Nacho Pérez Cortés: "Sandro está en el ADN de los argentinos"
Nacho Pérez Cortés viene pisando fuerte en la escena teatral porteña desde hace tiempo. Su trayectoria incluye destacados musicales, como "Rufianes", "Avenida Q", "Piaf" y "Así vuelvo…" Sin embargo, la magia que irradia de jueves a domingos en el teatro Coliseo trasciende las palabras: el actor, cantante y bailarín nacido en General Lagos, Santa Fe, no imita a Sandro, lo evoca y logra que el espíritu del Gitano se manifieste en cada función.
Bajo la dirección artística de Ana Sans y Julio Panno, y con dirección musical de José Luis Pagán, el espectáculo "Sandro, el gran show", donde además participan Alan Madanes, Sofía Val y Malena Rossi, propone una experiencia de primer nivel. La historia funciona como una excusa mínima que guía al público a través del legado de Sandro de una manera renovada, con reversiones explosivas que honran su esencia vanguardista y mantienen viva la llama del ídolo.

–¿Cuál creés que es el elemento más poderoso de este artista que sigue resonando tan profundamente en los argentinos?
–Creo que hay mucha carga emocional; primero, con la figura, y segundo, con el repertorio. Hay algo en su música que está muy arraigado en la cultura popular y que despierta sensaciones profundas. No es algo racional, va completamente por otro lado. Sandro está en el ADN de los argentinos, es como Maradona en ese sentido. Cada uno tiene una historia personal con haberlo visto y escuchado. Ahora me doy cuenta de que el público completa en las funciones lo que faltaba en los ensayos, con amor y con muchas ganas de que aparezca Sandro.
Yo no soy muy místico; en el laburo, sobre todo, trato de ser bastante pragmático, pero acá siento que hay una cosa medio sobrenatural, para bien lo digo. Es un mundo de sensaciones y se arma una especie de comunión, de invocación general. Nosotros, desde el escenario, somos pastores oficiando de vehículo para que la gente vuelva a reencontrarse con su ídolo. Es muy loco lo que pasa energéticamente con el público, es como una misa gitana.

–Es difícil reversionar y traer a la actualidad una figura tan emblemática. ¿De qué manera lograste “hacer presente” a Sandro?
–Con los chicos nos sentimos muy protegidos en el trabajo, porque la búsqueda nunca fue de imitación. De todas maneras, es una línea muy delgada, porque hay una forma en la que él cantaba, se movía, se expresaba, sus looks… que no se puede evitar, porque es el meollo de la cuestión. Entonces, el desafío era ver de qué manera me acercaba evocando a Sandro, pero sin que parezca una imitación. En ese proceso, tanto Julio Pano como Ana Sans y todo el equipo nos dejaron muy libres.
En los ensayos estaba todos los días viendo a Sandro, sobre todo en vivo, y empecé a notar que tenía una energía que no se puede pensar: el tipo vibraba. No sé cómo definirlo, el sonido le salía de otro lugar, todo el tiempo se estaba moviendo y su cuerpo expresaba lo que cantaba. Tuve que entrar en una sintonía que involucra todo mi ser. No quise mentir ni razonar el camino. Yo bailo desde hace muchos años, pero no quería que se me viera como un bailarín; tenía que poder hacerlo como un performer, guiándome por impulsos musicales y del cuerpo. Tengo secuencias, no es pura improvisación, pero en el escenario pruebo cosas todo el tiempo con la gente para que sea lo más parecido a un concierto en vivo.
–En cuanto a las canciones, tenés la posibilidad de hacer tus propias versiones. ¿Cómo fue esa búsqueda entre el equilibrio de respetar el material original y ponerle tu impronta personal?
–Fue complejo, porque son canciones muy escuchadas por la gente. Si vos estudiás canto, en general, te parás sobre las vocales para cantar, que son las que corren las notas. Pero Sandro se paraba sobre las consonantes, sobre la palabra. Era muy particular, tenía un nivel interpretativo que estaba por encima del virtuosismo melódico. Por ejemplo, “Trigal”, para mí, al principio era imposible “¿Dame tu surco?” ¿En serio? ¿Cómo se hace eso? Trabajé con Julio el saborear las palabras para poder estar en un lugar más sucio, de alguna manera. Fue intentar encontrar, sobre todo, el decir.
No es que canto los temas como si fuera yo, porque no soy yo, pero tampoco es Sandro. En un momento se empiezan a mezclar las cosas de tal manera que no sé cuál es uno y cuál es el otro. Lo loco va a ser cuando tenga que agarrar otro material en el futuro, no sé cómo voy a hacer (se ríe).

