Las formas de la luz: el arte de Dan Favin presente en el Malba
Por Marina Oybin
Pocas veces una exposición logra demostrar con tanta contundencia cómo los elementos clave de las artes visuales (luz, color y espacio) pueden provocar una experiencia de intensidad extraordinaria. Sin artificios ni exceso de recursos, Dan Flavin (Nueva York, Estados Unidos, 1933-1996) construyó una de las obras más influyentes del siglo XX. Lo hizo con un material tan cotidiano como los tubos fluorescentes que se compraban en cualquier comercio. Sus instalaciones, que ahora se exhiben en el Malba, convierten la percepción en materia viva: transforman la contemplación en una experiencia incomparable.
Allí, en Av. Pres. Figueroa Alcorta 3415, hasta el 7 de agosto la muestra Dan Flavin: luz, color y espacio, al cuidado de Jessica Morgan y Min Sun Jeon, reúne dieciocho obras históricas realizadas entre las décadas de 1960 y 1970. Integrada exclusivamente por piezas de Dia Art Foundation, permite recorrer el vocabulario visual que el artista creó en toda su carrera.

Su llegada a Buenos Aires coincide además con otro acontecimiento significativo: Penumbra, en Fundación Proa (Av. Don Pedro de Mendoza 1929), una muestra de obras de la colección Dia Art Foundation con artistas como Agnes Martin, Andy Warhol, James Turrell, Richard Serra y Robert Irwin, entre otros.
Ambas dialogan entre sí. Mientras Penumbra propone una reflexión amplia sobre la luz, la percepción y el espacio, la exposición dedicada a Flavin concentra la atención en el artista que convirtió esos elementos en el núcleo absoluto de su producción. Sus obras modifican la arquitectura, alteran la experiencia del visitante y vuelven visible algo que habitualmente damos por sentado: el propio acto de percibir. La pupila hipnotizada agradece. Es necesario caminar, detenerse, volver sobre los propios pasos para descubrir nuevas tonalidades. Los colores cambian a medida que los ojos se adaptan y, en ocasiones, por el tipo de luz resulta imposible tomar una foto que no salga fuera de foco. Las superficies parecen expandirse más allá de sus límites físicos. Una barrera verde se vuelve progresivamente blanca. Una esquina iluminada adquiere nuevas tonalidades según el punto de vista.

Para comprender la radicalidad de la propuesta de Flavin es necesario situarla en el contexto artístico de comienzos de los años sesenta. La escena estadounidense todavía estaba dominada por el expresionismo abstracto, movimiento que había consagrado a figuras como Jackson Pollock, Mark Rothko y Willem de Kooning. Aquellas obras exaltaban la subjetividad del artista, el gesto individual: la pincelada condensaba la expresión emocional. Flavin perteneció a una generación que puso en cuestión esos supuestos. Buscó desplazar la atención desde la expresión individual hacia la experiencia perceptiva. El desafío no fue de qué modo representar emociones o revelar la interioridad del artista, sino cómo desplegar una experiencia singular en el espacio. Sin embargo, sería un error interpretar su producción únicamente como una reacción fría hacia el expresionismo abstracto. Detrás de la aparente neutralidad de sus estructuras luminosas, persiste una dimensión espiritual que remite a su formación temprana.
Dan Flavin creció en el seno de una familia católica irlandesa. La educación religiosa dejó una marca profunda en su sensibilidad. Durante años se sintió fascinado por la pintura de íconos y por la manera en que la tradición cristiana representaba la luz mediante materiales concretos, especialmente a través de las superficies doradas que parecían irradiar luminosidad propia. Antes de convertirse en uno de los referentes del minimalismo, trabajó en la oficina de correos del Museo Guggenheim y también como guardia en el Museo de Arte Moderno de Nueva York. Durante el servicio militar fue observador meteorológico en Corea, donde tuvo que prestar atención permanente a los cambios atmosféricos y a las variaciones de la luz natural.

Más tarde, creó la serie Icons, obras bidimensionales en las que incorporó por primera vez tubos fluorescentes. Aquellas piezas constituyen un momento decisivo de su trayectoria. La luz artificial aparecía allí como una metáfora contemporánea de la luz espiritual presente en los íconos religiosos. Lo que durante siglos había sido representado con pintura y hojas de oro comenzaba a materializarse directamente a través de la iluminación.
El punto de inflexión llegó cuando realizó una obra dedicada a Constantin Brancusi: una simple lámpara fluorescente amarilla instalada en diagonal sobre una pared. Esa pieza inauguró una nueva etapa: desde entonces, la luz fluorescente se convirtió en su único medio de expresión.

La decisión fue radical. Flavin renunció a la pintura, a la escultura tradicional y a cualquier gesto de virtuosismo manual. Optó por trabajar exclusivamente con materiales industriales producidos en serie. Los tubos fluorescentes que utilizaba podían encontrarse en oficinas, comercios o edificios públicos. Eran objetos cotidianos simples diseñados para producir una iluminación uniforme y funcional. Con esos elementos desarrolló un lenguaje visual extraordinariamente complejo. Su vocabulario formal estaba compuesto por tubos de dos, cuatro, seis y ocho pies de longitud y una paleta limitada de colores: a partir de esas restricciones construyó una cantidad asombrosa de variaciones espaciales. La célebre serie dedicada a Vladimir Tatlin constituye uno de los mejores ejemplos. Flavin retoma la idea del monumento para invertir completamente su significado tradicional. Allí donde un monumento suele asociarse con la permanencia, el peso y la estabilidad, él propone estructuras construidas exclusivamente con luz. Monumentos sin masa, sin monumentalidad física, cuya existencia depende de la percepción del espectador.
Otras piezas revelan la importancia que tenía para Flavin la circulación del público. Hay obras que solo pueden comprenderse plenamente al desplazarse frente a ellas. Otras exigen observar cómo la luz colorea los muros, invade las esquinas o transforma gradualmente la percepción visual.

Existe además una paradoja fascinante: los tubos fluorescentes con los que Flavin trabajó durante décadas pertenecen a una tecnología que hoy se encuentra casi extinguida. Muchos de los modelos originales ya no se fabrican y algunos de los gases necesarios para producir determinados colores son cada vez más difíciles de conseguir.
Al finalizar el recorrido, los colores adquieren intensidad inesperada y la sala deviene un espacio extraño. Quizás allí reside la grandeza de Flavin: con sus obras, la trascendencia no requiere espectacularidad. Demostró que un conjunto de tubos fluorescentes puede alterar profundamente nuestra percepción del mundo.

