El secreto de Almodóvar: cómo su cine sigue apostando al riesgo en tiempos de fórmulas

Hijo de la movida española y creador de universos dramáticos multicolores habitados por criaturas desbordadas, el director manchego sumará un peldaño más a su carrera en marzo próximo con Amarga Navidad, su nueva película. Entre la lengua, el melodrama y una influencia que se extiende de Chavela Vargas a Lucrecia Martel, el realizador vuelve sobre su obra, sus herencias y los fantasmas que aún lo interpelan.

Había una vez un director español que diseñó la iconografía de la calle Corrientes. Fue a fines de los 80, cuando el mundo posdictadura y posfranquismo parecía pura promesa. Mientras la movida madrileña tomaba por asalto las artes, las noches y las buenas costumbres, en Buenos Aires una subcultura joven emprendía su propia peregrinación por los cines Lorca, Losuar y Lorraine, donde se proyectaban en múltiples horarios sus películas. Las películas de Almodóvar.

La procesión, sin embargo, comenzaba antes, en casas de amigos. Allí mandaban los vestidos geométricos, las versaceanas camisas de aquellos amantes malditos interpretados por Eusebio Poncela y Antonio Banderas en La ley del deseo, el corte de flequillo a lo Carmen Maura, las licuadoras con gazpacho y aditivos, los pelucones, las plataformas, las amas de casa desesperadas y esas entrañables vecinas de barrio tan parecidas a Chus Lampreave.

Ya lo dijo Joaquín Sabina: todas quisimos ser una chica Almodóvar, como Cecilia Roth. Porque eran atrevidas, sexuales, melodramáticas; hablaban y ejecutaban sus fantasías, eran toreras de incontables víctimas amorosas, como Assumpta Serna en Matador. Podían amar a sus madres sin esconder su monstruosidad, sufrir por un desgraciado y vengarse de él, reírse de lo prohibido y llorar sin que importara el qué dirán.

El periodista cinematográfico Jean-Max Méjean plantea una pregunta polémica en su libro sobre Pedro Almodóvar: “¿Puede un director varón ser quien mejor entiende a las mujeres?”. Las respuestas son tantas como los llamados de Pepa, la desesperada protagonista de Mujeres al borde de un ataque de nervios. ¿Sería posible el cine de Lucrecia Martel, Julia Ducournau o Coralie Fargeat sin Almodóvar? Es difícil saberlo. Lo cierto es que cuesta imaginar Titane, la película de Ducournau, sin ese crimen cometido con un pinche para el pelo a modo de banderilla taurina; pensar en el humor saturado de colores que inunda La sustancia; desatar a la novia descontrolada de Érica Rivas en Relatos salvajes. También resulta inevitable recordar el calor y el polvo de un verano salteño pastoso y conversado, con mujeres que se van decolorando como la tintura de Gregorio, el marido de Graciela Borges en La ciénaga.

El Deseo, la productora de Pedro Almodóvar y su hermano Agustín, produjo varias películas de Martel y Relatos salvajes. Sin Pedro, quizá alguien que atropelló a un perro (o a un niño) no podría vagar persiguiendo su pasado: jamás habría existido La mujer sin cabeza con esa mirada de María Onetto mientras busca las claves de su propio mundo, perdida en un sufrimiento callado y terrible, aunque su pelo pavonee el rubio festivo de Marisa Paredes en Tacones lejanos.

HABLE CON ELLA

Lucrecia Martel y Pedro Almodóvar comparten algo esencial: su conexión con el lenguaje. Un lenguaje que respeta más la tonada que la academia, las palabras que se reconocen en el barrio, en la periferia, las que supieron reinar en las casas y en las bocas de nuestras madres. Quizás por eso, cuando Almodóvar hizo su primer largometraje en inglés, La habitación de al lado, a pesar de ganar el León de Oro en el Festival de Venecia, no tuvo el éxito esperado. La lengua le hizo trampa: el sentimiento se perdió, enredado en frases sintéticas y atuendos distantes.

VENICE, ITALY - SEPTEMBER 03: Pedro Almodovar attends the red carpet of the movie "Queer" during the 81st Venice International Film Festival on September 03, 2024 in Venice, Italy.

Siempre creí que las primeras películas de Almodóvar rescatan algo renegado: la fuerza de lo autóctono llevada con amor y locura a extremos impensados. En el mundo globalizado e insípido que propone el entretenimiento contemporáneo, donde las calles de París, Varsovia o Puerto Madero son todas iguales, como las novelas de Harlan Coben, recorrer aquellas calles madrileñas donde un grupo de amigos filmaba los fines de semana películas tan irreverentes como Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón sería hoy una patada en los dientes del algoritmo.

Esa cercanía con el lugar y con la lengua madre hace que, para Pedro, los melodramas de Douglas Sirk se transformen en boleros cantados en castellano, caramelos de aguardiente, resaca y noche, con el decir desgarrador de Chavela Vargas. Y aunque siempre le costó rodar escenas de amor –porque la ironía o el drama le calzan mejor que la intimidad–, se animó a un erotismo puto y travesti. El beso que es reencuentro y despedida entre los personajes de Leo Sbaraglia y Antonio Banderas en Dolor y gloria o la actriz trans encarnada por Carmen Maura en La ley del deseo dan cuenta de eso.

