Griselda Siciliani: "En general, haga lo que haga, yo trabajo pensando mucho en la verdad"
Actriz inclasificable, salta de la comedia al drama con la misma entrega física y emocional con la que aborda cada nuevo trabajo. Esta vez, se pone en la piel de Zulema Yoma para protagonizar Menem, la serie dirigida por Ariel Winograd que revisita la historia reciente del país. En exclusiva con EPU, habla sobre el desafío de interpretar a un personaje atravesado por la tragedia, la memoria noventosa y el cuerpo como instrumento de expresión.
Su cuerpo encierra un enigma que obsesionaría al mismísimo David Cronenberg. Nadie puede explicar cómo puede dominarlo, expandirlo o plegarlo como una grulla de papel. De qué modo logró hacer carne a Mara y a Nina, a la envidiosa Vicky, a una mujer poseída por el espíritu de su propia madre en Felicidades y a la entrañable compañera del último Elvis.
En el ritual de la actuación, Griselda Siciliani se ofrece a la verdad del personaje, captura su respiración, descubre los gestos, atrapa su esencia, danza con quien le toca hasta que le duelan los pies. Por estos días es Zulema Yoma en Menem, la serie de Prime Video dirigida por ese lector descarnado de la cultura popular argentina que es Ariel “Wino” Winograd. Allí forma parte de un circo rocambolesco, satírico y trágico a partes iguales junto a cracks como Leo Sbaraglia, Juan Minujin, Monna Antonópulos, Jorgelina Aruzzi, Marco Antonio Caponi y Campi.
Zulema, peluca rubia, brushing ostentoso, tailleur marfil, taquitos tintineantes, voz que emerge de las profundidades noventosas. Griselda, traje impecable, botas de serpiente, corbata de seda. Deme dos. En la ficción y en la vida, Griselda lo da todo como la bailarina de Suspiria.

–¿De qué manera trabajaron ese vínculo de pareja roto entre tu Zulema y el Menem que compone Leo? Después de ser mujer del Carlo en la ficción, con razón no te querés casar en la vida.
–(Se ríe) Pasó algo espectacular y es que con Leo queríamos trabajar desde hacía mucho. Siempre estábamos a punto de concretarlo pero no ocurría. ¿Teníamos una película? Alguno de los dos no podía. ¿Nos reuníamos por proyectos? Cambiaban o no se hacían. Cine, televisión, teatro, fueron muchos y no había caso. Decíamos: pero, ¿qué pasa? Hasta que empezamos a filmar la serie y nos dimos cuenta de que el primer trabajo juntos tenía que ser este matrimonio, ¡si lo hubiésemos sabido! Claro, para esto nos hacía esperar el destino. Carlos Saúl y Zulema, en un punto, son figuras icónicas de nuestro país.
–La serie arranca como una comedia rabiosa y paulatinamente se va inclinando hacia la tragedia. ¿Cómo se hace para pasar esa fina línea sin caer en el abismo con un personaje tan complejo?
–Para mí, la pieza fundamental es Wino. Tiene una manera de trabajar única, un lenguaje propio, un modo de dirigirse a los actores y de abordar nuestro laburo que para mí es un match total. Es cero solemne, todo el tiempo hay que estar dispuesto a entregar algo que no habías pensado, y eso me gusta, potencia mi actuación. Quizás puede haber algún otro actor al que algo así lo detenga porque no es lo que preparó, pero yo me encendía, me ilusionaba, me sentía muy inspirada por su mecanismo de laburo. También con Leo tuvimos una química muy inmediata, mucho cariño y mutua comprensión, eso suma un montón.

En general, haga lo que haga, yo trabajo pensando mucho en la verdad, en encarnar eso que estoy interpretando, así sea una comedia o un drama, y creo que lo más atractivo que tiene el proyecto radica, justamente, en que caminamos sobre esa fina línea. No esquivamos el límite entre la tragedia y la comedia, vamos transitando por el medio de ese hilo y en eso está el vivo. La veo y siento “esto está pasando”.
–Durante mucho tiempo se dijo “Zulema está loca”, lo cual es algo muy cruel. Se repitió hasta el hartazgo en los medios, en conversaciones públicas y en charlas de vereda también. ¿Desde qué lugar defendiste a tu personaje?
–La verdad es que me resultó bastante fácil defenderla, porque todo el tiempo entendía lo que ella quería. Ese mote que tuvo en los 90 fue terrible pero no sorprendente: Zulema era una mujer que decía lo que pensaba, opinaba sobre el poder, el que ejercía su propio marido y el de los otros también. Sobre todo con la muerte de su hijo se plantó y dijo: “A mí me parece que esto no fue un accidente”.

