La Mona Jiménez: "Yo me quiero morir en un escenario"
A sus 74 años, la Mona continúa haciendo historia: trabaja en su disco número 102 y se prepara para despedir 2025 con un show en el Estadio Único de La Plata. “¿Por qué me voy a retirar si soy feliz?”, dispara en este mano a mano con EPU en el que recorre sus orígenes, dice que sigue siendo “un tipo de barrio” y confiesa cuál fue su secreto para convertirse en una leyenda del cuarteto cordobés.
Resulta difícil imaginar que en una sola vida quepa la trayectoria de Carlos “la Mona” Jiménez. Desde un origen humilde en Córdoba, en una casa de una pieza y sin baño, eligió un camino improbable: dedicarse al cuarteto, un género hasta entonces marginado. Contra todo pronóstico, llevó esa música desde la periferia hasta convertirla en un emblema de su provincia.
Es el único sobreviviente del cuarteto de los 60, un caso único a nivel mundial por su presencia artística; conquistó templos del rock, como Cemento, y fue el primer cantante del género en tocar en el Luna Park; sobrevivió a un coma y a cirugías de emergencia. Hoy, su legado se proyecta en la construcción de un estadio a pocos kilómetros del aeropuerto internacional de Córdoba.
Mientras trabaja en su disco número 102, la leyenda que pisó por primera vez un escenario a los 16 años habla sobre la posibilidad de dejar de hacer música y asegura: “Cuando me lleven con las patas para adelante me voy a retirar. Si dejara de cantar, perdería el interés por la vida”.
–Naciste en un hogar de trabajadores. ¿Qué valores y lecciones formaron al Carlos Jiménez que conocemos?
–Yo nací en un lugar muy humilde, muy pobre. Nosotros teníamos una pieza, prácticamente, donde vivíamos todos. El baño era un pozo ciego. Recién a los siete años supe lo que era un baño. A mi papá le entregaron la casa de Luz y Fuerza, después de haber laburado 25 años, y eso fue lo que más me impresionó. Hasta ese momento me bañaba en un fuentón. Me acuerdo de que mi mamá me enjuagaba tirándome un balde de agua tibia, imaginate lo que era en pleno invierno. La casa estaba en el que hoy se conoce como Barrio Escobar.

–¿Venís de una familia de músicos?
–Sí. Mi papá tocaba la guitarra y la armónica; le gustaba la música. Él me regaló una guitarra criolla cuando tenía 12 años.
–También bailabas.
–Sí, desde los 9 años. Entre los 10 y los 13 estuve en el ballet. Después me compró una guitarra eléctrica y empecé a tocar rock and roll. Pero me la cambió por un rifle de aire comprimido y no toqué nunca más hasta que apareció mi Jackson. La cuidaba como a una novia, dormía con ella.
–Naciste en un hogar pobre, pero nunca te desviaste del sueño de cantar.
–No. Mi papá era tucumano, y mi mamá, de Güemes. Yo nací en Córdoba, pero mi sangre es norteña. Aprendí a moverme entre personas mucho más grandes porque mis amigos no me querían; no les gustaba que cantara cuarteto. Esas amistades adultas me enseñaron a conocer la noche y cómo se puede vivir en la ciudad nocturna. Pero sin hacer maldades. Nunca robé, jamás tuve un revólver. Sabía que mi propósito en la vida era cantar.

–Cantaste en público por primera vez cuando eras un adolescente. ¿Qué recordás de ese pibe que tenía un puñado de sueños?
–Tenía una casa llena de ilusiones. Tenía 16 años cuando debuté en el Club Falucho Jesús María con una orquesta de tango. Cuando anunciaron que iba a subir el cuarteto Berna “con la voz del simpatiquísimo Carlitos Jiménez”, me agarró un cólico, tuve que ir al baño urgente. Hasta el día de hoy tengo que ir al trono antes de cantar.
–¿Es un síntoma de vitalidad artística?
–Quizás. Lo que puedo decir es que el día que no pase eso, será porque ya no siento más ganas de cantar la música que amo.
–¿Qué te impulsó a buscar un camino propio?
–El día que falleció mi papá, mi mamá me dijo: “Hijo, tenés que entrar a EPEC” (N. de la R.: empresa que distribuye energía eléctrica en Córdoba). Me negué y le dije que iba a cantar. Mi hermano mayor, de 18 años, ya había entrado a la empresa. Ella pensaba que iba a andar con una gorrita pidiendo limosna. Pero yo sabía que podía hacer canciones muy lindas.

–¿Tuviste que rebelarte?
–No, porque no me obligó. Si lo hubiera hecho, tal vez le hubiera dado bola. Porque la plata no alcanzaba para comer. No podía pensar en hacer las dos cosas al mismo tiempo porque tocábamos a 200 kilómetros de la capital o más.
–¿Por qué tan lejos?
–Porque el cuarteto era muy marginado. Era imposible pensar en estar a las 6 de la mañana en EPEC. Mi papá era muy puntual.
–El tiempo te dio la razón.
–Sí, mi mamá lo reconoció. Me lo dijo muchas veces: “Menos mal, hijo, que no me diste bola. Elegiste tu destino y te fue muy bien”.
–Tu papá no llegó a ver tu éxito. ¿Qué hubiera dicho él de haber conocido tus logros?
–No logró verme triunfar, pero sí logró verme cantar en el Córdoba Sport, cinco meses antes de fallecer. Él cantaba tango y no tuvo suerte. Le gustaba mucho Gardel. Se vestía con sombrero, traje negro, camisa y chalina blanca de seda. Esa noche canté “Quemá esas cartas”, un vals que él cantaba con su guitarra y su armónica (canta algunos versos), y lo vi llorando. Fue la única vez que me vio sobre un escenario porque después se enfermó y murió. Pero llegó a verme y a felicitarme porque había tenido la suerte que él no tuvo. Él no quiso encontrarse con el dilema de tener que dejar de cantar para seguir trabajando en EPEC, elegir entre un trabajo seguro y la posibilidad de triunfar.

