Amas de leche, nodrizas y donantes: la historia invisible de quienes alimentan la vida
Las amas de leche —también llamadas nodrizas o amas de cría— fueron mujeres que amamantaban hijos ajenos, generalmente a cambio de un salario o de condiciones básicas de subsistencia. Esta práctica existió desde la colonia y se extendió con fuerza durante el siglo XIX y comienzos del XX, especialmente en Buenos Aires y en los grandes centros urbanos. Pero su historia no constituye apenas una curiosidad del pasado: está atravesada por clase, raza, maternidad, trabajo y por el control ejercido sobre los cuerpos femeninos. La función que cumplían estas mujeres consistía en alimentar y criar niños desde el nacimiento hasta los dos o tres años de vida. Su leche sostenía la infancia de otros mientras, muchas veces, debían postergar o compartir el cuidado de sus propios hijos. La retribución rara vez implicaba estabilidad o reconocimiento. En numerosos casos recibían techo, comida y vestido como forma principal de pago, dentro de una economía del cuidado marcada por la desigualdad y la dependencia.
Existían distintas modalidades de contratación. Algunas criaban a los niños en sus propios hogares; otras debían instalarse en las casas de las familias contratantes, incorporadas a una intimidad doméstica atravesada por jerarquías sociales y afectos desiguales. También podían trabajar en las llamadas Casas de Niños Expósitos o en maternidades dirigidas por la Sociedad de Beneficencia de la Capital, instituciones que administraban la infancia y la asistencia femenina bajo criterios morales e higienistas. La mayoría pertenecía a los sectores más pobres de la ciudad. Muchas eran inmigrantes, afrodescendientes o trabajadoras precarizadas que complementaban esta tarea con otros oficios domésticos: mucamas, sirvientas, cocineras, lavanderas o planchadoras. Sus cuerpos alimentaban, limpiaban, sostenían y organizaban la vida cotidiana de otros hogares mientras sus nombres quedaban, casi siempre, fuera del relato oficial de la nación.
Tal vez muchas de nosotras carguemos todavía —aun sin saberlo— la memoria de aquellas mujeres empobrecidas que sostuvieron la vida desde los márgenes. Mujeres obligadas a aceptar trabajos duros y precarios en escenarios de extrema fragilidad, donde el cuerpo se convertía en herramienta de supervivencia. Durante el período colonial y las primeras décadas del siglo XIX, muchas amas de leche eran mujeres esclavizadas o afrodescendientes. Las familias acomodadas delegaban la lactancia y parte de la crianza de sus hijos en mujeres pobres o esclavas, mientras las madres biológicas conservaban intacto su lugar social y doméstico. La leche se transformó así en trabajo y el cuerpo femenino en fuerza laboral reproductiva.

En el Río de la Plata, las mujeres negras ocuparon un lugar central en este sistema. La lactancia asalariada no era solamente una práctica doméstica: implicaba relaciones de dependencia, coerción y desigualdad racial heredadas del orden colonial. La intimidad del amamantamiento convivía con jerarquías feroces. Mujeres obligadas a sostener con su cuerpo la vida de otros niños mientras sus propios hijos quedaban muchas veces relegados por la necesidad económica o por la violencia de la esclavitud. Pero aquellas mujeres indispensables fueron también convertidas en objeto de sospecha. Las amas de leche cargaron con la responsabilidad por las elevadas tasas de mortalidad infantil y fueron señaladas no sólo por presuntas dolencias físicas sino también morales. Se las acusaba de transmitir enfermedades, vicios o desórdenes, como si el peligro proviniera de sus cuerpos y no de las condiciones sociales que las condenaban a la precariedad. Sin poder prescindir de ellas —porque alimentaban una necesidad elemental— el Estado y las autoridades sanitarias optaron por vigilar y controlar sus actividades. Sus cuerpos fueron examinados, reglamentados y disciplinados. Necesarias para sostener la infancia, pero nunca plenamente reconocidas, las amas de leche quedaron atrapadas en esa paradoja brutal: alimentar la vida y, al mismo tiempo, ser tratadas como amenaza.
El mercado de la lactancia
Con el crecimiento de Buenos Aires y la consolidación de una sociedad urbana, las amas de leche comenzaron a formar parte de un verdadero mercado de lactancia. Como señala la historiadora Cecilia Allemandi, muchas mujeres pobres, inmigrantes o trabajadoras domésticas ofrecían sus servicios mediante avisos en diarios o a través de intermediarios que conectaban la necesidad de las familias con la urgencia económica de las nodrizas. Algunas vivían en las casas patronales, incorporadas a una intimidad doméstica atravesada por desigualdades de clase y dependencia; otras amamantaban desde sus propios hogares, sosteniendo una forma de trabajo que convertía la maternidad y la leche en recurso económico.

