Pablo García Borboroglu, “El Señor de los Pingüinos”, reconocido: “El planeta fue el hogar de nuestros ancestros, es el nuestro y será el de nuestros hijos”
El biólogo argentino, referente mundial y becario del Conicet, fue distinguido como “Explorador del año”. Con más de 30 años de trabajo en campo, combina ciencia, educación y activismo para proteger millones de hectáreas de hábitat marino.
El biólogo argentino Pablo García Borboroglu, dedicado desde hace más de tres décadas a la conservación de los pingüinos, fue distinguido como ROLEX National Geographic Explorer of the Year 2025, tras haber recibido en 2019 el Premio Rolex a la Iniciativa por su trabajo en la Patagonia.
Desde sus inicios, la relojería suiza ha estado vinculada a la exploración del mundo natural, acompañando expediciones históricas como la de 1953, cuando Sir Edmund Hillary y Tenzing Norgay alcanzaron por primera vez la cima del Everest. Décadas después, la alianza con National Geographic busca apoyar a quienes trabajan por proteger el planeta. En ese marco, y desde 2019 a través de la iniciativa Perpetual Planet, se entrega el premio Explorer of the Year, que reconoce a personalidades que interpelan directamente los desafíos ambientales.
Este año, "El Planeta Urbano" conversó con Pablo García Borboroglu, becario del Conicet, distinguido con este galardón por su compromiso con la conservación de los pingüinos de la Patagonia y otros rincones del mundo.

-Recibiste el reconocimiento como explorador del año 2025 de Rolex National Geographic. ¿Cómo te sentís con ese reconocimiento?
-Estoy súper honrado, muy agradecido. Rolex es muy cuidadoso con su marca, con su imagen, y tiene protocolos muy estrictos para entrar en su premio. Para nosotros es una gran legitimación del trabajo. Nos visibiliza y nos abre puertas en círculos donde no solemos estar, como la moda, los relojes o el lujo. Es importante porque es una comunidad de gran impacto, muy influyente en el mundo. Llegar con este mensaje de la mano de Rolex es muy poderoso.
-Llevás más de 30 años trabajando en la conservación de aves marinas. ¿Cómo comenzó tu interés por los pingüinos?
-Cuando era chico iba a las costas a visitar pingüinos con mi abuela. Era como una adelantada del ecoturismo y me contaba historias. Ella me abrió al mundo con esa percepción del ambiente y me transmitió una cultura de la conservación. Por eso, cuando invertimos en educación, yo digo que es como contar la historia de mi abuela a todos los chicos. Ya llevamos a más de 13.000 niños a conocer pingüinos, para que los valoren. Muchos de ellos terminan siendo quienes deciden el futuro de estos animales. Con la serie "El secreto de los pingüinos", en plataformas como NatGeo y Disney, amplificamos ese mensaje de conservación, que en el fondo es también el mensaje de mi abuela.

-¿Cómo es un día de trabajo con ellos?
-Es muy loco. Un día estás tirado en el barro con los pingüinos, bajo la lluvia, y al siguiente en un palacio hablando con vos de traje o en una cena con la princesa Ana de Inglaterra. Si estamos en campo —en Nueva Zelanda o en Argentina— trabajamos con los pingüinos: medimos, pesamos, colocamos transmisores, seguimos nidos. Hay mucha logística marina. Luego viene la parte científica: publicar, hacer informes, hablar con políticos para impulsar áreas protegidas. También está el capítulo educativo: llevar pingüinos a los chicos es fascinante. Y ahora participamos en documentales, como narradores o protagonistas. Eso te exige desarrollar otro perfil.
-Durante la conferencia de prensa se habló del juicio por el ecocidio de Punta Tombo. Se me vino la palabra sostalgia, que significa “angustia existencial causada por el deterioro ambiental”. ¿De qué manera te interpela?
-El planeta fue el hogar de nuestros ancestros, es el nuestro y será el de nuestros hijos. ¿Cómo no vamos a hacer algo para retribuirlo? Atado a esa sostalgia, tratemos de que el lugar donde vivimos permanezca como está. Un problema que veo a nivel mundial es que podríamos vivir todos mucho mejor con mucho menos impacto, pero hacemos un mal uso de los recursos naturales. Somos ocho mil millones de personas y hay muchas formas de coexistir. Nosotros hicimos planes de manejo para áreas protegidas y aseguramos la conservación de 13 millones de hectáreas para los pingüinos. Se puede coexistir, se puede mejorar, pero hacen falta reglas, ordenamiento y respeto. El 60% de la fauna del planeta está fuera de áreas protegidas: depende de cada uno. Por eso invertimos tanto en este mensaje de conservación.

-¿Y cómo hablás de conservación con gente que no necesariamente está buscando ese mensaje?
-Yo no vengo del mundo corporativo, pero estoy aprendiendo a comunicar en ese ámbito. Todo se basa en la experiencia. Cuando doy una charla, me pregunto: ¿qué experiencia se lleva la gente? Busco entretener, emocionar, motivar.
Que la experiencia de comprar algo o contratar un servicio venga asociada a una causa ambiental es clave. Que sepas que ese producto proviene de un lugar sustentable, que se va a descartar de manera responsable, que vos, al consumirlo, sos parte de la solución. La nueva generación lo entiende mucho más, como en Instagram, donde pasás de un reel a otro. El cerebro humano actual funciona distinto, no es tan rígido como el de mi generación. Y celebro esa flexibilidad, porque abre posibilidades para cambiar las cosas.

-¿Qué pensás de los nuevos diálogos entre lo ambiental y áreas como la moda, las finanzas o el arte?
-Está todo vinculado. Nuestra generación viene de un mundo muy estanco, donde cada uno estaba en su cajita: si eras arquitecto, eras arquitecto; si eras abogado, eras abogado. Creo que la gente que tuvo éxito fue la que saltó entre cajas. Cuando unís tu expertise con lo que te gusta o incluso con un hobby, eso te da una forma distinta de entender el mundo, te permite tener un diálogo más amplio y que mucha más gente te entienda. Esta conexión entre áreas que antes estaban aisladas enriquece muchísimo el diálogo, porque genera nuevas formas de pensar y de actuar.
-¿Qué consejo le darías a quienes quieran dedicarse a lo que vos hacés?
-Creo que cada uno tiene que seguir su pasión, porque todos somos distintos y cada uno encuentra motivación en algo diferente. Siempre enfatizo algo: para hacer conservación no necesitás ser científico ni biólogo si eso no te gusta. No tiene que gustarte la célula para aportar al cuidado del ambiente. La conservación tiene muchas aristas, por eso necesitamos periodistas ambientales, psicólogos sociales, ingenieros, contadores o gente que diseñe sistemas de financiamiento para sostener proyectos. Cada persona, desde lo que la motiva, puede hacer un aporte, porque el problema ambiental nos atraviesa a todos, estemos donde estemos.
Fotos: gentileza ROLEX