Allí, Maura interpreta el monólogo de La voz humana; años después, Tilda Swinton lo haría también en un corto elegante, frío e impoluto del realizador. Una voz en el teléfono que no para de volver. Camila Sosa Villada supo evocar esa teatralidad nacida de las claudicaciones del amor en Tesis sobre una domesticación. Como en una subtrama salida de la imaginación de Pedro, Las malas, la novela más célebre de Sosa Villada, se convertirá en una película producida por Armando Bó y Los Javis. Estos últimos –Javier Ambrossi y Javier Calvo–, autores de maravillas como La mesías,Veneno o La llamada, fueron culturalmente criados al calor del laberinto de pasiones almodovariano. El año pasado presentaron la miniserie Pedro x Javis, una charla inolvidable servida y bendecida por el propio Almodóvar, quien siempre les escapó a las biografías pero nunca evadió los giros dramáticos de los mejores culebrones.

Dicen que pesa una estricta prohibición sobre su familia para autorizar biografías tras su muerte, y esa afirmación es real: lo ratifica el propio Pedro en su libro El último sueño. Aunque admite que ese inusual volumen de relatos, recuerdos e intentos por escribir una mala novela dice mucho más sobre él de lo que quisiera revelar. El relato Amarga Navidad, que forma parte del libro, anticipa algunas líneas argumentales de su próxima película homónima, protagonizada por Bárbara Lennie, Leonardo Sbaraglia, Aitana Sánchez-Gijón y Vicky Luengo, de la que ya conocemos el tráiler previo a su estreno en marzo (el 28 de mayo llegará a la Argentina). El misterio más íntimo puede develarse ante tus propios ojos: es aquello que te negás a decir, pero de pronto emerge como un acto fallido. El inconsciente es un animal muy delator, y el cine también.

VOLVER

Amarga Navidad no es solamente el título de su próxima película, sino también el de una emblemática canción mexicana de José Alfredo Jiménez, el Rey de la Ranchera. Quizás la versión más bella y descarnada de ese lamento amoroso la haya hecho Chavela Vargas. ¿Cuántas veces se habrá repetido en loop dentro de la cabeza de Almodóvar? Solo él lo sabe. En el cuento que escribió Pedro están un dolor de cabeza que no cede, la angustia que corroe el alma y una necesidad imperiosa de separarse para seguir viviendo. Sabemos que, en la película, Leo Sbaraglia será Félix, el escritor que va tejiendo la historia con los hilos de sus propios demonios. Almodóvar alguna vez soñó con escribir una gran novela, algo que confiesa se le ha hecho muy difícil, porque dirigir implica estar todo el día hablando con gente, y escribir es un ejercicio solitario.

Pedro ha conversado y peleado con muchas personas a lo largo de los años. Se ha vuelto más austero en su estética y menos florido en sus diálogos; la provocación ha mutado en reflexión. Sin embargo, no todo es como parece. El gran director que ganó dos premios Oscar pero que nunca logró hacerse con la Palma de Oro en Cannes es uno de los productores de Sirāt. La película, dirigida por Oliver Laxe y aspirante a dos galardones en los próximos Oscar, es una apuesta extrema, sensorial, un salto al vacío, provocación pura y dura. Hay algo de ese primer Almodóvar en el riesgo que no se detiene, en ese camino del grosor de un cabello que separa el paraíso del infierno, a los vivos de los muertos.

Almodóvar conoce su propio abismo: el que rodea a los amantes condenados, la sangre del toro, los tacones lejanos, el llamado telefónico de su madre Paquita perdido en el tiempo, la flor de un secreto que no deja de asomar, el dolor, la gloria y también el eco de la voz de Eusebio Poncela volviendo una y otra vez desde el más allá. La pelea entre él y Almodóvar se tradujo en un silencio definitivo que duró hasta el final de sus días, en agosto pasado. En El último sueño, Pedro imagina una versión de Mujeres al borde de un ataque de nervios protagonizada por un actor desmesurado e irresistible que siempre se sale con la suya, muy parecido a Eusebio. Lo dudo, lo dudo, lo dudo, que tú llegues a quererme como yo te quiero a ti.

Artículos Relacionados>

Por Facundo Cancro

La artista radicada en Berlín redefine los límites entre ciencia y naturaleza con una obra que ya conquista las principales capitales culturales del mundo. Sus ecosistemas vivos cuestionan la idea misma de lo humano, consagrando a esta creadora mendocina como una de las voces más fascinantes de la escena actual.

Por Facundo Cancro

En una noche donde la moda y los sentidos se encontraron en el corazón de Belgrano, la diseñadora couture presentó su cápsula 

Por Lorena Marazzi
Con una filosofía que fusiona valor local y proyectos sociales, el creador del célebre bar colombiano analiza el auge de la gastronomía regional a días de la Medellín Cocktail Week.
Por Marcela Soberano

Del amor imposible de Los puentes de Madison al universo despiadado de El diablo viste a la moda, la consagrada actriz construyó una carrera capaz de atravesar todos los géneros, épocas y emociones sin perder humanidad. A partir del regreso de Miranda Priestly a la pantalla, recorremos las mil vidas de la intérprete más nominada en la historia de los Oscar: un caleidoscopio de personajes inolvidables, pasiones intensas y transformaciones permanentes.