Creo que una de las cosas más interesantes de la serie es que no hace un juicio sobre todo eso que se decía de ella, pero viendo los hechos con la perspectiva actual cuesta creer la liviandad con la que se contaba, por ejemplo, que a esta mujer la echaron de su casa junto con sus hijos. No hay mucha opinión, la serie muestra cosas que sucedieron hace más de 30 años, uno lo ve con los ojos de hoy.
–¿Cómo opera la memoria en ese caso? Porque hay un recorte ficcional y también algunos recuerdos tamizados por las propias vivencias.
–Te digo que un poco se me confunde lo que se ve en la serie con todo lo que tuve que estudiar sobre Zulema. Recurrí a absolutamente todo lo que hay disponible, deben de ser como 200 entrevistas, y ahí me di cuenta de que el 80% del material no lo había visto nunca. Estaban en mi memoria algunas cosas icónicas que todos conocemos, pero me sorprendió la firmeza que tenía, la convicción profunda y cierto halo misterioso. Para una actriz es importante el misterio, es un color lindo para actuar, y ella lo sostiene en su manera de hablar, en la mirada y en la postura hasta el día de hoy, aunque con el tiempo ha dejado traslucir un costado más blando y cercano.

–Con respecto a la cercanía, si hacés el ejercicio de taparte los ojos frente al televisor, tu voz es la de Zulema. No es una imitación, es la interpretación de su tono, de su cadencia y también de sus silencios. ¿Construís los personajes de adentro hacia afuera o al revés?
–Los equipos de vestuario, peluquería, todo eso maravilloso que hicieron, te ayuda un montón. El acento era algo muy importante, pero en su construcción me di cuenta de que no era puramente riojano sino un acento particular de Zulema. Tenía que estudiarla a ella. Fui averiguando… De chica había estado en Buenos Aires, quizás eso originó una mezcla de acentos que se fundían en el suyo. Zulema habla como Zulema, y en un momento tuve que tomar decisiones con respecto al decir porque la energía del personaje requiere ciertas palabras. Antes que el acento empecé a trabajar el estado, la forma en la que ella está plantada en la vida, su postura, su mirada. Yo vengo de la danza, y obviamente el cuerpo siempre conspira a favor en la composición de los personajes. Si los siento en mi cuerpo, después puedo hacer cualquier cosa.
–Mientras hablabas de tu formación como bailarina, pensaba que vos fuiste adolescente en los 90. ¿Cómo viviste esos años?
–Justo en la etapa que me toca actuar, la del 89 al 95, yo estaba en la secundaria, en la Escuela Nacional de Danzas. Fue una época de mi vida en la que estaba re metida en la danza, muy en una, y a su vez estudiaba en esa escuela de arte estatal que Menem quería cerrar. Recuerdo ir a las marchas por la educación pública, cuestiones que hoy nos suenan muy cercanas.

Mi conexión de adolescente con el menemismo es un poco esa, y también el modo en el que me llegaban algunas cosas, como la muerte del hijo del presidente. No es la misma dimensión vivir eso estando en la escuela que siendo adulto, yo sentía que pasaba de todo al mismo tiempo. Además mis viejos son docentes y lo veía muy desde ese lado, supongo que habrá sido distinto para el hijo de un empresario o de un comerciante. Los hechos impactan de diversas maneras y más siendo chico, porque carecés de la capacidad de análisis, son tus primeras vivencias.
–Hace poco tu hija Margarita cumplió 13 y también ya se la ve metidísima en la danza. ¿Cómo pensás que lidiará ella con estos nuevos 90 que estamos viviendo?
–En estos nuevos 90, y agregaría que con otra realidad muy distinta a la que tuve, porque es hija de actores. Yo estoy decidida a acompañarla e ir charlando con ella de todo, de lo que veo, de lo que opino, de la política, del país, del amor, de cualquier cosa que a ella le interese. Margui fue a las marchas por la legalización del aborto cuando tenía 6 años, en su escuela se hablaba de muchos temas. Creo que cada niño va haciendo su camino de acuerdo con la familia que tiene, y yo la tomo de la mano. Hay algo fundamental: ella tiene una vocación, y si hay algo que sé es la importancia de eso. Ser adolescente y tener una vocación es salvador. Yo voy a estar a su lado, tratando siempre de que no pierda la alegría y el entusiasmo a pesar de las cosas que pasan.

–Lucrecia Martel dice que nos toca algo muy trabajoso y cansador que es inventar el futuro próximo. También sostiene que el Nuevo Cine Argentino quizás no fue un movimiento, pero rescata su lenguaje, la palabra, la tonada. ¿Cómo hacemos para volverle a encontrar el futuro y la tonada al cine argentino?
–Lucrecia siempre tiene razón en todo lo que dice. Ay, ¡si supiera! Deberíamos preguntarle a ella, seguramente lo tiene mucho más claro que yo (sonríe). Creo que podemos hacerlo escuchando a personas como Lucrecia, a los que saben. Estamos en un momento muy límite pero también siento que somos muchos los que queremos encontrar la tonada. Supongo que va a pasar, no puedo pensar de otra manera, hay que hacerlo.
Fotos: Karen Casas @karencasas

