Guillermo Pfening, sobre el rugby y el deporte como transformador social: "Mis prejuicios se fueron disolviendo con el tiempo"

En esta charla con El Planeta Urbano, el reconocido actor revela las inquietudes y las disyuntivas que se le presentaron a la de hora de protagonizar Espartanos, la serie basada en la vida real de “Coco” Oderigo, el responsable de crear el primer equipo de rugby con personas privadas de su libertad.

No calcula las respuestas ni calibra las palabras, Guillermo Pfening prefiere entregarse a la charla en vez de convertirse en un arquitecto de la entrevista promocional, incolora e insípida. Trabajó con todos: Pablo Trapero, Isabel Coixet, Héctor Babenco, Lucía Puenzo. Y también dirigió una película de rara belleza llamada Caíto. Se sacó chispas con Joaquín Furriel en El patrón; con Julio Chávez en Farsantes y con Mario Casas en El practicante.

Pfening no le teme al fuego ni al barro, pero sobre todo no le tiene miedo a la bondad que emerge en el lugar menos pensado. Por eso protagoniza Espartanos, una serie de Disney+ que vale la pena ver, donde encarna a Coco Oderigo, abogado y ex rugbier que en la vida y en la ficción se atrevió a crear el primer equipo de rugby con personas privadas de su libertad.

¿Es cierto que de entrada no te veías en el papel de Coco Oderigo?

–La verdad que no, para nada. Hice el casting y cuando quedé, dudé: “¿Qué será esto?” Cárcel, rugby, abogado, todo me sonaba como un paquete demasiado alejado. En ese momento también estaba muy presente en los medios la violencia ligada al rugby, no tenía para ver un referente deportivo argentino en la ficción.

Busqué por donde entrarle, empecé a pensar en entrenadores de fútbol americano porque me imaginaba a un tipo bravucón entrenando machos... y todo eso se derrumbó cuando conocí a Coco. Él es la antítesis, una persona que no levanta la voz, se impone con la mirada, con el amor, con la palabra. Es alguien que nunca se queda con la primera idea, siempre escucha otras posibilidades. Mis prejuicios se fueron disolviendo con el tiempo.

Rodaje de la serie Espartanos - Capitulo 104 Foto: Alejandro Kaminetzky

–El mundo del rugby está atravesado por una doble imagen, la del deporte colectivo, amiguero y horizontal, pero también la de ser un ambiente clasista, homofóbico y áspero. ¿Ahí se planteaba esa especie de dilema moral?

–Todo ese combo que decís se me vino a la cabeza. El proyecto de Coco es muy particular, y después empezás a entender por qué el rugby funcionó. Pensá en el tema del tacle, por ejemplo, que les da la posibilidad de una descarga física y mental en la que el otro no se puede enojar; en el fútbol sería un foul y acá está permitido. Ahí comprendes desde donde lo craneó Coco, cómo toda esa violencia contenida del sistema carcelario se podía ir canalizando por ahí. Y después está también el poder transformador, no del deporte, sino de él, de su perseverancia, de ir todos los martes a entrenarlos y los viernes a una especie de misa donde los pibes cocinan, se hacen facturas, hay mate, guitarra, y cada uno va diciendo como se sintió en la semana. Coco es una persona muy creyente, rezan, hay gente que va a misionar... ¡y yo no soy nada religioso! No cuestiono la fe, pero sí a las instituciones como la Iglesia.

–Bueno, no te veo como cura, pero fuiste abogado en El patrón y ahora también en Espartanos, te damos por recibido…

–(Se ríe) Es cierto. ¿Sabes algo? En El patrón filmamos en la misma cárcel de Espartanos, las escenas con Joaquín Furriel fueron en la Unidad 46, ya conocía el ámbito. Por suerte en esta serie se armó un lindo equipo, el desafío era trabajar con gente muy joven, varios provienen del mundo del trap y están muy mediatizados por Instagram. Aprendí muchas cosas en contacto con ellos, y a la vez tienen una manera muy diferente de manejarse con los actores mayores.

Cuando yo de pibe iba a trabajar a una novela o a una película, los jóvenes le daban un lugar a la persona experimentada. Yo los amo a los chicos, la pasé re bien, pero también, y es la primera vez que lo digo, son un poco déspotas, hacen lo que les pinta (se ríe).Aprendimos a conocernos y a querernos, pero las primeras semanas me invadieron el motorhome, me fumaban adentro, venía el dueño y me cagaba a pedos por el humo... ¡después les conseguí una para ellos! (se ríe).