Pero aquel mercado no permaneció ajeno a la mirada del Estado. A fines del siglo XIX, el discurso médico y las autoridades sanitarias comenzaron a intervenir con creciente intensidad. Se discutía la “calidad” de la leche, la moralidad de las nodrizas y el supuesto peligro sanitario que representaban. Entre 1875 y 1911, Buenos Aires desarrolló regulaciones específicas destinadas a controlar esta actividad. Detrás de esas políticas emergía una tensión decisiva: la sociedad necesitaba a las amas de leche y al mismo tiempo desconfiaba de ellas. Eran indispensables para sostener la crianza burguesa y los sistemas de asistencia infantil, pero sus cuerpos eran vigilados y disciplinados por médicos y autoridades municipales. La leche era necesaria; la mujer que la producía, en cambio, aparecía bajo sospecha. Aquella vigilancia no respondía únicamente a preocupaciones sanitarias. También expresaba el deseo de administrar y ordenar cuerpos femeninos pobres cuya capacidad de alimentar resultaba indispensable, aunque nunca plenamente reconocida.
De otras madres: memoria y colonialidad
La pensadora Rita Segato aporta una clave decisiva para comprender esta historia. En La crítica de la colonialidad en ocho ensayos y una antropología por demanda, particularmente en el capítulo “El Edipo Negro: colonialidad y forclusión de género y raza”, Segato se detiene en la figura de las amas negras, nodrizas y cuidadoras en la historia brasileña para mostrar cómo maternidad, raza y colonialidad quedaron profundamente entrelazadas. No es casual que el ensayo esté dedicado a “Marcosidé Valdivia, ama negra que amamantó a mi madre…”. Allí, la autora parte también de una memoria íntima para interrogar una herida histórica. Segato cuestiona la manera en que la modernidad occidental impuso una forma única de pensar el mundo, jerarquizando saberes, cuerpos y culturas. La colonialidad —advierte— no terminó con la independencia política: persiste en la economía, en el racismo, en el género y en las formas mismas de producir conocimiento.
Pensar a las amas de leche desde esta perspectiva implica abandonar la mirada costumbrista o sentimental. La relación corporal con la “madre de leche” se desarrollaba en el marco de una apropiación casi total del cuerpo esclavizado, convertido en propiedad privada y puesto al servicio de la reproducción social de las élites. La leche, lejos de ser un simple gesto maternal, formaba parte de un régimen de trabajo, subordinación y control. Segato recupera, a su vez, la investigación de Maria Elizabeth Ribeiro Carneiro, quien rastreó la presencia de estas mujeres en algunos de los relatos históricos más influyentes de Brasil. Lo que encontró fue revelador: la figura del ama negra aparecía utilizada como recurso narrativo destinado a suavizar la violencia de la esclavitud. La nodriza era evocada como símbolo de ternura y afectividad, como si pudiera condensar y explicar experiencias que muchas veces estuvieron atravesadas por el dolor y la coerción. Ribeiro Carneiro advierte que estas mujeres fueron despojadas de expresión propia y privadas del control sobre sus cuerpos y sus destinos. La imagen del ama negra, asociada a la dulzura doméstica, terminó derramando una afectividad que alivianó en el imaginario social el peso real del yugo esclavista. Allí reside una de las observaciones más perturbadoras de Segato: la colonia no sólo explotó cuerpos; también produjo relatos capaces de volver más tolerable la violencia ejercida sobre ellos.

Quizás por eso la historia de las amas de leche sigue incomodando. Porque nos obliga a preguntarnos cuánto de aquella intimidad desigual permanece todavía oculto bajo las formas contemporáneas del cuidado y la maternidad.
De amas de leche al Banco Humano
Con el paso del tiempo, los avances médicos, las regulaciones sanitarias y la conquista de derechos laborales comenzaron lentamente a transformar aquellas condiciones de extrema vulnerabilidad que habían marcado la historia de las amas de leche. Aunque persisten múltiples formas de precarización del cuidado, algo cambió en la manera de pensar la lactancia y el cuerpo femenino. Allí donde durante siglos la leche circuló bajo relaciones de dependencia, sospecha y control, hoy existen instituciones que buscan proteger tanto a quien dona como a quien recibe. La lactancia materna es considerada actualmente una herramienta sanitaria fundamental para la reducción de la morbimortalidad infantil y neonatal. Su importancia se vuelve todavía más decisiva cuando se trata de bebés prematuros o recién nacidos que requieren internación. En esas circunstancias, cuando el amamantamiento directo no resulta posible, los Centros de Lactancia Materna cumplen un papel esencial acompañando a las mujeres en el inicio y sostenimiento de la lactancia y facilitando la extracción y administración segura de la leche propia.

Cuando esa leche no está disponible, el Banco de Leche Humana se convierte en una red vital de cuidado colectivo. Allí, la leche donada atraviesa rigurosos controles sanitarios y es sometida al método de pasteurización Holder —62,5 °C durante treinta minutos—, procedimiento que garantiza seguridad microbiológica preservando gran parte de sus propiedades nutricionales e inmunológicas. Posteriormente se realizan controles bacteriológicos y la leche es conservada bajo estrictas normas hasta ser distribuida en unidades neonatales. La diferencia con el pasado resulta tan evidente como significativa. Si antes la leche circulaba bajo contratos desiguales y cuerpos vigilados, hoy la donación se sostiene en una lógica solidaria y voluntaria orientada a proteger la vida. Donar leche humana es un gesto íntimo que puede convertirse en un acto profundamente colectivo. El proceso comienza con el contacto con el Banco de Leche Humana, la realización de estudios serológicos y la firma del consentimiento informado. Luego, el equipo médico evalúa la aptitud para la donación y, en el caso de quienes residen en CABA, se envían frascos estériles al domicilio para garantizar una recolección segura. La extracción se realiza en el hogar, la leche se conserva inmediatamente en el freezer y, cuando los frascos están listos, el banco coordina su retiro para incorporarlos a ese circuito silencioso de cuidado, ciencia y solidaridad que permite que la leche de una mujer pueda sostener la vida de otro niño. Tal vez allí sobreviva una memoria inesperada. No ya la del cuerpo apropiado o subordinado, sino la de una comunidad que reconoce en la leche humana no un servicio invisibilizado ni una obligación impuesta, sino un lazo de cuidado capaz de atravesar generaciones y transformar la fragilidad en sostén compartido.
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