La moda está cosida por mujeres anónimas
Detrás de cada colección, hay mujeres que cortan, cosen y bordan en condiciones que la industria prefiere no mostrar. Un recorrido por dos siglos de luchas obreras textiles que la moda sigue resistiéndose a recordar.
El regreso del furor por "El diablo se viste a la moda 2" (2026) reactivó, una vez más, esa fantasía brillante: la de una industria hecha de ingenio, sofisticación y deseo. Redacciones vertiginosas, editoriales perfectas, tacones resonando sobre pisos impecables, cafés servidos a destiempo y miradas capaces de consagrar —o destruir— una carrera. La moda ama narrarse a sí misma como iluminación y estilo único. Habla de visión, de intuición, de ese instante casi místico en que una colección parece emerger de la mente luminosa de un diseñador. Una épica de genialidad instantánea, cuidadosamente construida para sostener el mito. Pero toda fantasía necesita su zona de sombra.
Mientras la cámara enfoca el vestido terminado y la modelo ensaya la pose exacta para la tapa perfecta, alguien pasó noches enteras terminando cada puntada. Mientras una portada se celebraba como acontecimiento cultural, hubo manos que cortaron, bordaron, plancharon y corrigieron cada pliegue bajo condiciones que rara vez entran en escena. La industria que mejor domina el lenguaje de la visibilidad depende, paradójicamente, de un sistema construido sobre la desaparición. La moda está cosida por mujeres anónimas.

EL LADO B DE LA MODA
Costureras. Bordadoras. Tejedoras. Obreras textiles. Migrantes. Otras que trabajan hasta entrada la madrugada. Mujeres cuyo saber manual sostuvo imperios creativos firmados por otros nombres. La alta costura, ese universo que se presenta como territorio de autoría excepcional, se construyó también sobre una división brutal del prestigio: unos pocos diseñan para la foto; miles producen para la supervivencia. Mucho antes de que la industria aprendiera a hablar el lenguaje amable de la sustentabilidad, ya existían mujeres denunciando su reverso.
En Argentina, mucho antes de que existiera siquiera el vocabulario contemporáneo de la responsabilidad social empresaria, Carolina Muzilli ya escribía contra la explotación de las obreras textiles. Nacida en una familia trabajadora a fines del siglo XIX, conoció desde adentro las condiciones asfixiantes de talleres donde el aire escaseaba tanto como los derechos.
La tuberculosis que terminó por apagar su vida a los 28 años fue también una marca de época: una enfermedad estrechamente ligada a jornadas interminables, encierro y hacinamiento. Pero antes de morir dejó una escritura incómoda, lúcida y feroz sobre la precariedad que atravesaba la vida de las mujeres trabajadoras y de las infancias obreras.

PAN Y ROSAS
En 1853 trabajadoras del algodón de Manchester, de los talleres de Preston lanzan una huelga de ocho meses. 21 mil mujeres llegaron a tomar las calles. La huelga fue derrotada por hambre. Dos tercios de los huelguistas eran niñas menores de 13 años.
Desde muy joven, Rose Schneiderman (1882–1972) hizo de la justicia para las mujeres trabajadoras el núcleo de su horizonte político. Insistía en que las trabajadoras no necesitan caridad sino derechos; no compasión sino transformación estructural. Hija de inmigrantes judíos y obrera desde muy joven, entendió pronto que la elegancia que desfilaba en los escaparates neoyorquinos se sostenía sobre cuerpos exhaustos.
Tras el incendio de la Triangle Shirtwaist Factory Fire (1911), cuando 146 trabajadoras —la mayoría jóvenes inmigrantes— murieron atrapadas detrás de puertas cerradas con llave, convirtió la denuncia en tribuna y pronunció uno de los discursos más feroces del movimiento obrero estadounidense. Allí donde otros vieron una tragedia aislada, Schneiderman, ya en esos años, señaló un sistema entero: uno que consideraba descartables a las mujeres que lo sostenían. No pidió compasión. Exigió justicia. Y recordó una verdad que la moda sigue resistiéndose a aceptar: la dignidad de quienes producen también forma parte de la belleza.
La expresión “pan y rosas” se volvió emblema de las luchas obreras textiles a partir de la Lawrence textile strike (1912), una huelga masiva protagonizada en gran parte por mujeres inmigrantes de fábricas textiles en Lawrence. La consigna condensaba una demanda doble: pan, como símbolo de salario, supervivencia y condiciones materiales dignas; rosas, como reclamo de algo más que mera subsistencia —tiempo, belleza, descanso, vida cultural, humanidad. No era simplemente una consigna económica. Era una impugnación radical a la lógica industrial que reducía a las trabajadoras a pura fuerza productiva. Un 8 de marzo de 1908, fecha que se conmemora el día de la mujer, en una fábrica textil de Nueva York, 129 obreras murieron incendiadas de manera brutal por el dueño de la fábrica, que buscaba poner fin a la protesta de las trabajadoras.

