Alex Anwandter: "Nuestro cuerpo no está hecho para soportar esta vida actual"
Alex Anwandter escribe canciones como quien deja una herida abierta sobre la mesa: con cuidado, con orgullo, con la sospecha de que alguien en algún lugar va a reconocerse en ella. Dime precioso (2024), su quinto disco, es un ejercicio de exposición calculada: habla de dinero, de deseo, de Dios y de cocaína con la misma naturalidad con que otros hablan del clima. No hay pudor, pero tampoco hay estridencia. Solo una voz que pregunta, con toda la elegancia posible, si alguien la está mirando.
El álbum llegó sin demasiado plan previo, compuesto "de una manera ligera", como si la profundidad emocional que lo atraviesa no hubiera requerido premeditación. Esa tensión entre la superficie festiva y el fondo oscuro es su rasgo más característico: suenan alegres las canciones que duelen más. Lo mismo vale para Maquillada en la cama (2024), el debut de Juliana Gattas que Anwandter —amigo íntimo de la diva pop argentina— escribió y produjo en su totalidad, con una precisión tan íntima que la autoría todavía desconcierta a quienes lo descubren.
Radicado en Nueva York pero irremediablemente latinoamericano, apoyado en el europop pero con el alma en otro huso horario, Anwandter es de esos artistas que no caben del todo en ninguna categoría y que, lejos de incomodarse por eso, lo usan como materia prima.

—¿Qué historias querés contar con tu música?
—No sé si lo pienso tanto en esos términos. Pienso en la música como una manera de comunicarme. Es como una especie de diálogo que tengo con el público, más que un mensaje. Me da la sensación de que lo que hago realmente no se completa hasta que lo escucho de vuelta, o escucho la reacción, o a la gente cantando la canción. Y ahí realmente termino de entender un poco más de qué se trata lo que hago.
—O sea, el proceso no está completo hasta que sacás la música al mundo.
—Totalmente. Sí. Con mi libro de poesía me pasó lo mismo: no estaba muy seguro de qué es lo que había hecho hasta que escuché a la gente explicármelo.
—¿De qué manera influye esa devolución en lo que vas creando?
—No lo hace realmente, en la medida en que yo priorizo la autenticidad en lo que hago. Sea lo que sea que digo, tiene que venir de un lugar muy genuino o no me parece que valga la pena decirlo. Y, en ese sentido, tengo que atenerme a lo que sea que me pase o que esté viviendo o sintiendo. Cuando me escapo un poco de eso y siento la más mínima nota de artificio, me parece que estoy haciendo algo que ya no me interesa mucho.
—En Dime precioso la música es bailable, pero las letras no siempre acompañan ese ánimo. ¿Estás de acuerdo con la visión de que el arte funciona siempre como una forma de sublimar una experiencia dolorosa?
—Es una de las opciones que tiene. Pero, al mismo tiempo, el arte no tiene una función específica, o por lo menos una función clara. Y eso es algo muy valorable del arte, un poco donde reside la magia. Me encanta que no sea cuantificable, que no haya una fórmula de éxito. Cada vez uno tiene que ir al desierto a ver qué idea te llega, y volver con algo que no sabés si vale la pena o no, y comunicarlo. Es un proceso re antiguo y me gusta que vaya en contra de lo utilitario. Incluso aunque eso sea terapéutico, tampoco necesita serlo. Puede ser celebratorio también, o puede ser abstracto. Puede conmovernos de mil maneras, y todo eso es igual de válido.

—Hoy vivís en Nueva York, antes en Los Ángeles. En una entrevista reciente, Lorde contaba que se mudó de Nueva Zelanda a Nueva York, y decía que una es artista en cualquier lugar, sin importar el país. ¿Coincidís con esa mirada?
—Sí y no. Sí, en el sentido de que uno es artista todo el día y en cualquier lugar. Pero uno no es de todos los lugares. Yo, por lo menos, he consolidado mi identidad latinoamericana estando acá, de una manera mucho más impetuosa de lo que pensé que me iba a suceder. Pensé que mi cultura, entre comillas, era más flexible o más permeable a ser influenciada por otras cosas. Y la verdad es que no. Durante el tiempo que he vivido en los Estados Unidos me he dado cuenta de que las cosas que me producen rechazo de ese lugar me parecen mal con mucha más fuerza de lo que pensé que me iban a parecer. Y que me interesa conformarme en oposición a eso, quizás mucho más que antes. No sé si tengo una visión tan relajada como Lorde.
