Teresa Parodi: "Un artista no está para responder, está para interpelar a la sociedad"
Tras la presentación de Hasta que amanezca, su nuevo disco, la legendaria cantautora reflexiona sobre las historias mínimas del interior profundo, su cruce musical con las nuevas generaciones y la certeza de que, frente al individualismo, la cultura sigue siendo el gran refugio.
Corría la década del sesenta cuando una joven maestra rural caminaba entre las plantaciones de tung, en Misiones, persiguiendo melodías, sueños y alumnitos cosecheros que faltaban a clases por tener que trabajar. Uno de ellos era Genaro, quien con un carrito salía por las calles a vender naranjas. Un día Teresa lo frenó con una promesa que cruzaría su vida para siempre: “La única forma de sacar de pobre a tu mamá, de verdad, es estudiando. No faltes a la escuela”.
Décadas más tarde, a la salida de un concierto, en el hall del Teatro San Martín, un hombre alto y tímido se le acercó con los ojos de aquel chico que enseguida supo reconocer: “Señorita Teresa, soy Genaro. Le hice caso: estudié y le cambié la vida a mi mamá, míreme”. Para la cantautora más representativa de la música popular actual esa no es una anécdota más del pasado o un mero logro personal, sino una de las razones para seguir soñando junto a otros en este presente: la de poder vivir en un mundo mejor.

Por eso, Hasta que amanezca, su último disco, es su manera de plantar bandera en el lugar que mejor conoce, el de la resistencia colectiva. Sabe, con la certeza de quien ha visto al pueblo despertar en las calles una y otra vez, que la cultura es el gran refugio. Y que la esperanza, esa que la sostiene invicta a sus 78 años, nunca le dio la opción de rendirse.
–En la presentación del disco dijiste: “Siento que todavía puedo decir cosas, tengo que decirlas”. ¿Qué necesitabas compartir con este nuevo álbum?
–Yo comparto la realidad que me circunda, viviendo bajo este cielo con tantos argentinos y argentinas. Generalmente son historias de vida, pero también de sueños, esperanzas posibles, enojos, reclamos, e injusticias. Es una necesidad expresiva que tuve desde muy chica, una elección muy genuina de mi sensibilidad: escribir y contar historias, que el otro vea lo que yo canto.
–Más allá de esa sensibilidad, en tu caso siempre hubo un compromiso social a lo largo de todos estos años…
–Sí, y creo que también es una manera de plantarse, ¿no? Con estas herramientas que yo elegí como profesión, quiero ser testigo y parte de esto que nos está pasando a todos, todas y todes. Siempre digo que un artista no está para responder, está para interpelar a la sociedad. Por ejemplo, ahora que reina el discurso del odio, ¿no vamos a hacer nada? ¿Lo vamos a dejar así? ¿No podemos pensar cómo reconstruir los vínculos para que ese odio destructivo desaparezca?
–Desde tu experiencia, ¿cómo se confía hoy en que “va a amanecer”?
–Gramsci decía que nunca la noche es más oscura que antes de que amanezca (se ríe). Yo creo que a ese punto estamos llegando, el de la sociedad diciéndose a sí misma: “Así no quiero seguir caminando”, y se nota en las marchas donde mucha gente se une para defender derechos, como la educación pública.
Los pueblos son los soberanos, los que mandan, y los que salen a decir: “Hasta acá, con esto no”. Tal vez haya que esperar que las generaciones maduren un poco más, pero lamentablemente siempre es con dolor. También es con dolor que se tiene un hijo. El dolor a veces produce hechos extraordinarios que cambian la vida de las personas.
–Artísticamente tenés un diálogo con las nuevas generaciones, ¿qué observás en ellos?
–Necesito entablar conversación con ellos, siempre. En este disco, por ejemplo, sumé a Shitstem, una rapera disruptiva de Mar del Plata, y a Maggie Cullen. Lisandro (Aristimuño) y Soledad son jóvenes también. Y hoy hay muchísimos artistas emergentes que rapean o cantan y cuentan con su propio lenguaje lo que sucede en sus realidades, y eso es maravilloso.

