas alrededor de una mesa. Cuando llegó el momento de hablar de proyectos, viajes y deseos, todos parecían estar autorizados a imaginar el futuro. Todos, excepto una mujer de sesenta y tantos.
A ella le preguntaron por sus nietos.
No por su trabajo.
No por sus amores.
No por sus planes.
No por sus sueños.
Por sus nietos.

Y entonces me pregunté: ¿en qué momento decidimos que algunas personas tienen futuro y otros solamente pasados?
Hay algo extraño en nuestra relación con la vejez.
Vivimos más que nunca. Nos obsesiona el bienestar, los suplementos, el ejercicio, las terapias, el skincare y las rutinas de longevidad. Queremos llegar a los cien años.
Pero nadie quiere ser viejo.
Es como querer llegar a París sin atravesar el océano.
Nos gusta la longevidad. Nos incomoda la vejez.
Y esa contradicción se cuela en conversaciones aparentemente inocentes.
Cuando una mujer de cincuenta empieza una relación amorosa, escuchamos comentarios que jamás haríamos sobre una mujer de treinta.
Cuando una persona de setenta quiere emprender, aprender un idioma o iniciar una carrera universitaria, suele recibir una mezcla de sorpresa y sospecha.
Como si hubiera una edad a partir de la cual los deseos empezaran a resultar extravagantes.
A eso se lo llama viejismo.
Y aunque la palabra todavía suena nueva, la práctica es antiquísima.
El viejismo es asumir que la edad define lo que alguien puede, debe o quiere hacer.
Es creer que la experiencia reemplaza al deseo.
Que la jubilación reemplaza a la identidad.
Que la fragilidad reemplaza a la individualidad.

Lo curioso es que nadie se considera viejista.
Porque el viejismo rara vez aparece disfrazado de agresión.
Llega vestido de protección.
“No te preocupes.”
“Yo lo hago por vos.”
“Ya estás grande para eso.”
“No hace falta que trabajes más.”
“¿Para qué vas a estudiar ahora?”
Son frases que parecen amables.
Y sin embargo tienen algo en común: reducen a una persona a su edad.
Asumir que una persona mayor no puede aprender, que no entiende de tecnología, que no desea, que no produce, que no crea, que no decide. Son prejuicios tan naturalizados que muchas veces pasan inadvertidos.
Tal vez por eso el viejismo es tan difícil de detectar.
No se parece al rechazo.
Se parece al paternalismo.
Y quizá la raíz del problema sea que seguimos imaginando la vejez como una etapa homogénea.

Como si cumplir sesenta, setenta u ochenta años transformara mágicamente a millones de personas distintas en una misma categoría.
Pero la realidad es otra.
Hay personas mayores que corren maratones y otras que necesitan apoyos.
Hay quienes empiezan proyectos y quienes quieren descansar.
Hay quienes se enamoran.
Hay quienes emprenden.
Hay quienes escriben libros.
Hay quienes cambian de profesión.
Exactamente igual que en cualquier otra edad.
Porque la vejez no borra las diferencias.
Las multiplica.
La gerontología contemporánea lleva años demostrando que el envejecimiento es mucho más heterogéneo de lo que solemos pensar. No existe una única forma de ser viejo. Existen múltiples vejeces, atravesadas por historias personales, condiciones económicas, redes de apoyo, género, salud, educación y oportunidades.
Por eso quizás la pregunta relevante ya no sea cuántos años tenemos, sino qué hacemos con esos años.
La filósofa Simone de Beauvoir advertía que la sociedad suele convertir a las personas mayores en “otros”, en sujetos ajenos a la vida activa. Pero la realidad actual parece ir en dirección contraria. Cada vez más personas estudian, emprenden, militan, trabajan, viajan, producen conocimiento y construyen proyectos durante décadas que antes eran consideradas una etapa de retiro.
La edad biológica existe. El cuerpo cambia. El tiempo deja marcas. Negarlo sería ingenuo. Pero otra cosa muy distinta es aceptar que esos cambios definan por completo quiénes somos o qué podemos hacer.

Somos contemporáneos de dos revoluciones simultáneas. La primera es tecnológica y ocupa todos los titulares: algoritmos, inteligencia artificial, automatización, robots capaces de realizar tareas que hasta hace poco parecían exclusivamente humanas. La segunda es demográfica y, aunque recibe mucha menos atención, tiene consecuencias igualmente profundas: vivimos más años que nunca en la historia de la humanidad.
Por primera vez convivimos con la posibilidad de que una persona pase un tercio de su vida en la vejez. Nunca antes existieron tantas personas mayores. Nunca antes hubo tantas generaciones coexistiendo al mismo tiempo. Nunca antes la pregunta por cómo vivir, trabajar, amar, estudiar y participar después de los 60, 70 u 80 años había sido tan relevante.
El futuro cercano estará lleno de inteligencia artificial. Pero también estará lleno de personas mayores. La verdadera pregunta es si estamos preparando nuestras instituciones, nuestras ciudades y nuestras empresas para esa realidad.
Por eso, a veces pienso que el miedo a la vejez no tiene tanto que ver con los años.
Tiene que ver con la pérdida de protagonismo.
Con la posibilidad de dejar de ser vistos como sujetos y empezar a ser vistos como categorías.
“El jubilado.”
“La abuela.”
“El anciano.”
“La señora mayor.”

Etiquetas que simplifican vidas enteras.
Y entonces vuelvo a aquella cena.
A esa mujer a la que nadie le preguntó qué soñaba para los próximos años.
Quizás porque seguimos atrapados en una idea equivocada: que la vida es una curva ascendente que alcanza su punto máximo en la adultez y luego empieza a descender.
Pero ¿y si no fuera así?
¿Y si el problema no fuera envejecer?
¿Y si el verdadero problema fuera una sociedad que todavía no aprendió a imaginar futuros para las personas mayores?
Después de todo, todos queremos llegar a viejos.
Lo que todavía no sabemos es cómo convivir con la idea de que, cuando llegue ese momento, seguiremos siendo exactamente eso que somos hoy: personas con deseos, proyectos y derecho a seguir escribiendo nuevas historias.