–Necesito saber qué dijo Olga Garaventa del espectáculo.
–Olga siempre apoyó el proyecto, pero los que más estuvieron en los ensayos fueron Eduardo Barone, Graciela Guiñazú y Pablo, el hijo de Olga. Ella vino el día del estreno, estaba muy emocionada, se subió al escenario y después vino a cenar con todo el elenco. Nos dijo: “Se me venía Roberto encima en el espectáculo, mi hijo me tuvo que tranquilizar”.
La gente que vio a Sandro en vivo se acerca a contarnos que durante la función lo sintieron, y se emocionan. Eso es un premio. Me parece muy valioso que el público pueda venir a revivir una sensación de nostalgia linda. Hoy no hace falta que esté físicamente Sandro para que su obra siga viva en otras personas. Es mágico.
–En un panorama comercial dominado por producciones del exterior, ver un musical sobre una figura tan nuestra es un oasis. ¿Qué representa para vos ser parte de este tipo de proyectos?
–En el musical se traen cosas que, a mi criterio, no interpelan. Se importan historias extranjeras de cuestiones que no tienen nada que ver con nosotros ni con lo que estamos pasando a nivel cultural o social. Coyunturalmente están hechas para que la gente se vaya cómoda y contenta, y está bien, porque esto también propone lo mismo. Pero me parece que tiene mucho valor revivir a nuestros ídolos. Además, el nivel que tiene este show, con una megaproducción, pensado y hecho con gente de acá, eleva la vara de lo que se puede hacer en la Argentina. Me parece que está bueno empezar a darle valor a la creación local, en lugar de ser una sucursal de las obras de afuera. No porque esté mal –yo hice un montón y seguramente siga haciendo–, pero esto tiene un condimento especial que interpela.
–Considerando que la carrera actoral se cimienta más en los “no” que en los “sí”, ¿cómo gestionás esa negativa inherente a tu profesión?
–Es central esto que mencionás, porque todo el mundo ve solo lo lindo, pero cuando no tenés trabajo es muy difícil no volverse loco y no tomar situaciones pasajeras como absolutas. Para empezar, confío mucho en que lo que es para mí se acomoda y aparece. Hace muchos años audicioné para la película de Steven Spielberg "West Side Story" y viajé tres veces a los Estados Unidos. Primero tuve un workshop en el Lincoln Center con Steven –es raro decirle “Steven” a Spielberg (se ríe)–. Luego hice una prueba de cámara en los estudios con él y dos chicas más, y la última vez, con los actores que quedaron de Anita y Bernardo. Creí que ese proyecto era para mí, lo sentía. Y de golpe, cuando apareció el “no”, fue durísimo.
Fue muy difícil entender por qué me tocaba vivir esa experiencia maravillosa y fuera de lo normal en Hollywood, y que finalmente no se concretara. Eso me enseñó mucho para otras negativas y me sirvió para comprender que la vida sigue y la carrera se construye a diario. Mi trabajo es focalizarme en mi deseo y encontrar mi camino. Los “no” son parte del trabajo y hay que amigarse con ellos, sin creer que tu valor depende de eso.

–¿Estás con otros proyectos?
–Ahora estoy esperando el estreno de la película "La maldición de Bohuslava", donde actué. Es la ópera prima de Talo Silveyra. Además, acabamos de reestrenar la tercera temporada de "Benito de La Boca", una obra sobre Quinquela Martín en el Teatro de la Ribera. Es un laburo muy lindo, con un equipo hermoso, y es también una obra argentina. Ahora toca hacer cosas nuestras. Me da mucha alegría.
Fotos: gentileza Torneos