—Decís que al vivir allá se intensificó tu rechazo a ciertas cosas. ¿Qué aspectos que ya te incomodaban se volvieron aún más claros o más fuertes?
—Intentando resumir, que no sé si pueda, me parece que vivir en el primer mundo siendo uno del tercer mundo es muy fuerte. Pronto se evidencian los distintos mecanismos de opresión que llevaron al primer mundo a ser el primer mundo. Y eso se ve desde la riqueza o el exceso que abunda por todos lados, hasta el —y esta es una palabra que lamentablemente no tiene traducción en español— entitlement.
—Sí, como sentirse dueños.
—Sí, sí. Eso los domina tanto que hasta está en el lenguaje corporal de la gente. Y eso a mí nunca me deja de impresionar. Encima de eso está todo un asunto cultural del individualismo, del consumismo, del materialismo, que también se manifiesta de miles de maneras. Y para intentar seguir con mi resumen lo más breve posible: la contraparte de eso es que nosotros también tenemos nuestros valores, donde priorizamos nuestros vínculos afectivos por sobre una idea abstracta. Tenemos cierta preocupación por el cariño, por la cercanía, por nuestras comunidades. Nada de eso existe acá. Acá todos están en una especie de carrera para ver quién quiere ser millonario. Entonces todo eso me terminó afectando bastante. Es una manera un poco densa de vivir, y en ese sentido no es muy sano, pero no lo puedo evitar.
Cuando fui a París y caminé al lado del Louvre pensé: sí, qué bonito, pero, ¿con qué plata hicieron esto? Y lo mismo me pasa en Estados Unidos: ¿de dónde sacaron esto? ¿Cómo lo consiguieron? Esa pregunta tiene una carga enorme. Ni siquiera entré al tema de que Estados Unidos se construyó con el trabajo de la esclavitud, y eso se siente hasta el día de hoy. Todas esas cosas me parecen, a la larga, muy fuertes e inaceptables. Ni siquiera entré en la política exterior, que a nosotros como latinoamericanos nos afectó directamente. Mi país todavía está atrapado con una constitución dictatorial auspiciada por Estados Unidos. Entonces son un millón de cosas. Realmente es una experiencia un poco fuerte. Ahora, para matizar todo esto: en todos los lugares del mundo hay gente espectacular. Gente maravillosa, inteligentísima. La cantidad de talento que tienen los Estados Unidos es de otro mundo. Entonces al final se convierte en una experiencia compleja, un poco agridulce.
—En tu disco anterior, El diablo en el cuerpo (2023), citás el poema Having a Coke With You de Frank O’Hara, un autor queer clave de la Escuela de Nueva York. ¿Qué lugar ocupa en tu obra y cómo influyó su escritura, tan urbana y surrealista?
—Yo creo que lo pensé más bien como prócer gay que como prócer gringo. Cuando escribí el disco también pensé mucho en Federico García Lorca, que es un poeta que me gusta mucho más que Frank O’Hara (N. del R.: Lorca también vivió nueve meses en Nueva York, en 1929, experiencia que inspiró su obra Poeta en Nueva York). También bebí de eso y he tomado cosas de tradiciones maricas sudamericanas. Como te decía, no siento la necesidad de suscribirme a una identidad tan apegada a lo nacional. Me parece que la idea de Having a Coke With You era una imagen con la que me pude identificar.

—Entiendo. Volviendo a Dime precioso, me llamó la atención la frecuencia con la que tocás el tema de la plata, no tanto como ganancia sino como preocupación cotidiana. Me pareció hasta algo muy argentino.
—Sí, está muy presente. Pero ese disco lo descubrí mucho después de publicarlo. Me parece que se trata de esta dualidad entre la imagen que queremos proyectar —sobre todo en redes sociales— y la realidad de cómo vivimos, que es mucho más estresada, empobrecida, deprimida y vulnerable de lo que mostramos. Más que crisis económica o dificultades financieras, el disco habla de esas dos caras.