En la serie hay un cameo de tu hermano. Tu película Caíto, basada en su historia, fue un pequeño fenómeno pero ya pasaron 14 años y no dirigiste otra. Tenés listo el guion de Alice, basado ahora en tu madre y protagonizado por Cecilia Roth, pero no sale. ¿Cuán difícil es volver a filmar para un cineasta independiente argentino?

–Para mí está siendo imposible. Caíto fue una película que vio mucha gente, tuvo muy buenas críticas, la hicimos con nada junto a Carolina Stegmayer. Después, con ella escribimos y desarrollamos Alice, no entendemos por qué nos está costando tanto levantarla; si yo fuera un productor de cine argentino, re confiaría en mí porque sé que haría una película buenísima.

Ganamos el interés del INCAA, después eso se desarmó y eso derivó en que se cayera una coproducción con España. Este año recomenzamos de cero, cambiamos el guion, incluso lo adaptamos para plataformas, ya me la quisieron hacer serie... pasé por un montón de cosas defendiendo hacer una película que más o menos se parezca a la que tenemos en mente: contar la relación de una mujer adicta a las cirugías estéticas con su hijo que es actor y está comenzando una carrera. De ahí en más, todo se mezcla y se arma un gran vínculo amorosamente excesivo, tóxico y divertido también.

–En tiempos crueles pareciera que la cuota de humanidad en los vínculos es menospreciada, pero la bondad no es debilidad. ¿Hay que tener coraje para ser bueno?

–Totalmente. Vivimos en un mundo cada vez más cruel y mediatizado por los capitales, por la guita, por el individualismo. Mirá los pendejos que arman estos videos donde se levantan a las 5 de la mañana a entrenar, que te repiten todo el tiempo que tu vida está perdida porque sos un fracasado, arman toda una mezcla y no tienen idea de nada. Es gente con una inseguridad muy profunda que necesita tener músculos y dinero para sentirse menos miserable, y uno que busca transmitir emociones, se encuentra con que el mundo es cada vez menos humano. Yo tengo una mirada, no te digo que apocalíptica, pero un poco desesperanzadora últimamente.

–¿Por qué te pasa eso?

–Porque pensábamos que los jóvenes iban para un lado y después de la pandemia la mayoría se fue para el otro. No hay tribus, no tienen sus propios hippies, grunge, rockeros, son todos iguales. ¿Cómo puede no haber tribus diversas en la adolescencia? Casi todos quieren guita fácil, salir perfectos en Instagram, deformarse los labios, hacerse las tetas con 16 años. Hay excepciones, pero en líneas generales es así, ¡no sé qué le pasa a la juventud! (se ríe). No es tan fácil tener una gran fe en la humanidad.

Rodaje de la serie Espartanos - CAPITULO 03 Foto: Enrico Fantoni

Ilusionémonos un poco, ¿con qué puede soñar un actor nacido y criado en la Argentina?

–Te digo con lo que yo soñaba. Cuando vine a Buenos Aires desde Marcos Juárez, no sabía demasiado bien lo que era ser actor, pensaba que era estar en la tele. No conocía la movida teatral porteña, ni cómo se hacía cine, la tele era lo que yo veía en un pueblo del interior hace 25 años, con 4 canales y sin internet. Así que cuando llegué, me fui a la escuela de Raúl Serrano y ahí empecé a soñar con Chejov, con hacer teatro y arrancar en el cine.

Mi primer casting fue para una película de Héctor Babenco, Corazón iluminado, donde tenía que hacer de Daniel Fanego joven, y lo gané. Me subieron a un avión y me llevaron a Mar del Plata, se filmaba allá. Nos instalamos en el Sheraton donde también estaba alojado Maradona con la delegación de Boca haciendo la pretemporada. ¡No sé por qué estoy contando esto! (se ríe). En un momento apareció un tal Ferroviera y nos llevó engañados a los pibes a la habitación del Diego... ¡que inmediatamente nos echó! Fue muy delirante todo, para mí Diego es una persona increíble, lo amo profundamente.

El meme diría “joder, eso es cine”.

–¡Claro! Porque ya con esa primera oportunidad empecé a soñar con actuar en muchas películas. A partir de Nacido y criado, el cine me agarró de la mano, fui haciendo muchos castings... creo que soy mejor haciendo castings que después actuando. A partir de Trapero, hice 4 o 5 películas por año durante una década, viajé por el mundo, lo que soñé se me hizo realidad. No es que hiciera grandes producciones, hubo mucho cine indie, tele, dirigí mi película, viajé con mi hermano. Ahora un pibe sueña con hacer buenos personajes, pero no sabe bien donde, quizás fantasea con pegarla en una serie o con tener seguidores en Instagram. ¿Qué podemos soñar? Y bueno, soñar no cuesta nada, así que hagámoslo en grande: que haya más ficción para todos.

Fotos: Gentileza Disney+

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