–¿Cuándo sentiste por primera vez que eras famoso?
–Hasta hoy no lo siento. Soy un cantante que hace divertir a la gente. Dicen que soy la leyenda del cuarteto, porque soy el único que queda de la década del 60. No les doy bola a esas cosas porque sigo siendo el tipo de barrio. Nunca creí que soy un gran artista ni que soy un buen cantante. Canto como el culo, pero lo hago con tanto amor y pasión que a la gente le gusta.
–Con un ritmo alegre, tu música puede contar historias de vidas trágicas, ¿por qué elegiste darles voz a esas historias?
–Porque yo conozco esas historias. Viví la pobreza, vi el hambre, vi a amigos haciendo ruleta rusa en el puente. Yo tenía doce años y vi cómo chicos hacían ese juego macabro. Una chica murió. Yo no participé porque le tenía miedo, pero estaba ahí cuando le tocó a ella y se pegó el tiro.
–Rompiste barreras presentándote en espacios dedicados al rock, ¿fue una conquista personal?
–No, al contrario. Cuando fui a Cemento tuve miedo. Esperé en el auto con Juanita (N. de la R.: su mujer) y mis hijos. Pensé que me iban a sacar a cadenazos, y Fito Páez, que me estaba esperando, me dijo que me amaban. Él me explicó que el DJ ponía mi música y los rockeros se volvían locos. Por eso me trajo el finado (Omar Chabán). Me acuerdo de que era domingo y había quedado mucha gente sin entrar. Por eso me propuso quedarme un día más y hacer un segundo concierto.

–Fuiste el primer cantante de cuarteto de Córdoba en el Luna Park.
–A Tito Lectoure le encantó la idea de que hiciera un recital. Sacó todas las butacas para que la gente hiciera trencito como en los carnavales de los 50. Fue espectacular. En esa época, mi primer show fue en el microestadio de Atlanta, que estaba de moda.
–También habías batido récords de espectadores en Cosquín.
–Sí, habían ido más de cien mil personas. Fue un descontrol. La gente rompió los alambrados y la policía empezó a los golpes. El director del festival, Julio Mahárbiz, me quería hacer responsable de lo que pudiera pasar. Por eso canté solamente tres temas y me fui. La gente quería expresar que el festival representaba a Córdoba y que nosotros no estábamos invitados.
–Varias veces estuviste cerca de la muerte. ¿Esos momentos cambiaron tu manera de ver la vida?
–A los 21 años casi me muero; estuve en coma por un botellazo. Con la tecnología de la época no se dieron cuenta de que me habían roto el nervio de coordinación, hasta que me sacaron el hematoma que tenía. El doctor más joven, Juan Carlos Carranza, fue el que apuró la operación de reconexión porque de lo contrario hubiera quedado como una plantita. Tardé cinco meses en despertarme. Todo ese tiempo mi cabeza estuvo apagada, no soñé con Dios ni con el Diablo. Tuve un año de rehabilitación; quería entrar al baño y chocaba con la pared. Tuve que aprender de nuevo a agarrar los cubiertos.

–Ese no fue el único momento límite.
–No, después de la pandemia se me rompió el bazo. Me llevaron al sanatorio y me operaron de urgencia. Si hubiera dejado pasar 15 minutos más me hubiera muerto. Juana me salvó la vida. Cuando superé ese episodio, se me tapó la carótida y me tuvieron que colocar un stent. Todo esto pasó en el mes de agosto.
–Varias veces te salvó ella.
–Sí, porque la conocí después del golpe en la cabeza. Ya había vuelto a cantar, pero un medicamento me causaba mucho malestar. Cuando salí de la consulta médica en la que dije que no la iba a tomar más aunque me costara la vida, la conocí a ella. Fue un 28 de diciembre. Por eso hice una canción con ese nombre.
–Recién mencionaste la pandemia. ¿Cómo te afectaron el silencio y el encierro?
–Calculábamos que iba a durar pocos días, por eso lo sentí como un descanso mental y corporal. Veníamos de hacer 17 bailes por semana. Esa pausa me ayudó a pensar en no hacer más bailes. Quería hacer un show por mes en lugares grandes.

–¿Pensás en el retiro?
–Cuando me lleven con las patas para adelante me voy a retirar. Yo me quiero morir en un escenario. ¿Por qué me voy a retirar si soy feliz? Si dejara de cantar, perdería el interés por la vida. Hoy sigo haciendo canciones, ensayo, escribo y proyecto sacar mi disco número 102 para el año que viene.
–¿De qué te sentís orgulloso?
–De la Juana, de mis hijos y de mis nietos.
Fotos: Tute Delacroix @tutedelacroix