—Hay, también, una fuerte necesidad de validación en lo que hacemos. ¿Qué papel juega la mirada del otro en tu vida y en tu obra?
—Dime precioso es un disco que quise hacer de una manera muy distinta al inmediatamente anterior y a los otros. Quise pensarlo muy poco, hacerlo bastante ligero. “Dime precioso” es un poco… No sé si es un chiste, pero sí me río de un afán muy común en el que me incluyo: esta necesidad de validación permanente de los otros. Intento no juzgarme. Me gusta que me digan precioso, sí. Me parece ridículo, sí. Y la canción trata un poco de eso: de lo absurdo. Es un disco que trata bastante sobre el absurdo contemporáneo.
—¿En qué otros momentos encontrás ese absurdo contemporáneo?
—Y… es cosa de meterse a Instagram o TikTok. Vas a ver una receta de pastel de limón, un genocidio en vivo, un hámster vestido de princesa, redadas de inmigración en Estados Unidos. Y todo eso en el break mientras trabajás un montón para pagar el alquiler. Nuestro cuerpo no está hecho para soportar esta vida actual. Nos ajustamos como podemos, pero es extremadamente difícil. A mí me gusta mucho mi trabajo porque se me hace un trabajo honesto en este tipo de mundo. Hago cosas que no sirven para nada, pero tampoco hacen mal. Y encuentro re lindo eso: lo no utilitario.
—En una entrevista reciente, Juliana Gattas me contó que están trabajando juntos en su segundo disco solista. ¿Cómo es tu relación creativa con ella y cómo fue convertir sus historias en canciones?
—El segundo disco va bien, ya casi terminé de escribir todas las canciones. Estoy empezando a grabar algunas. La verdad, es muy fácil para mí trabajar con Juliana. Por un lado somos muy amigos, y eso facilita todo. Me gusta mucho trabajar con mis amigas. Por otro lado, nos conocemos muy bien. No involucra tanta comunicación el trabajo que hacemos. Ella me conoce igual de bien que yo a ella. Quizás mejor: Juliana es la única persona en este planeta que sabe lo que estoy pensando sin que yo diga nada. Eso me sorprende, me pone un poco nervioso, me da risa y gusto también. Y va en ambas direcciones. Así que fue bastante fácil. Justamente estos días hemos estado hablando con Juliana sobre las letras de su disco nuevo. Yo le estaba diciendo que me gustaría hacer algo un poco distinto para este segundo disco. Y ella me mandó una sola frase: “Tienes mi aprobación”. Esa fue toda la discusión. Yo le mandé algo muy largo, y ella dijo que le parecía bien. Entonces es muy fácil lo que estamos haciendo.
—Hace poco tocaste en Niceto y ahora volvés sin disco nuevo. ¿Cómo pensás este show y por qué Niceto otra vez?
—Al show pienso enfocarlo en una energía muy intensa y de fiesta. Tenía ganas de hacer este show casi como un agradecimiento a los fans que me han acompañado a lo largo de los años. Pasémosla bien, hagamos esta fiesta juntos. Por eso elegimos Niceto: porque tiene esa energía concentrada, explosiva, que es lo que más me divierte.
—Para cerrar: ¿en qué estás trabajando ahora a nivel solista?
—Estoy haciendo un disco mío nuevo. Es tan distinta la música que me parece que lo voy a publicar con un seudónimo, con otro nombre de proyecto, porque no es para nada el tipo de música que hago normalmente. Diría que es más rockero, pero también tiene música experimental y electrónica. El hilo conductor es más metodológico que estilístico. Es un disco que no pasa por computadora: hay música electrónica secuenciada análogamente y música de banda tocada en vivo. Hace bastante que estoy obsesionado con salirme de la computadora para hacer música. Este disco tiene ese propósito.

Alex Anwandter dará tres shows el 16, 17 y 18 de septiembre en Niceto Club (Coronel Niceto Vega 5510, Palermo Hollywood, Ciudad Autónoma de Buenos Aires).
Texto y entrevista: Joel Álvarez
Coordinación general: Gimena Bugallo
Diseño gráfico (#EPUGuía): Andrea Masera
Fotos: gentileza Alex Anwandter