En este último tiempo, donde empezó a ser válido otra vez aquel discurso nefasto del "sálvese quien pueda" y la famosa meritocracia, si no pensamos de forma colectiva, padecemos la división exacerbada que se muestra hoy. Por eso mismo, hay que involucrarlos, escucharlos y entenderlos. Si vos sos joven, tenés que pensar en el país en el que querés vivir.
–En contrapartida con el individualismo, se empieza a ver la necesidad de juntarse. En la música, en los espacios de encuentro, en los recitales, las peñas…
–El arte siempre construye comunidad. Porque nos amucha por un sentimiento, una emoción, un pensamiento, una ética, una estética, por determinados valores… Es como un mecanismo de autodefensa y luego, a partir de ahí, empiezan a pasar otras cosas, se movilizan otros campos. Pero la cultura siempre es el gran refugio de la resistencia de los pueblos.
–Habiendo sido la primera ministra de cultura que tuvo nuestro país, sos una voz más que autorizada para responder, entonces, ¿cuál es el rol de la cultura en una sociedad?
–El pueblo crea su cultura por su cuenta, pero si el Estado también está ahí atento, apoyando y ayudando a construir esos lugares, genera un crecimiento exponencial clave. El acceso a la cultura nos hace crecer como personas, y luego como sociedad. Fijate que en mi banda me acompañan tres nietos, y los tres son músicos porque heredaron esta pasión. Ellos se formaron y tuvieron la oportunidad de hacerlo dada nuestra cercanía al arte. ¿Pero aquellos que no tienen a nadie artista en la familia? ¿Y quienes no tienen acceso a la educación? ¿Nunca van a poder ni siquiera soñar con ser artistas? Si hay un Estado presente podés garantizar que cualquier niño pueda ser quien quiera ser.

–Hablando de tus nietos, ¿cómo fue la experiencia de que se vuelvan parte de tus canciones en este álbum?
–Además de los tres estables, en este se sumó Octavio. En “Lento”, los dos grabamos el diálogo frente a frente: él iba improvisando, contestándome lo que yo decía, como lo hace cuando rapea. ¡Lo rápido que tenés que ser para pensar, crear un verso y recitarlo! En “Siempre a la misma hora” se larga a rapear solo, escribió todo en su celular un ratito antes de grabar y estuvo bárbaro. Para mí es todo un orgullo.
–¡Ya estás lista para acompañarlo a las batallas de rap!
–(Se ríe) Me encanta eso, me parece muy rico ese encuentro en las plazas, porque son payadores con otra forma musical, solo que una es más del interior y otra es bien urbana. El músico siempre encuentra la vuelta para decir lo que tiene que decir, las etiquetas las termina poniendo la industria.
–Así como se puede ver un cruce de generaciones en tu disco, hay otro reciente que sorprendió muchísimo: el de Milo J con la voz de Mercedes Sosa en “Jangadero”. ¿Qué te generó la canción al escucharla?
–Mucha emoción porque es algo que Mercedes hubiera hecho. Ella nos enseñó a todos los que veníamos detrás a compartir la música: a escuchar a los nuevos, a los que tienen otra cosa para decir y lo dicen de otro modo, a sumarnos en sus caminos… De hecho, esa grabación la había hecho con Soledad, que en ese entonces también era muy jovencita. Por eso es hermoso, porque suena natural, porque nadie se sorprende del cruce con Milo ni lo puede cuestionar.

–El folclore siempre tuvo la capacidad de contar el país a través de sus historias mínimas. ¿Cuál creés qué es el mensaje de estos relatos?
–Es muy importante que miremos esas historias, porque ahí también se muestra cómo nuestro enorme interior, el más profundo, todavía atraviesa cosas que ni siquiera podemos imaginar. Y no siempre son visibilizadas, ni miradas como tienen que serlo. A mí me parece que la canción no va a cambiar el mundo, pero sí va a cambiar el sentimiento de las personas que van a cambiar el mundo.
–En tus canciones siempre aparece la figura de la naturaleza y la vida de las personas en torno a ella…
–Porque la naturaleza es el hábitat en el que se desarrollan las comunidades. En este disco hay una celebración al paisaje del sur con “La belleza es soledad”. La grabamos junto a Lisandro y decimos que los pueblos son guardianes de su flor, porque ellos cuidan su paisaje, tienen un vínculo directo con él, ¿cómo vamos a pensar que son quienes lo destruyen?

Lo mismo pasa en el Litoral, en Santiago del Estero, en el norte con las salinas, en Córdoba… Si se pierde eso, si no cuidamos el hábitat, sí que habremos destruido el planeta para las nuevas generaciones. Y de esto también tenemos que tener conciencia. Porque cuando hay intereses de por medio, se piensa que es progreso. ¡No, señor! Hay cosas que son esenciales, como nuestra tierra, y debemos cuidarla.
–Es inevitable que cada vez que suene tu versión de “Yo vengo a ofrecer mi corazón” la gente se ponga de pie… ¿Qué venís a ofrecer con tu corazón hoy?
–La esperanza. Tengo 78 años y a mí la esperanza no me abandonó nunca. Pasé por momentos muy duros en mi vida personal y en la comunitaria. Estas canas no las tengo en vano, están por haber vivido. “La esperanza invicta me sostiene, siempre tan intensamente que no tengo opción”, escribí una vez. Salgo a buscarme en ustedes, en nosotras, nosotros y nosotres encuentro las ganas de seguir buscando el modo de que este país crezca como se merece. Pero no es una utopía, es una certeza. ¿Por qué? Porque tenemos con qué, la vida me enseñó eso.
Fotos: Ignacio Arnedo & Agustín Dusserre