Un siglo después, cuando el derrumbe del Rana Plaza collapse (2013) dejó al descubierto la brutalidad contemporánea de la cadena textil global, Orsola de Castro, convirtió esa herida en consigna. Con una simple pregunta —“¿quién hizo tu ropa?”— obligó a una industria experta en construir deseos a mirar aquello que había decidido borrar. Las pensadoras como Aja Barber y Tansy Hoskins, contemporáneas, continúan desmantelando el relato complaciente de una industria que se vende como creatividad pura mientras externaliza su violencia sobre cuerpos feminizados, racializados y precarizados.
La historiadora Gabriela Mitidieri desmonta en su libro "Las trabajadoras de las ropas. Coser, lavar y disputar derechos en la ciudad de Buenos Aires, 1848-1870", otra de las grandes ficciones de la modernidad porteña: la idea de que Buenos Aires se construyó únicamente al ritmo de los grandes nombres, los próceres y las élites ilustradas.
Lo que reconstruye, con una precisión casi quirúrgica, es el mapa invisible de las mujeres que sostuvieron materialmente esa ciudad en transformación: costureras, lavanderas, modistas, aprendices, sirvientas, reclusas e internas que hicieron del trabajo textil y doméstico una trama tan decisiva como sistemáticamente borrada de la historia oficial. Su investigación devuelve espesor político a un universo laboral atravesado por migraciones masivas, jerarquías de clase, marcas raciales todavía atravesadas por la memoria reciente de la esclavitud y una desigualdad de género estructural.
Allí donde la narrativa liberal habló durante décadas de “trabajo libre”, Mitidieri revela una realidad mucho más compleja: mujeres disputando derechos, negociando dignidad y construyendo formas de resistencia dentro de un sistema que las necesitaba tanto como las invisibilizaba.

LA COSTURA DEL SILENCIO
En los años noventa, las maquilas se convirtieron en uno de los emblemas más brutales de la reorganización global del capitalismo. Bajo la promesa de desarrollo, modernización e inversión extranjera, estos enclaves industriales exportadores instalaron una lógica tan eficiente como despiadada: producir más, pagar menos, disciplinar cuerpos hasta volverlos intercambiables.
Su expansión tuvo uno de sus epicentros más visibles en Ciudad Juárez, aunque el modelo se replicó con rapidez en distintos territorios del llamado Sur Global. El mecanismo era simple. Las multinacionales encontraban allí lo que sus países de origen ya no podían garantizarles con la misma facilidad: exenciones fiscales, regulaciones flexibles, escaso control estatal y una fuerza de trabajo feminizada sometida a condiciones de extrema precariedad.

La ecuación cerraba a la perfección para el capital. Para las trabajadoras, no. Jornadas extenuantes, salarios mínimos, hostigamiento cotidiano, restricciones a la organización sindical y una estructura diseñada para hacer del desgaste una norma. Miles de mujeres sostuvieron y siguen sosteniendo con sus cuerpos esa arquitectura silenciosa de la producción global, cosiendo prendas destinadas a vitrinas y escaparates que jamás habitarán.

